Con Claudio Magris en Buenos Aires

Con Claudio Magris en Buenos Aires Imagen superior: Claudio Magris (Autor: Thomas Berg, CC)

En 2003, la Feria del Libro de Buenos Aires coincidió con la campaña electoral. Ésta suscitó escaso entusiasmo. La prueba es que apenas hubo actos en espacios abiertos y los candidatos se refugiaron en locales cerrados y estudios de televisión.

Lejos quedaron las marchas y «cacerolazos» del año anterior, con la arrasadora consigna de «que se vayan todos». A la vista de los resultados, se advierte que no se fue nadie y la mayoría votó por «los que se quedaron». En cambio, la Feria atrajo a densas multitudes.

Me tocó compartir una mesa con Claudio Magris, en su primera visita al país. También participó en aquélla Juan Octavio Prenz, el escritor argentino radicado en Trieste, la ciudad de Magris, y traductor de La mostra (La exposición, editada por Anagrama).

Hace años que soy lector y amigo de Magris. He traducido y editado algunos de sus artículos, y coincidir en mi ciudad con él fue un episodio singular. Magris llevaba tiempo deseando una estancia argentina, incitada por sus lecturas de Borges y por el personaje de su novela Otro mar, que huye a las soledades patagónicas para desaparecer.

Cuando nos encontramos en Buenos Aires, ya había visto el largo Sur de la región, hasta Ushuaia, nuestro particular Finisterre. Quería asomarse a la pampa, el paisaje de la nada, como él la llama, y una tarde lluviosa se dio el gusto ante los horizontes de Coronel Brandsen.

Desde siempre he sentido en Magris la presencia del puerto como forma espiritual. Nada mejor, para un porteño, que un portuario. Más aún: Trieste, otrora puerta mediterránea del Imperio Austrohúngaro, fue el cabo de ruta de una línea marítima que llegaba a Buenos Aires. Puerto: lugar de llegada y de partida, de paso, de forasteros y desterrados, de exilio y arraigo. Lugar de confrontaciones y traducciones, donde las culturas se ponen a prueba al interpelar y ser demandadas, mezclarse y vivir del mestizaje, evitando el suicida ensimismamiento castizo que las sofoca.

Trieste es una ciudad de fronteras, donde los confines de los mundos latino, eslavo y germánico, se ven y se tocan. En Buenos Aires, la inmigración se ha dispersado y sus huellas están borroneadas.

Pasear con Magris por las calles del Centro, entre las itálicas fachadas de San Telmo, junto a las mesas del Café Tortoni, hermano distante del triestino San Marco, resultó una inspección detectivesca por los equívocos caminos de mi memoria.

Volviendo de México DF y de Sao Paulo, Magris esperaba una ciudad violenta, herida por la crisis, en términos epidérmicos: latinoamericana. Tras una docena de estancias en Nueva York, donde siempre se sintió tan extraño como admirado, y con dificultades para asumir los códigos cotidianos (comprar el periódico o pedir el desayuno), en cuanto desembarcó en Buenos Aires se sintió en casa. Percibió esa vaga calidad porteña que no existe en Europa: estar en una ciudad europea.

Más allá del pésimo estado edilicio y callejero de la ciudad, agujereada de socavones, frecuente de basuras y cartoneros que la recogen, y duermen en las calles céntricas, el esplendor de las arquitecturas y la imponencia de los anchos espacios donde se empuja una multitud ansiosa de quién sabe qué, acaban convenciendo de que la Reina, aunque destronada y en el destierro, algo conserva de sus monárquicas pretensiones.

Magris nos preguntó a los amigos porteños por la inmigración, por los candidatos presidenciales, por las letras de tango, por Perón y Gardel, por el Che Guevara y Evita Duarte, intrigado por la frecuencia con que veía sus caras en camisetas y afiches.

La modesta mitología de Buenos Aires le proponía interrogantes. Seguramente, como sociedad, la Argentina ha quedado atrás de sus similares, Canadá y Australia. Pero su cantera de mitos y personajes con imagen sigue alimentando al Olimpo mediático de nuestros días.

A la lista de obviedades, propuse añadir para la perplejidad de Magris el nombre de Cándido López, el pintor que se quedó manco en la guerra del Paraguay y dedicó el resto de su vida a evocarla en unos cuadros que quizá sean los más atractivos de la pintura argentina.

Autodidacta y provincial, recreó, sin embargo, a fuerza de genio, la perspectiva del Cuatrocientos italiano y la narración visual de los biombos chinos, con su mano izquierda que debió aprender de nuevo a trabajar para la terrible y hermosa memoria. Un personaje de Magris, de su otro mar.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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