El Inca Garcilaso y Hegel

El azar, complicado con viejas costumbres, ha hecho que me cayeran en las manos dos relecturas: los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega (¿reales de realidad, de realeza?) y las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal de Hegel. He tenido la impresión de que el Inca era un hegeliano antes de tiempo (unos trescientos años).

En efecto, lo que el Inca llama la ley natural, se parece mucho a la razón universal, que llega a metas parecidas por diversos caminos. Los incas eran monoteístas y adoraban en el sol a una divinidad muy parecida al Dios único del judeocristianismo.

Sin embargo, no les hizo falta la revelación para alcanzar estas convicciones. Les bastó con la ley natural, base del reconocimiento que a su vez los españoles hicieron de ellos como criaturas de la Gracia.

Manco Cápac, el fundador de la estirpe a la cual pertenecía el mismo Garcilaso, por parte de, madre, es como Cristo: un dios encarnado, hijo sobrenatural del Padre (el Sol), que no tiene padre humano y cuyo cuerpo glorioso, embalsamado, es adorado en la tierra como el de Cristo, recuperado por las alturas celestiales. Instaura las normas del matrimonio y del incesto, que él no cumple, pues está casado con su hermana (Cristo, en el misterio de la Trinidad, también es esposo e hijo de María, concluyendo un incesto simbólico).

Finalmente, el Sol incaico es el principio de la distinción por la luz, o sea la inteligencia, el garante del orden cósmico, el propiciador de las cosechas, el alentador de la fecundidad. Un Dios masculino y central, instaurador de la cadena paterna pero carente de padre, comienzo y fin, como el astro del ciclo solar.

De algún modo, la providencia que se asocia con la ley natural, propició el encuentro de incas y españoles, partícipes del mismo monoteísmo. El encuentro es el mismo Garcilaso, mestizo de la nobleza castellana del padre y de la nobleza incaica de la madre.

Hegel dice que el hombre encuentra razón en la historia si se acerca a los acontecimientos con talante racional. De algún modo, no hallamos en la historia más razón de la que ponemos, a través de nuestra acción. Reconocemos nuestra razón al conocer racionalmente la historia. Y en este espejo podemos ir sabiendo quiénes somos. Los incas habían descubierto y asumido el monoteísmo sin necesitar de profetas ni evangelistas.

En nuestro siglo, Freud y Thomas Mann, con Moisés y José, repitieron la historia de esos descubrimientos anteriores al descubrimiento de América. Akenatón se concilia con el Antiguo Testamento a través del Moisés freudiano, pariente del José thomasmanniano. Y el Inca concilia a su padre conquistador y a su madre conquistada, viendo en ambos a dos creyentes de la misma inopinada religión, la razón universal o ley natural. Conciliar, versöhnen, implica el étimo Sohn: hijo. Podríamos traducir versöhnen por ahijar, prohijar, tener un hijo.

El Inca, me parece, se veía como la grandiosa conciliación de dos monoteísmos, es decir como mestizo. Ese mestizaje en que la reunión de elementos heterogéneos se advierte como universal, puede ser uno de los destinos históricos de América.

Los Comentarios reales son, en este sentido, el texto fundacional de la literatura latinoamericana, más que las crónicas, diarios de viaje y cartas de relación. El lenguaje del Inca refuerza esta actitud, porque es una verdadera respuesta babélica al desafío de escribir desde el mestizaje.

Su lengua materna carecía de escritura. La lengua paterna, adquirida, le permitía escribir y rescatar del olvido la historia de su pueblo indio. El castellano del siglo XVI, fluido y aún movedizo y no codificado del todo, se mezcla con los italianismos que le venían de sus frecuentaciones neoplatónicas florentinas, todo mechado de palabras quechuas.

El Inca cree poder explicar una civilización y una cultura con la lengua de otra civilización y otra cultura, tomando partido por los españoles italianizantes en contra de los castizos. Un poco antes, Boscán y su pariente Garcilaso habían sintetizado la influencia renacentista italiana con la tradición poética de Castilla. En aquel libro fundacional, el Inca señala a América como sitio babélico privilegiado, el gran laboratorio moderno de la traducción.

El asalto a los cielos

Algunos historiadores como Baudin han querido ver en el incauto descrito por Garcilaso, un modelo de sociedad comunista: un igualitarismo autoritario, jerárquico, unido a una economía de subsistencia, sin mercado, sin dinero, sin acumulación primaria de capital, cuyo excedente social se gastaba en la guerra permanente y en la arquitectura sagrada.

Los huesos de Marx se habrán removido muchas veces cuando su nombre fue mentado en vano por estas elucubraciones que veían en el comunismo un retorno a la Arcadia.

En las ideologías tercermundistas se ha visto, en ocasiones, con simpatía, esta teocracia sin escritura, cárceles ni hospitales, rígidamente estamental y paternalista. Es la América profunda, intacta, resistente al invasor, que retorna en las sublevaciones indígenas contra los españoles, yanquis o criollos del caso.

No es la América del Inca Garcilaso, ciertamente, un humanista del Renacimiento preocupado por la lingüística comparada en ciernes, la fonología y hasta el ecumenismo religioso que hacen posible la existencia de la humanidad. Hay quien confunde el socialismo con el orden celestial de las cosas instaurado en la tierra. El asalto de los cielos, en frase de Marx.

La repienso viendo el documental Asaltar los cielos de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Se trata de Trotsky y de su asesino, ese curioso personaje (bastante desdibujado en el filme, a pesar de la excelente rebusca de datos) que nació con un nombre, vivió con varios otros y fue enterrado con el que parecía definitivo, pero que se corrigió al tiempo: Ramón Mercader.

Como los incas, los revolucionarios de distintas épocas han querido asaltar el cielo y refundarlo en la tierra, de modo que todas las relaciones con el partido y el Estado de la revolución eran celestiales y tocaban lo sagrado (que conviene no tocar, como es sabido).

El patético final de Trotsky, asesinado por un miembro del partido celestial por él fundado, lo confirma. Hay algo más terrible que la pasión por las abstracciones (el sistema, la revolución, la clase, la raza) y es la exaltación emotiva que las abstracciones provocan.

Perplejidad y pavor causa leer esta definición que, hace un siglo y medio, hizo Hegel del terrorista musulmán de nuestros días (página 431 de la edición Suhrkamp): “La abstracción domina a los musulmanes: su fin fue valorizar el servicio abstracto y después lo han ambicionado con el mayor entusiasmo. Este entusiasmo fue el fanatismo, o sea un entusiasmo por lo abstracto, por un pensamiento abstracto, que se relaciona con lo existente negándose.”

O sea: el pensamiento que no se concreta en su relación con lo existente, acaba negándose a sí mismo, ejerciendo fanáticamente su poder de aniquilación de lo concreto en la abstracción, bajo la forma del suicidio.

Lamentablemente, entre Hegel y el integrismo han pasado numerosos ejemplos por las páginas ensangrentadas de la historia (tan concreta ella, no puede prescindir de la sangre). No hace falta remontarse al Islam para pensar, a su pesar, a Hitler, más o menos paisano de Hegel.

Si Hitler hubiese aceptado su mestizaje ‒un bohemio nacido en Baviera, quizá con un cuartillo de sangre judía‒ habría pacificado sus demonios, como el Inca Garcilaso. Pero no: prefirió la más colosal de las abstracciones, la pureza de la raza, la pureza de ese cuerpo que es el lugar feliz y desdichado de todas las impurezas. El cuerpo, la historia.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en The Cult (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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