El cambio mínimo necesario Destacado

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El cambio mínimo necesario Imagen superior: Álvaro Tapia, CC

Una de las innumerables razones por las que me gusta la ciencia ficción es porque permite crear un entorno en el que un contexto social real se pueda llevar hasta el extremo, experimentando mentalmente con sus consecuencias. La aparentemente idílica utopía en la que viven los protagonistas no suele requerir una justificación, pero la naturaleza de algunos autores les lleva a buscarla de muchas maneras.

Una de ellas es el universo alternativo, patrocinado en los últimos años por los textos de divulgadores científicos como Mlodinow (El gran diseño, firmado también por Stephen Hawking ya que en el libro hay unas cien líneas que pueden haber sido escritas por él). Para llegar a este universo, hay dos caminos: cruzar a una de esas dimensiones paralelas o suponer que un acontecimiento de la historia sucedió de una manera distinta.

En Delenda Est, Poul Anderson lleva a un viajero del tiempo a la batalla del Tesino, donde mata a los Escipiones. El resultado en el siglo XXI es una sociedad de raíces célticas y cartaginesas, ya que sin la oposición de los generales romanos, Aníbal logró conquistar Roma. El agente Everard de la Patrulla del Tiempo tiene que decidir si debe reconducir el curso de la historia que alguien alteró a su conveniencia. Everard duda; porque, aunque tiene otros problemas, el mundo al que despierta (con elefantes por las calles) es bastante más justo que el mundo en el que se durmió.

Los autores juegan mucho con lo mínimo que sería el cambio para producir un desequilibrio radical. El padre de estas criaturas es, probablemente, Ray Bradbury con El sonido de un trueno. Eckels, un cazador que ha viajado al Cretácico pisa una mariposa durante la partida de caza y al regresar a su tiempo, se encuentra que las elecciones las ha ganado el fascista “Deutscher” cuando antes de su viaje lo había hecho el demócrata “Keith”.

"El sonido de un trueno", ilustrado por Moebius para "Histoires de Dinosaures" (Gallimard)

Sin llegar a la ciencia ficción, todos sabemos reconocer los cambios mínimos que habrían transformado nuestras vidas: ese momento en que no te atreviste a darle un beso, esa entrevista en la que no supiste demostrar lo que valías, ese último bar al que no teníais que haber ido… Puede que haya muchos de los que nos arrepintamos o que no haya ninguno, pero sabemos reconocer esos momentos críticos de nuestro pasado. Si esa misma visión la tuviéramos en nuestro día a día, sería mucho más fácil tomar las decisiones correctas como individuos o, al menos, tomar las decisiones incorrectas de forma consciente.

Llevando esto a nuestra sociedad, parece fácil reconocer esos cambios mínimos en la historia. Son innumerables las especulaciones en las que Adolf Hitler, o sus padres, son asesinados por viajeros del tiempo. Pero los resultados divergen. Ese hipotético crimen podía haber llevado a que otro líder, menos mediocre y menos loco pero con las mismas habilidades para la oratoria, sintonizara igualmente el populismo para atraer al pueblo alemán agotado tras una larga y cruda posguerra. Y tal vez hubiera paseado por toda Europa, sin oposición, una variante más o menos ligera de fascismo que, con apoyo popular, se habría asentado durante décadas. La idea resulta terrible, desde luego, porque parece difícil pensar en algo que supere en maldad al propio nazismo. Pero más de un escritor la ha explotado en sus obras.

No hace falta viajar en el tiempo para cambiar el futuro. Además, ahora mismo es imposible y tiene pinta de que va a seguir siéndolo una eternidad. Tampoco hay que ser un escritor de ciencia ficción para especular con la evolución de nuestra sociedad si las circunstancias actuales se mantienen. Con estudiar la historia es suficiente. Y no estoy hablando de España. Somos una provincia de una civilización que presenta los mismos síntomas a nivel global. Como en todas las organizaciones, son aquellos que las dirigen quienes deberían tomar la responsabilidad de encontrar y gestionar el cambio. Pero, como en todas las organizaciones, el haber llegado a la dirección no garantiza que quien lo ha hecho esté preparado para dirigirla.

