Recuerdo de Alfredo Alcón (1930-2014)

Aunque notorio en España, sólo en su país de origen conoció el ser una suerte de gran figura nacional, un cargo único como el de presidente de la República o el capitán de la selección de fútbol. La Argentina tiene una cultura proclive a los personajes de estatura mítica y carácter exclusivo pero el caso de Alfredo Alcón es sensiblemente distinto porque parte de un severo escrutinio que dominó su carrera y se convirtió en la base de su popularidad.

En efecto, a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, Alcón disponía de un fácil lugar en el estrellato: el galán joven, bonito y con aire de chico de barrio de buenas maneras. Una suerte de promesa generacional, el muchacho argentino a quien todos reconocen y que lleva su privilegio con modestia.

No obstante estas facilidades, Alfredo eligió un repertorio arduo y exigente: Lope de Vega, Osborne, Synge, Dostoievski adaptado por André Gide, Shakespeare (a distintas edades: Romeo, Hamlet y el Rey Lear), el estreno de un costoso Valle-Inclán, donde hacía de Montenegro en Romance de lobos, hasta el final, cuando trastornos circulatorios le impedían caminar normalmente y se mostró casi inmóvil en Fin de partida de Beckett.

Fue su propio fin de partida o el saludo de la partida que se produce al fin: el de un severo trabajador de la escena, con un aura de timidez que evitó siempre las extravagancias, desequilibrios y malos histrionismos de los divos.

En sus numerosas películas se podrá ver su evolución aparencial, desde aquellos años en que era un niño grande de belleza ingrávida, sutil, todo lo contrario del joven impetuoso y sexy que imponía el cine americano de la época. Pero su apostura escénica, una presencia que tenía mucho de sugestión interrogante, su voz timbrada de oscuridad, se dicción impecable, todo eso se ha ido con la partida del fin.

Queda un ejemplo de buena conducta, de evidente decencia, de artista que se respeta a sí mismo y, a través de su arte, respeta a los demás.

Copyright © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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