Elogio de Slavoj Zizek

Elogio de Slavoj Zizek Imagen superior: Slavoj Zizek (Autor: Simon Plestenjak, CC)

Un amigo periodista me contó –respondo de su veracidad, no sabiendo si él haría lo mismo – que en una conferencia madrileña de Zizek, un muchacho de Albacete que esperaba incorporarse a la vecina cola de quienes esperaban ser examinados en un casting, se equivocó de fila y se metió en la cercana de los jóvenes que aguardaban por Zizek. Resultado: se pasó tres horas sentado en el suelo, sin entender ni palote de lo que el maestro farfullaba en un inglés perfectamente escolar y perdió el turno del casting y, con él, un brillante futuro en el espectáculo.

Oído el cuento, pensé inmediatamente en lo que ocurría en el París de la Belle Époque y las conferencias del filósofo Henri Bergson. Estaba tan de moda que las señoras de la crema batida mandaban a sus asistentas para que ocuparan butacas en la conferencia de un Fulano anterior que peroraba, por ejemplo, sobre el quinto canto de la Divina Comedia. Así, poco antes de aparecer, el maestro Bergson había reunido a una platea de doncellas y cocineras. Seguramente, ninguna de ellas habría de leer sus libros, escritos, por otra parte, en una admirable prosa del mejor lirismo intelectual. Vaya por delante que, para mí, escribir bien es pensar bien aunque las ideas sean malas. Escribir mal es pensar mal y etcétera.

Zizek ha seguido desde siempre a Jacques Lacan y perfeccionó su lacanismo en la Capital Mundial del Psicoanálisis, o sea Buenos Aires. Podría –es mera sospecha– improvisar en el español rioplatense. No importan estas precisiones. Ninguno de los chicos y chicas que lo siguen leerán jamás una de las esotéricas páginas lacanianas. Ni falta que les hace.

El exponente esloveno dedica unos cuantos minutos a adoctrinar y luego perora sobre canciones de rock y películas de clase B, todo mechado con chistes de seguro efecto. En este cruce está el Zizek que suscita mi admiración. Efectivamente, pasar por filósofo en tiempos de hegemonía internet, con brevedades de tuit y telegramas de whatsapp, roza lo heroico.

Es claro que liquidar en pocas líneas la profecía sobre el colapso del capìtalismo y el advenimiento de un nuevo comunismo –incluido un tardío elogio a la burocracia de modelo estalinista– es, asimismo, una prueba de virtuosismo intelectual. Afinar los conceptos de capitalismo y comunismo llevaría años de estudio y los chicos de Zizek no están para eso. Podría llevarlos a círculos infernales como describir los gulags y recordar el encendido elogio que del capitalismo hacen Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, escrito cuando no existía ningún Partido Comunista, acaso una localización utópica intentada por los fundadores del socialismo científico o sea antiutópico.

No vayamos tan lejos, aunque Zizek todo lo aproxima en una suerte de admirable fast food  filosófico. Los que amamos la filosofía sabemos que lleva largos años de lecturas tenaces y sosegadas intimar con ella. Pero los chicos zizekianos no quieren eso, no quieren dejar de ser jóvenes, que es lo que todos hemos querido ser/no ser cuando fuimos jóvenes. Quieren formulillas que acompañen sus calimochos y sus canutos, que de buena gana compartiríamos algunos septuagenarios. Para nosotros, Zizek no tiene nada que decir. Al vencedor, la medalla. Zizek supo encontrar a su público, ajeno a las instituciones de la filosofía y también a un porvenir donde la filosofía quizá se exhiba en una vitrina de los museos arqueológicos, junto a una raedera de piedra y un hueso de homo antecessor.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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