Cogitus interruptus

Los grandes proyectos constructivos de Sartre quedaron inconclusos. De su tetralogía de novelas Los caminos de la libertad sólo escribió tres partes. El ser y la nada, suma de su filosofía, se interrumpió tras llenar la ontología y el psicoanálisis. Estaba tratando de ética cuando los Cuadernos para una moral quedaron truncos.

De su encuentro definitivo con el marxismo, la Crítica de la razón dialéctica, sólo completó las Cuestiones de método. La magna biografía de Flaubert, El idiota de la familia, dejó un par de volúmenes de obesa introducción, sin alcanzar el examen de los grandes textos del novelista. Sus aproximaciones a Mallarmé y a Tintoretto no excedieron el estado de esbozos. De sus memorias nos ofreció el relato de infancia en Las palabras (¿su mejor texto como escritor de literatura, si él hubiese permitido la estampilla?) pero sin secuencia.

Estas obras incompletas recuerdan otra gran promesa del pensamiento contemporáneo, el Tratado de la razón vital que Ortega nos prometió y nunca compuso aunque, tal vez, no hizo otra cosa en el panorama de su total escritura. En ambos casos el argumento anecdótico no vale. Decir que Sartre no tuvo tiempo o que su salud maltratada con gardenal y vodka se resistió a la tarea, es poco significativo. Más vale, en cambio, tener en cuenta las cosas como son, o sea: como no llegaron a ser.

Sin saberlo, Sartre se constituyó en un escritor de extensos fragmentos. Su extensión puede resultar a menudo discutible por farragosa, pero no deja de ser una colección de trozos de algo que no sabemos en qué consiste. Por decirlo con su fórmula: una totalidad abierta. Traduzco: una totalidad imposiblemente total.

En ese punto, el fragmento se vuelve género y destino. Género, porque es una manera de pensar que se calla por abandono o desconcierto, cediendo la iniciativa al silencio. El ser –de nuevo Sartre– admite que surge de la nada y reconoce su vacuo fundamento. La palabra se confiesa esencialmente muda. El sujeto, un muerto sin sepultura. Y también destino porque toda escritura tiene los límites de su consumación. Eso que está ahí, práctico e inerte, a la espera del lector que lo convierta en ser–para–sí, es decisiva aunque no definitivamente, lo que es en sí mismo. Por eso, quizá, algunas de sus mejores páginas son las que no se propusieron llegar a exhaustivas, tantos artículos de su serie Situaciones.

Hay otras causas, más materiales si se quiere, que provocan la abrupta interrupción de su Cogito. Cuando aborda la ética es cuando intenta conciliar existencialismo y marxismo, una filosofía de la espontánea y original libertad del individuo con una antropología social del hombre como animal que trabaja, situado en una clase y cargado por la superestructura ideológica. El encuentro se frustra, aun cuando Sartre quiere creer que el marxismo es el horizonte filosófico de nuestra época, algo que el propio Marx no le habría aconsejado decir, porque su época era la sociedad de clases y la de Sartre, la sociedad de masas. Y Raymond Aron, su petit copain de la adolescencia, le habría preguntado: ¿a cuál de los marxismos imaginarios te refieres?

Su Flaubert, un sujeto por el cual intentó hacer pasar toda una época de la historia, es un objeto infinito. Flaubertianamente infinito, como la enciclopedia que intentaron completar Bouvard y Pécuchet. Por otra parte, sin aceptar del todo la presencia del inconsciente ¿cómo diseñar una biografía, en especial la biografía de un escritor?

Igualmente dispersas, fragmentarias, incoherentes, fueron sus opciones políticas. No volvió sobre ninguna de ellas, sobre devociones tan variopintas como los Estados Unidos de Truman, la URSS, la China de Mao, el FLN argelino y hasta nuestra pesadillesca ETA. Aquí conviene volver sobre una vocación soterrada de Sartre, vocación de sacerdote de las verdades intemporales, compulsivamente obligado por circunstancias terribles, el aquí y ahora de la guerra, la ocupación y el nazismo, a ocuparse de política, de la minuciosa y anecdótica vida con todo el mundo, con la infernal presencia de los otros.

Raramente hubo mala fe de su parte. En el caso de la URSS, él mismo lo admitió. Creía en las opciones de hierro, en que había que elegir entre lo dado aunque sin inscribirse en ningún partido, renunciando a la autonomía del escritor que reclamaron Koestler o Camus, que sí habían tenido carné de militantes.

Italo Calvino dijo alguna vez que Thomas Mann había contemplado el siglo XX desde un balcón del Ochocientos. Hay similitud con el caso Sartre. La diferencia está en que Mann sabía desde dónde miraba los anacronismo sangrientos de su siglo. Sartre quiso ser el último escritor de sistemas del siglo XIX sin advertir las exigencias del almanaque. No apuntaría el desencuentro como un defecto. Al contrario, lo anoto entre sus virtudes. Se dio de morros contra las murallas de su tiempo y lo hizo en público, como para dar testimonio de que allí había murallas: la de esos campos de prisioneros que conoció como soldado, el muro de Berlín, el alambre de espino electrificado de Buchenwald. Aun cuando los estudiantes del 68 lo miraban como una reliquia del 45, o cuando intentaba arengar a los obreros de Billancourt subido a un taburete y con un megáfono portátil en la mano. Ya no lo alcanzaba la pasajera moda de una posguerra de cuevas con jazz en Saint-Germain-des-Près, polos de lana negra, muchachas desmelenadas y ojeras que escrutaban la desolación de una Europa en ruinas.

Cada vez que volvamos a esa circunstancia nos encontraremos con Sartre, con los cascotes de sus sistemas interrumpidos por el vendaval de la historia, que lo sostiene y lo bambolea hasta nuestros días.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Thesauro Cultural con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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