Ensayar

En su inteligente, aguda y divertida miscelánea Metáfora y memoria. Ensayos reunidos (traducción de Ernesto Montequin, Mardulce s/l, 2016) define Cynthia Ozick el ensayo como un “cuerpo tibio”, equidistante de la fría ciencia y de la cálida ficción poética o narrativa.

Al leerlo, por razones de oficio, cogí mi termómetro y medí mi temperatura corporal. No fue la única sorpresa que me proporcionaron aquellas deleitables páginas. La cita de John Updike que arrastra Ozick, fue la segunda: el ensayo es un género femenino porque hace al espacio interior de la imaginación y la mujer tiene un espacio interior más complejo, más rico y mas interesante que el del varón, más volcado éste hacia los espacios exteriores, hacia el mundo.

Al llegar a este punto, me tenté la ropa porque la forma reconocible del ensayo es, para Ozick, la de un cuerpo femenino. Al rato me tranquilicé, no por no haber encontrado huellas de femineidad en mi cuerpo sino por pensar, justamente, en lo corporal del ensayo. En este sentido, observa la escritora, el ensayo se parece a la poesía, por estar más cerca del cuerpo que escribe que otros géneros. El extremo es el discurso del científico, impersonal y objetivo, basado en una tesis que exige probanzas. Decía Ortega, paradójicamente, que el ensayo es la ciencia sin pruebas, dejando sin formular la pregunta: ¿qué clase de ciencia será esa?

Vuelvo al cuerpo, al mío, al tuyo. Es el lugar por excelencia del sujeto y por ello acredita la subjetividad del ensayo, una opinión que quizá se convierta en saber pero sin jugar a la ciencia. El ensayo tiene una voz que dice “yo” y se hace cargo de dicho pronombre, es decir: del cuerpo que señala.

No parece Ozick, sin embargo, partidaria de sostener el ensayo en la experiencia, siendo el cuerpo, como resulta obvio, el lugar dilecto de la experiencia y su personera, la memoria. No se hace un ensayo a partir de un combate o un safari, por ejemplo, sino a partir de una tarde pensativa junto al fuego de la estufa. Es invierno, nieva, el mundo está bloqueado. Añado por mi cuenta: se parte de la reflexión íntima y privada, junto a una estufa como la de Descartes cuando descubrió el cogito ergo sum. Pero al final, cuando se escriba el ensayo, quieras que no, saldrán el combate o el safari. O el viaje hasta el supermercado o el desdén de la chica de enfrente. De nuevo: el cuerpo con su subjetividad y su memoria. Y su femenina conformación imaginaria al convertirse en ensayo, semejante –permítaseme el tópico– a un instrumento de cuerdas, un violín o una guitarra. Bueno, también las hay gordas como un contrabajo.

Cerca del poema y lejos de la ciencia, el ensayo imagina más que informa, si acaso informa de lo imaginado y del imaginario al cual pertenece, forzosamente social como la lengua en que se formula. Oscilando entre el juego y la alegría por un lado y la serenidad y la melancolía, por el otro. Ciertamente, es melancólico decir algo a sabiendas de que no dirás ninguna verdad como sí la dicen el hombre de ciencia, el predicador, el moralista o el político. Sí, lo repito: el político. Aunque mienta. La formulación de su mentira será veritativa. Otro día me ocuparé de esta aparente contradicción.

¿Permite tal carácter lúdico del ensayo considerarlo amoral? Ozick no se plantea el asunto pero lo circunda y autoriza a razonar a partir de lo que dice. El ensayo, liberando la imaginación de tareas normativas impuestas de antemano –decir verdades científicas, filosóficas, políticas, religiosas o éticas– produce, por eso mismo, la negación de los lugares comunes que forman parte sustancial de nuestro decir. Somos mayormente unos emisores de tópicos y, a veces, ensayamos ser otra cosa, o sea: otro sujeto. Con lo que volvemos a la afirmación del fundador Montaigne: “Soy yo mismo el sujeto de mi libro.”

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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