Niños que no aprenden

Niños que no aprenden Imagen superior: emdot, CC

Existen en todas las escuelas, más en las públicas, hay que decirlo. Se afanan y también se desesperan. A veces ya no aguantan más el olor del fracaso. Una y otra vez. Intentándolo. En ocasiones se convierten en disruptores. Las más, se aburren. Otras, los vemos mirando distraídos a un limbo que los conduce fuera de la clase.

El aula no tiene sitio para ellos. Hablo de los niños que no aprenden. Algún detalle, alguna característica, les impide atrapar el significado de las palabras, el quid de los conceptos básicos, la fórmula perfecta para hacer un problema, la memoria que atrapa los sonidos y los números.

Hay algo en ellos, leve o complicado, pero siempre suficiente, que les cierra las puertas del saber y con ellas las de la vida. Porque la escuela los divide en dos: niños que aprenden, niños que no aprenden. Continúan adelante a trancas y barrancas. Se duelen de que su cabeza está a pájaros. Se pierden en lo difícil que resulta entender las palabras. Y, al otro día, parece que aquello se ha escapado, que se ha perdido lo que el día anterior aprendieron.

Puede ser que un profesor, un maestro, no lo entienda del todo. No sé, esto es muy fácil, debería comprenderlo. Pero trabaja poco, se olvida lo que hay que traerse a la clase, da la impresión de que nada le importa.

A algunos profesores les cuesta comprender lo que significa para un alumno que siempre obtiene fracasos mantener el esfuerzo, sostener un ritmo de trabajo que, llegado un momento, el propio estudiante entiende que no sirve para nada. El tiempo se hace eterno en el aula cuando una materia no se entiende.

Los momentos en los que el profesor pregunta por los ejercicios es una rutina incómoda. Nunca, ninguno de esos niños, habrá de levantar la mano para salir voluntario a la pizarra. Y cuando se reparten los exámenes, verán rodeado de un círculo los números fatídicos. El 3, el 2, el 4, el 1. Nadie puede sentirse motivado a lograr el éxito si, de vez en cuando, no recibe alguna compensación.

El esfuerzo baldío cansa. Se habla de la motivación como de una entelequia cursi y novedosa, pero existe. Existe el estímulo de los que están a tu alrededor y te apoyan, existe el convencimiento de que puedes conseguirlo pero existe, sobre todo, la recompensa del éxito.

Puede ocurrir que no todos los estudiantes puedan estudiarlo todo. Es decir, no todos los estudiantes pueden estudiar lo mismo. He ahí el problema sustancial del que se deriva un modelo que debería hacernos pensar. Todos los estudiantes pueden aprender algo, bastante o mucho. Pero no todos pueden aprenderlo todo. Al menos ese debería ser el aserto que inspire el modelo educativo que nuestro país necesitaría. Pretender lo contrario es abocar a los chavales a un fracaso cierto. Y, además, olvidar las diferencias individuales. Y, por  supuesto, darle un sesgo de tanto academicismo al curriculum que serán rechazados del mismo multitud de alumnos.

Qué podríamos hacer con los estudiantes que no aprenden: Primero, identificar las causas. Definir claramente cuál es el problema. Segundo, intervenir cuanto antes, no esperar a que el fracaso se consolide. Tercero, actuar coordinadamente, en equipos de trabajo, no de forma individual. Cuarto, que esa actuación sea sistemática, continuada en el tiempo, sostenida y sistémica. Porque el fracaso escolar es una cuestión sistémica y no aislada. Quinto, no tirar la toalla. Buscar las fortalezas del estudiante, ahondar en ellas, hacer que se identifiquen y se trabajen. Ese es su camino y no el del fracaso.    

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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