El acreedor alienígena

En 2008, cuando al señor Trichet, monetarista estricto y entonces cabeza del Banco Central Europeo, se le ocurrió alzar los tipos de interés del dinero prestado en pleno declive económico, provocando la crisis que culminó con la quiebra de Lehmann Brothers, entonces conocí una estadística con el monto completo de las deudas públicas del mundo.

A menudo, como todos sabemos, son deudas privadas suscritas por insolventes y de las cuales se hacen cargo los Estados. La cantidad era de tal magnitud que excedía con mucho el PIB mundial, lo que los pobrecitos humanos producimos sobre nuestro pobrecito planeta durante un año. Dominado por un entusiasmo profético, pronostiqué una global incapacidad de pago y una necesaria moratoria universal. Fue cuando hizo su aparición el acreedor alienígena.

La profecía era pretenciosa, infundada (salvo para mi imaginación) y pedante pero en estos días el Fondo Monetario Internacional volvió sobre lo mismo y removió mi memoria. No soy un devoto fiador del FNI, entidad que viene siendo dirigida por personas tan impolutas como la señora Lagarde y los caballeros Strauss-Kahn y Rato. Pero, en fin, es el único fondo que se ocupa de las monedas del mundo, es decir el que nos puede decir si han tocado fondo. Como en 2008, me persuadí que no hay tal fondo, que las monedas del mundo son un abismo. El Abismo Monetario Internacional. En números: el monto de la deuda mundial equivale al 225 por ciento del PIB planetario, más de su doble. ¿Quién puede reclamarla? Al preguntármelo, reapareció el acreedor alienígena universal.

Tras el tratado de Versalles de 1919, Keynes escribió un ensayo sobre las consecuencias económicas de la paz. Retengo sólo un aspecto: la práctica supresión del patrón oro, es decir que el dinero de papel, cheques incluidos, no pudiera ya convertirse en el áureo y noble metal, transformaba el papel moneda en moneda de papel, ahora totalmente inconvertible. De tal forma, cuando empuñamos un billete de banco, podrá decir lo que quiera pero, en rigor, nos está diciendo que la única garantía de su valor es otro papel, que a su vez estará garantizado por otro papel de mayor importancia (un papelón, vaya) hasta anidarse en una pantalla de ordenador.

Los bancos emisores nos ruegan, como sacerdotes predicadores, que tengamos confianza en el papel y la pantalla, que esa confianza es la base de la economía mundial, que no hay más realidad que esa idealidad pues la fe mueve montañas, como todos sabemos y creemos.

Entonces: ¿qué realidad real tiene la deuda del mundo? Y si su realidad es ideal, ¿no habrá llegado la hora de negociar una moratoria universal, para que los números dejen de agobiarnos con sus apocalípticas cifras? No hablo de los deudores modestos, como Grecia, Italia y España. Hablo de las deudas monstruosas de los norteamericanos y los japoneses, o sea los guapos de la familia. De lo contrario, esa deuda sólo podrá exigirla un acreedor alienígena, uno de esos visitantes que navegan en platillos voladores, altos, longincuos, verdosos y de ojos almendrados. Le pediremos una quita, una espera, una temporada de suspenso en cuanto a intereses, acaso una rebaja de la tasa del préstamo.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Imagen superior: reunión anual de las Juntas de Gobernadores del Grupo del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) en el DAR Constitution Hall, Washington D.C. (Fotografía publicada por cortesía de Fondo Monetario Internacional, CC).

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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