Esto sucede tanto en gobiernos de todos los tamaños como en empresas privadas grandes y pequeñas.

Kenneth L. Lay (Universidad de Houston, UH Digital Library).

Recuperemos la memoria de Enron en 2001. Su CEO, Kenneth Lay, había sido encumbrado a los altares empresariales llenando centenares de páginas con su nombre en los libros de estrategia. Lo que había detrás era una colección de malas decisiones disfrazadas contablemente. Otro Kenneth, Lewis en este caso, llevó a Bank of America a una espectacular quiebra propiciando al mismo tiempo la caída de Lehman Brothers. Su última adquisición estratégica (Merryl Lynch), encaminada a tapar los agujeros de adquisiciones estratégicas anteriores, estaba más envenenada que la manzana de Blancanieves y resultó ser la última manzana podrida que corrompió toda la cesta.

Podríamos decir que los accionistas de estas corporaciones sabrán lo que hacen con su dinero colocando a esta gente al frente. Pero de esta crisis hemos aprendido que esto no es del todo cierto. Incluso los más acérrimos liberales del GOP estuvieron de acuerdo en que la Reserva Federal saliera corriendo (como pollo sin cabeza, como luego se vio) a tapar con los lingotes públicos de Fort Knox los desmanes privados. Todos hemos visto que en toda Europa (excepto en Islandia) los gobiernos siguieron el ejemplo. Dejemos esto de lado porque no es el cambio que buscamos.

Lo que no podemos decir es que no nos preocupa que nuestros gobernantes o líderes políticos sean gente que ha llegado al gobierno sin tener la más mínima preparación. Ya no para gobernar, sino ni tan siquiera para mantener su propia casa en orden o llevar sus cuentas. Deberíamos preguntarnos todos los días qué es lo que lleva a esta gente ahí.

Y lo que hay que cambiar es eso. Toda esta proliferación de líderes incapaces ni tan siquiera de definir cual es el rumbo que hay que seguir, ya no de llevar el timón, la produce la moderna deriva del sistema de partidos. Porque los filtros que impone hoy para llegar al liderazgo requieren habilidades que no sirven para gobernar y que se imponen sobre las habilidades que sí servirían.

Si hay que promover un cambio mínimo necesario para que la evolución de nuestra sociedad nos lleve a un mundo más justo, más humano, más libre, para mí el cambio es evidente: debemos tener muy claro a quién elegimos para gobernarnos. Esto implica cambiar el sistema electoral para que cada uno de nosotros vote a un candidato que tenga que convencernos; preferentemente con ideas y méritos, y no con bocadillos ni consignas. 

Aunque puede que fuera un viajero del tiempo el que instauró el sistema actual. Porque, tal vez en un universo alternativo, la Patrulla del Tiempo ya ha comprobado que no queremos asumir la responsabilidad de nuestras decisiones democráticas y que preferimos delegarlas en la superficialidad de un logotipo. 

Copyright © Javier Sánchez Ventero. Reservados todos los derechos.

Visto 3304 veces Modificado por última vez en Jueves, 23 Marzo 2017 11:00
Javier Sánchez Ventero

De su trayectoria de más de veinte años como ingeniero y de su responsabilidad a cargo de complejos proyectos en distintos rincones del mundo, le queda a Javier Sánchez Ventero una experiencia que va más allá de las aplicaciones más vanguardistas y de los retos tecnológicos más innovadores.

En realidad, esa experiencia tiene una faceta intelectual, que le ha hecho moverse a medio camino entre la tecnología y las humanidades, alternando las aplicaciones más complejas del software con el estudio y el análisis de la economía global y de su vertiente sociológica.

Es el cofundador de conCiencia Cultural, una entidad sin ánimo de lucro creada para acercar las disciplinas humanísticas al saber científico. Asimismo, es uno de los creadores de Thesauro Cultural (The Cult), cuya labor divulgativa y cultural se alterna con el fomento de la educación y del pensamiento crítico en nuestra sociedad.

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