El retorno de Napoleón

Cuanto más se difunde una palabra, menos precisos son sus contornos. Es lo que está ocurriendo con el populismo. Tras esta denominación hay un poco de todo: tradicionalistas reaccionarios, revolucionarios asambleístas, entusiastas del racismo, a veces meros demagogos de clase alta disfrazados de macarras, acaso evocando a las reinas vestidas de pastoras y las duquesas vestidas de majas (desnudas no importa que sean una cosa o la otra, desde luego).

El denominador común es que se trata de gente variablemente amenazadoras. La connotación es despectiva y acaba por encubrir a cualquier manifestación de “lo que no me gusta”. Una vaga atmósfera de peligro completa la viñeta.

¿Es de verdad tan delicuescente, tan poco aprensible el populismo? Sin ir más lejos, la etimología dice lo contrario. Es su categoría central el pueblo que aglutina a gente homogénea, un agregado humano donde se borran las diferencias: sexo, individualidad, religiones, costumbres personales, clases sociales. Queda un sustrato residual, lo popular que, como se ve, muy concreto no puede ser y tiene más bien que ver con un sentimiento de pertenencia.

Ciertamente, en un gran país resulta difícil saber en qué consiste lo popular así encarado. Mejor sería considerar pequeñas poblaciones, aldeas encerradas en su trama humana, islas, acaso tribus urbanas, empezando por los clubes de fútbol. Pero hay más, porque pueblo es una categoría ideológica, de consecuencias políticas, que nos viene, al menos, de la Revolución Francesa y su personaje egregio, el emperador Napoleón Bonaparte. Sí, lector o lectora, tienes razón: populismo es bonapartismo.

Fue este Gran Corso quien entendió mejor que nadie la naturaleza del fenómeno. Un pueblo, un aglomerado humano emparejado por la identidad de sentimientos, no es capaz de formularse, de explicitar lo que quiere. Hace falta alguien que se escape de su magma y se ponga por encima, en un lugar visible para demostrar al pueblo que a ambos los une un conducto subterráneo que sólo el Único puede convertir en discurso, en lenguaje explícito. Es como si dijera: “Sólo yo sé lo que vosotros sentís, os lo voy a decir y habréis de reconocerlo y aceptarlo.” Naturalmente, dado que Napoleón era un militar –para colmo, de artillería– su discurso cabía en un código de órdenes para un pueblo en armas.

El bonapartismo, la mayor herencia del personaje, cobra actualidad cuando hablamos de transversalidad y anulamos las anticuadas referencias a derechas e izquierdas. Hay un pueblo, hay una élite dirigente descalificada y deslegitimada, y hay un vocero que encausa la protesta popular hablando por televisión. De vez en cuando aparecen los grandes referentes personales y resulta que son militares. Cierta progresía que abomina del general Perón, enaltece al comandante Chávez. A mi modo de ver, la distinción es injusta. Debería ser otra: el maestro y el discípulo. Pablo Iglesias puso las cosas en su lugar cuando se declaró peronista.

La asociación no es gratuita. En castellano, la defensa del populismo como ideología emancipadora y popular, es cosa de un escritor argentino, Ernesto Laclau, autor de La razón populista y maestro de pensamiento para el peronismo kirchnerista. Laclau, en mi lectura, identifica erróneamente pueblo y masa, lo ideológico político y lo psicológico social. Comenta el texto de Freud sobre la psicología de las masas pero no recorre sus fuentes directas e indirectas: Le Bon, Tarde, en cierto modo Sorel y, en especial, Scipio Sighele, uno de las inspiraciones de Mussolini. Hasta podríamos irnos por las ramas y siempre hallaríamos rastros bonapartistas. En efecto, de Sorel salen Mussolini y Lenin, este con un pasado narodniki, es decir: populista.

El pueblo no es la masa y la identificación sólo cabe en un contexto fascista, que puede remitir a Freud: caudillo macho, masa hembra. Al borrarse el yo individual, la masa se somete al superyó del conductor. La sombra de Napoleón es alargada. Pero Freud se refiere a la concentración masiva, que se esfuma cuando cada quien vuelve a casa y recupera su identidad subjetiva. Allí sigue siendo pueblo aunque haya dejado de ser masa. No conviene confundir las categorías , salvo que optemos por disciplinar al pueblo y convertirlo en una tropa para que aparezcan en la escena el comandante y el general.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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