Martes, 14 Junio 2016 13:17

La tentación del miedo en la sociedad occidental Destacado

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La tentación del miedo en la sociedad occidental Imagen superior: skyandsea876, CC

“En las culturas donde la gente trata con la muerte simplemente sacándola de su mente, la perspectiva de su cercanía de forma repentina y terrible, incluso si es extremadamente improbable, causa una neblina mental de miedo y un desproporcionado y utópico deseo de reducir el riesgo de esa posibilidad a cero, dejando de lado cualquier otra consideración. Cuando se dan estas condiciones, nos enfrentamos con una espiral emocional que desarrolla su propia inercia.

Esta crisis ha levantado su propio sabor de miedo. No es el sobresalto cardiaco que puede sentirse cuando se huye de un oso o de una amenaza distinguible. Es un miedo existencial y amargo. Es el miedo que se siente cuando todo el entorno parece hostil, cuando las cosas que se supone que te mantienen seguro, como las fronteras o las autoridades, parecen porosas e ineficaces, o cuando una amenaza es difícil de comprender.

En estas circunstancias, el escepticismo habitual sobre la autoridad se convierte en corrosivo cinismo. La gente pide que se construyan muros que contengan un círculo de confianza. El miedo alimenta al miedo. El miedo es una niebla que altera la percepción y nubla el pensamiento. El miedo es, en palabras de Yann Martel, una oscuridad sin palabras. Nos enfrentamos a un adversario traicionero que ha encontrado una debilidad en nuestro interior. O peor, un adversario que explota una debilidad en la materia de la que está hecha nuestra cultura.”

Estas palabras son de David Brooks, profesor de Grand Strategy en el Jackson Institute of Global Affairs de la universidad de Yale, miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias y columnista habitual del New York Times.

El artículo del que las he extraído y traducido (con una ligerísima edición) tiene ya algún tiempo. Sin duda, podemos utilizar su contenido para describir la situación actual. Es la neblina del miedo lo que nos hace buscar la falsa protección de un diálogo con un enemigo que, al igual que el que describe Brooks, no está dispuesto a dialogar.

Por fortuna, la coalición internacional de capitalistas occidentales se conjuró para exterminar al enemigo que Brooks describía en The Quality of Fear ("La calidad del miedo"), combatiéndolo sin piedad y ocupándose de sus víctimas en tierras extrañas. Aunque sabemos que siempre quedará un germen latente dispuesto a volver a atacar cuando menos lo esperemos, hoy podemos decir con tranquilidad que el enemigo está completamente derrotado.

En realidad, el artículo es del 20 de octubre de 2014. El enemigo del que Brooks habla era el ébola.

Todos estuvimos de acuerdo en que había que derrotar al ébola reduciéndolo al exterminio. Aunque muchos quisieron “dialogar” con él. Y el discurso de algunos era paralelo al actual: contra los gobiernos occidentales que “habían creado el virus” para que sus corruptas empresas capitalistas especularan con su cura.

En su monumental libro El miedo en Occidente (Taurus, 1989), el historiador Jean Delumeau explica el modo en que una colectividad puede estar en un diálogo permanente con el miedo, y cómo esos temores van moldeando los puntos de vista de cada ciudadano.

La instrumentalización de esas inseguridades por parte del poder o de otras instancias contrasta con esa edad de oro que algunos adanistas aseguran que existió. "El miedo es ambiguo ‒escribe Delumeau‒. Inherente a nuestra naturaleza, es una muralla esencial, una garantía contra los peligros, un reflejo indispensable que permite al organismo escapar provisionalmente a la muerte. (...) Pero si sobrepasa una dosis soportable, se vuelve patológico y crea bloqueos (...) En efecto, el miedo puede convertirse en causa de la involución de los individuos, y Marc Oraison hace observar a este respecto que la regresión hacia el miedo es el peligro que acecha constantemente al sentimiento religioso".

Dice el ensayista que el elemento psicológico ‒el temor‒ desborda el sano análisis de una coyuntura. Los ejemplos que cita son numerosísimos: por ejemplo, el "jueves negro" del 24 de octubre de 1929 en Wall Street.

