Destinos humanos

En Babelia leo un interesante artículo del doctor Sánchez Ron acerca de las energías y materias llamadas oscuras y que ocupan el 95% de cuanto nos rodea. ¿Problemas o enigmas a resolver? ¿Misterios para siempre inaccesibles a la razón humana? Algún pensador escéptico –quiero decir: sabedor de que sus verdades pueden ser erróneas– dijo alguna vez que la ciencia, cuanto más sabe, más modesta se torna, advirtiendo la masa de lo que ignora. Añado que, en sus rectos caminos, abundantes en diversiones, es decir en desvíos, en ocasiones resbala y se da con el trasero en el duro suelo. Entre sus desvíos figura el imperialismo, la pretensión cientificista de poner ante sí y de rodillas al arte, la filosofía, la religión y otras tantas minucias con las que solemos entretener nuestras fantasías en las salas de espera de este mundo.

En efecto, Sánchez Ron, invocando al Ortega de 1923 (El tema de nuestro tiempo) propone admitir como destino de la humanidad la ciencia, acompañada de su fiel servidora, la tecnología. Si no yerro, destino significa meta y deriva predispuestas, cartografía del tiempo, inevitable recorrido del destinado, destinatario o como quiera llamárselo. Y esta es una de las tareas privilegiadas que las religiones atribuyen a los dioses.

No está mal que un científico tenga inquietudes religiosas. Lo malo es que no las advierta. Ya en el siglo XIX, los positivistas encabezados por el maestro Comte, lo hicieron tras diseñar la teoría de los tres estados de la historia, uno de los esquemas progresistas más fuertes de aquella progresista centuria. La humanidad había sido regida por los sacerdotes, luego por los metafísicos y, finalmente, por los científicos. La trayectoria triádica era traslúcida: religión, filosofía, ciencia (positiva, desde luego). Al cabo de su parábola, Comte fundó la Religión de la Humanidad, con sus templos (subsisten en París y Río de Janeiro, por ejemplo), sus oficiantes y sus santos y mártires, tanto que se editó un santoral con los días fijos dedicados a conmemorarlos.

El positivismo pasó, entonces, de progresista lineal a partidario del eterno retorno circular. En efecto, si se inaugura una nueva religión y la ley de los tres estados se cumple de modo inexorable porque es ley natural, entonces cabe profetizar una nueva era filosófica y otra, científica. Y así hasta la eternidad. Entre tanto, a nuestro derredor, el 95% de cuanto nos rodea sigue protegido por la oscuridad de su energía y su masa.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Imagen superior: Templo positivista en Porto Alegre, Brasil. Autor: Tetraktys. Licencia CC

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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