El joven Borges

El tamaño de mi esperanza es una miscelánea que Borges dio a conocer en 1926 y cuya exhumación prohibió de por vida. Es discutible que se den póstumas las páginas que un escritor repudió. En cualquier caso, son parte de su historia y documentan acerca de su formación.

Este Borges veinteañero no es el que merece la situación del “otro” Borges. Quizá nada se perdería del segundo si olvidáramos su juventud vanguardista y nacionalista, tan compacta y segura, inmodesta y profética o, por recurrir a su léxico de entonces, tan farolera y chambona.

Este prehistórico Borges defiende a Rosas y a Yrigoyen contra Sarmiento, proclama que no tiene que decir sino que entiendan los suyos (“A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa”), restringe la Argentina a las ciudades rioplatenses (Buenos Aires y Montevideo), con sus arrabales y la inmediata llanura (a la que llama pampa, vocablo minuciosamente renegado en su momento), cree en lo arquetípico de esos planos paisajes, excluye de la argentinidad a quien no es, como él, descendiente de “estancieros”, o sea propietarios de ganaderías.

Su Argentina es más rural que urbana, más pastoril que agrícola, entrevero de guerras civiles, caudillajes y conquistas del desierto. Este Borges es también romántico, pues proclama la autenticidad de la poesía como expresión veraz del sentimiento. Las retóricas pasan, la pasión se eterniza.

Si se quiere, tenemos el vaciado del Borges canónico, lo cual, dialécticamente, lo define: siempre somos el otro de lo que somos. Por eso, en los resquicios de su requisitoria juvenil, se advierte al segundo Borges que avanza. Contra su nacionalismo, aparece su admiración por los ingleses, por su capacidad para desinglesarse y adoptar la mirada del interlocutor (africanizarse, americanizarse, asiatizarse).

Lo nacional se arrincona, así, en una inmanencia, mientras que el espíritu se universaliza. Ser argentino no es ya hablar para que los extranjeros no entiendan, sino añadir algo a la diversidad del mundo, que es el mundo de los demás. “Una incredulidad grandiosa, vehemente”, por ejemplo. ¿Será otro el emblema del segundo Borges?

Años de vanguardismos eran aquellos. Más que de vanguardia, ya que esos movimientos llegaron a América convertidos en modelos a imitar, a los que faltan las actitudes sociales en que se basaban el futurismo, el dadá o el coetáneo surrealismo.

A pesar de su gritón ultraísmo, el joven Borges ya advierte que el destino de la vanguardia, a despecho de su salto en el vacío, es convertirse en historia. “A la larga, toda aventura individual enriquece el orden de todos y el tiempo legaliza innovaciones...” Porque “toda aventura es norma venidera” y también “toda actuación tiende a inevitarse en costumbre”.

Lo que insiste en el tiempo es la grave trivialidad de lo eterno: vivir, errar, amar, morirse. Entonces, en la revolución, Borges buscará la norma que se renueva. En la expresión del sentimiento encontrará la traición de la palabra.

En el acercamiento a la realidad, su carácter intangible y sagrado, al cual nos aproxima y del cual nos separa, precisamente, el lenguaje que hace de la realidad algo construido y razonable. Lo mismo pasa con nuestro destino: parece una fatalidad preconcebida, pero es algo que hemos de explorar y que sólo alcanzará su carácter de tal, o sea de destino, cuando seamos capaces de narrarla. Nuestro destino es un cuento, una ficción que se transforma en memoria colectiva.

También propone este preBorges una “nacionalización” de la lengua, que rechace, por junto, el purismo hispanizante y las tentaciones del lunfardo. Es entonces cuando advierte que está escribiendo en una “lengua mundial”, el español, y que, al mirarse en el espejo barroco donde la metáfora es forma de saber y no mero perifollo decorativo, se encuentra con que el muchacho porteño tiene la cara de Góngora y Quevedo.

La poesía es convención y símbolo, obra del lenguaje y no del sujeto. El lenguaje es una compleja memoria inconsciente. Explorar esta selva será el salto del tigre borgesiano. Al fondo de la selva, el tigre hallará una muralla de espejos, que duplicará al animal y su paisaje.

Sólo se supera este juego de apariencias, sintiéndose en muerte, viendo desde la ceguera, diciendo más allá del último día. Escrito por Borges a los 25 años: “...la verdad democrática de que el otro es un yo también y de que yo, para él, soy un otro y un ojalá no fuera”. La guerra de las conciencias se ha declarado. Se aguarda un tratado de paz.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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