Las pulsiones irreflexivas que menciona Delumeau, condicionadas por el miedo al vacío, son una constante en las sociedades contemporáneas. Paradójicamente, también son habituales en el acomodado Occidente. En realidad, casi podríamos decir que el discurso cotidiano de los medios de comunicación se basa en el miedo. De ahí que, a la hora de establecer trincheras políticas, el candidato a batir sea presentado como un destructor de la estabilidad o como un enemigo de la ciudadanía.

Paradójicamente, esas pesadillas se repiten a lo largo de la historia y nuestras reacciones son similares. En este sentido, la circulación de rumores inquietantes constituye un porcentaje esencial de los contenidos que intercambiamos en las redes. "Todo ello ‒escribe Damian Thompson en El fin del tiempo (Taurus, 1996)‒ ofrece una oportunidad inigualada a quienes difunden la teoría de la conspiración, y no han tardado en aprovecharse de esas ventajas. (...) La queja persistente contra el gobierno puede convertirse, tal vez a través de internet, en temor a un nuevo orden mundial, un concepto que contiene la semilla de marcos hipotéticos en los que el fin del mundo está muy próximo. Internet ha realzado una cualidad del temor apocalíptico que ya se evidenciaba al comienzo de la era cristiana: su capacidad de arraigar y florecer en el entorno menos prometedor".

Sin duda, esa distorsión severa de la realidad que supone el pensamiento apocalíptico y conspiranoico es típica de las sociedades acomodadas. De ahí que su manera de afrontar amenazas reales sea, en demasiadas ocasiones, muy contraproducente.

El miedo a un imaginario complot de las multinacionales farmacéuticas conduce a un comportamiento tan peligroso como el rechazo a las vacunas. El temor a la enfermedad propicia extrañas dietas que pueden arruinar el buen funcionamiento de nuestro cuerpo. El miedo a perder el control de la propia realidad genera suspicacias frente a determinados avances científicos. El miedo a la pobreza origina delirios totalitarios que, en un país desarrollado, acaban conduciendo a la destrucción de la economía. El miedo al extranjero y a sus nuevas costumbres lleva a la xenofobia o al racismo.

La lista es larga, pero los mecanismos mentales se repiten. En el terreno de la geopolítica, este esquema es muy frecuente, y quizá por ello, una parte de la ciudadanía occidental se muestra incapaz de interpretar de forma razonable fenómenos como la tiranía o el terrorismo. De hecho, el conspiracionismo devuelve a quien lo abraza a un territorio confortable. "En realidad ‒se dice a sí mismo el conspiracionista‒, a quien hay que temer es al propio gobierno, y con un mínimo cambio de actitud, la amenaza exterior quedará desactivada". Como sucede con otras pesadillas disfrazadas con justificaciones ideológicas, el terrorismo irracional ‒sea nacionalista, seudoreligioso o revolucionario‒ juega, al igual que hacen los difusores de ciertas corrientes totalitarias, con nuestros miedos más ancestrales.

Ténganlo por seguro: no se puede dialogar con los agentes del miedo. Tampoco puede razonar con ellos. La única opción que nos queda es hacerles frente antes de que tengan la más mínima posibilidad de dañar irremisiblemente la materia de la que está hecha nuestra cultura.

Copyright © Javier Sánchez Ventero. Reservados todos los derechos.

Visto 1787 veces Modificado por última vez en Domingo, 05 Marzo 2017 16:39
Javier Sánchez Ventero

De su trayectoria de más de veinte años como ingeniero y de su responsabilidad a cargo de complejos proyectos en distintos rincones del mundo, le queda a Javier Sánchez Ventero una experiencia que va más allá de las aplicaciones más vanguardistas y de los retos tecnológicos más innovadores.

En realidad, esa experiencia tiene una faceta intelectual, que le ha hecho moverse a medio camino entre la tecnología y las humanidades, alternando las aplicaciones más complejas del software con el estudio y el análisis de la economía global y de su vertiente sociológica.

Es el cofundador de conCiencia Cultural, una entidad sin ánimo de lucro creada para acercar las disciplinas humanísticas al saber científico. Asimismo, es uno de los creadores de Thesauro Cultural (The Cult), cuya labor divulgativa y cultural se alterna con el fomento de la educación y del pensamiento crítico en nuestra sociedad.

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