El vago estío

Alguna vez mi colega Ortega y Gasset —escribía en su propio periódico unipersonal, El Espectador— calificó al estío de vago. Seguramente, por entonces la gente fina pasaba sus estíos. Hoy preferimos pasar los veranos. La diferencia es notable, al menos en mi percepción.

El estío es una palabra en el aire. El verano es una palabra en el cuerpo. Tiene temperatura, consistencia carnal, suda y huele. Para bien o para mal, huele. La levedad de la ropa pone la piel en contacto con el mundo. Si se me permite la pedantería, diré que en verano somos más cósmicos.

Bien, pero ¿y lo de vago? Ortega aludía a los vagos contornos que adquien las cosas con el calor. La ciudad, medio despoblada, con los comercios cerrados, los coches inmovilizados como si nadie los volviera a poner en marcha, las casas con las persianas bajadas tal si no se tornaran a habitar.

Un cuadro de Chirico, de Hopper o de nuestro admirable Antonio López. Madrid, por ejemplo, en temporada estival, exhala cierta poesía del abandono. Es entonces cuando se nos viene a la mente el otro sentido del adjetivo vago: perezoso, haragán, dejado. Y su connotación, esta vez halagadora: señorial. En efecto, cuando «vagueamos» o «haraganeamos», al paso lento de nuestras calles veraniegas, nos sentimos grandes señores, preocupados por el trabajo que da, caramba, no tener nada que hacer. Miramos el reloj, esperando que nos señale la hora, al menos, de tomar un aperitivo. En esta encrucijada de palabras coinciden ambos sentidos del dichoso adjetivo. El mundo se nos pone vago porque nuestra actitud es la vaguería.

No tenemos nada que hacer y las cosas y las gentes se nos alejan, borroneando sus contornos, poniéndose, ellas también, vagas. Todos, el vagoroso paseante y sus vagorosos congéneres, se convierten en personas de Hopper, de Chirico, de Antonio López.

Por un panorama monumental y vacío pasa un tren lejano que no va a ninguna parte. Una señora en bata y zapatillas camina por el aire de una calle de Lavapiés. Una mujer en enaguas mira por la ventana de un cuarto tal vez de hotel, una cordillera de edificios deshabitados. Y todo ocurre en estío, el vago y orteguiano estío.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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