Apostilla a Daniel Innerarity

Daniel Innerarity ha publicado en El País un artículo titulado Populismos buenos y malos que, por su precisión y eficacia, merece una apostilla. Ante todo porque la palabra populismo padece generosos abusos que la conducen a la confusión.

Innerarity razona textos en mano y, además, conversando con Chantal Mouffe, viuda del filósofo Ernesto Laclau (La razón populista) y lectura discipular y privilegiada de Cristina Fernández viuda de Kirchner.

Me pareció acertada la relación establecida por el autor del artículo citado. El peronismo kirchnerista es, como todo peronismo (hay varios y a veces encontrados en el desencuentro) es bonapartista y una de las variantes del bonapartismo se remonta, como hace Laclau, al populismo en general y al decisionismo de Carl Schmitt, el jurista católico que sirvió de teórico al derecho nacional socialista. Para Schmitt, el llamado Estado de derecho es un estado de excepción constante. No hay paz jurídica sino un espacio de guerra larvada o virtual donde reina la decisión. Si ella viene servida por alguna norma establecida, se la aprovecha. Si no, se la incumple, se decide lo contrario por la fuerza y se crea la nueva norma a partir de la decisión-imposición.

El pueblo, conducido por el líder, pone en juego su sano instinto jurídico y lo que decide, siempre bajo la guía del líder, es ley. Esto parece ser el colmo de la democracia, un decisionismo confiado a la masa del pueblo o de la gente, en contra de las decisiones que toman las élites gobernantes, las castas o las tramas o las viejas y gloriosas oligarquías de siempre.

Desde luego, el pueblo sólo es uno, una la decisión tomada y uno el conductor que la pone en marcha. Y uno, en consecuencia, el movimiento que protagoniza esta política. Y una sola, la nación. O sea: hay un único y necesario movimiento nacional.

Innerarity le planteó a Mouffe el resultado de su razonamiento: quien no está en el movimiento, es ajeno a la nación, extranjero y virtual enemigo. Con ello, se elimina como enemistoso de la nación al discrepante, al disidente, al mero crítico. Dicho en jerga peronista: un contrera, un vendepatria, un gorila.

La inquietud acerca del perfil y el alcance de la democracia es antigua en este sentido y la cuestión planteada por los populistas, el camino que lleva al integrismo –todo partido parte a la nación y desintegra la voluntad nacional– puede remontarse a la Revolución Francesa, de la que surgen personajes tan variopintos como Mirabeau, Robespierre y Bonaparte, fundador del movimientismo que lleva su nombre.

El pueblo se gobierna a sí mismo pero no por sí mismo sino por medio de sus legítimos representantes, elegidos según el voto popular (qué extensión se dé al cuerpo electoral no se trata en estos renglones). Esto supone que hay partidos y que entre ellos cabe escoger. Esto, más o menos, sería Mirabeau. Pero Robespierre piensa otra cosa. La revolución se ha hecho para cumplir ciertos fines y si el pueblo vota a los contrarrevolucionarios, la revolución es atacada y tiene derecho a defenderse, instaurando la dictadura de la virtud. Falta el líder. Entonces llega Napoleón y bonapartiza el asunto hasta nuestros días. Él cerró el parlamento y decidió cambiar las reglas del juego. Del consulado y el directorio se desaguó en el imperio.

Esta sea quizá la almendra del asunto, un intríngulis que la democracia no tiene resuelto. Los populistas optan por la salida Robespierre y salen en busca de Napoleón. Mirabeau es un defensor de la casta o la trama, es decir que no cree, como los otros, que exista una verdad bonificadora de la historia, que todo se puede discutir y pactar. Pero, cuidado. En cualquier momento puede aparecer Napoleón o Napoleona y decir que ya está bien de tanta cháchara parlamentaria, que ha llegado la hora de decidir. Es lo que hizo Nicolás Maduro cuando disolvió el parlamente venezolano. ¿Ponemos el chavismo en alguna lista? ¿En cuál de las tres?

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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