José Antonio Marina y el "Libro Blanco sobre la Profesión Docente": crónica de un rechazo incomprensible

José Antonio Marina y el "Libro Blanco sobre la Profesión Docente": crónica de un rechazo incomprensible Imagen superior: José Antonio Marina © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

A finales de octubre de 2015, el filósofo y pedagogo José Antonio Marina (Toledo, 1939) publicó el ensayo Despertad al diplodocus. Una conspiración educativa para transformar la escuela... y todo lo demás, un libro sobre los profundos cambios que, en su opinión, precisa el sistema educativo español.

Coincidiendo con el lanzamiento de dicho libro, se supo que Marina había recibido por parte del ministro de Educación el encargo de completar un Libro Blanco sobre la Profesión Docente, plasmando todos esos cambios en una propuesta bien definida. Esta solicitud por parte del gobierno del PP no es la primera de esta naturaleza que acepta este profesor y pedagogo. Hace unos años, bajo el mandato del PSOE se encargó de redactar los primeros libros de texto de Educación para la Ciudadanía.

Como un primer apunte de su plan, Marina escribió una “Carta al nuevo ministro de Educación”, que apareció en El Confidencial. "Desde los años 60 ‒decía en la citada carta‒ se han llevado a cabo múltiples reformas educativas, de las que podemos aprender. Disponemos de la información suficiente en los informes McKinsey, los documentos de la OCDE, las obras de Michael FullanTony WagnerKen RobinsonMichael BarberJohn Hattie y otros. En educación no hay milagros, pero tampoco hay misterios. El sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento en el plazo de cinco años. La ciudadanía debe saberlo para poder exigir a los políticos que hagan posible ese objetivo. (...) El sistema educativo español es desigual y está estancado. Desigual porque según los informes PISA hay siete comunidades que superan la media de la OCDE y otras que se desploman. Estancado porque, a pesar de la subida del presupuesto durante los años anteriores a la crisis, la calidad no ha mejorado. La parálisis no se ha debido, pues, a problemas financieros. Antes de la crisis, dedicábamos a educación el 5% del PIB. Con ese dinero se puede tener una educación de alta calidad. Con menos, no. Lo que ha fallado siempre –pero siempre, siempre, siempre– es la gestión educativa. (...) En primer lugar, hay que mejorar la calidad de los equipos directivos de los centros y del profesorado. (...) Conozco a cientos de docentes capaces de cambiar sus aulas, sus centros, sus ciudades. Conozco a muchos líderes educativos que han cambiado sus escuelas. Ellos son las verdaderas fuerzas del cambio, pero se sienten aislados y predicando en el desierto. (...) ¿Por qué en España, donde tenemos premios nacionales para todo tipo de actividades, no hay un Premio Nacional al mejor maestro, como lo hay, por ejemplo, en EEUU?".

El eje central del pensamiento de Marina consiste en convertir a España en una sociedad del aprendizaje, donde el docente se transforme en una figura esencial. Para elaborar su Libro Blanco a partir de esa premisa, solicitó la colaboración de Carmen Pellicer, con quien comparte la dirección de la Cátedra de Inteligencia Ejecutiva y Educación en la Universidad Nebrija de Madrid, y con la que escribió el libro La inteligencia que aprende (Santillana). También pidió la ayuda de un experto en formación del profesorado, Jesús Manso.

"Del estudio de la OCDE Creating Effective Teaching and Learning Environments: First Results from TALIS (2009) ‒escribe Marina, anticipando las líneas maestras de su borrador‒ me ha llamado la atención la escasa evaluación y feedback de los docentes españoles, y la casi nula repercusión –en premios o sanciones‒ que tiene su desempeño. Parece que da lo mismo que se den bien o mal las clases. Otro tema es la poca importancia que se da al liderazgo educativo. No forma parte de nuestro vocabulario profesional".

En principio, cualquiera imaginaría que estas sugerencias serían bien recibidas. Sin embargo, acaso por la cercanía de unas elecciones o porque la opinión pública se agita con los impulsos de una prensa digital cada vez más sensacionalista, la realidad es que las opiniones y planteamientos de José Antonio Marina merecieron todo tipo de críticas. Me gustaría decir que la mala recepción que tuvieron sus propuestas me sorprende, pero no es así.

Desde que yo tengo memoria, la educación ha servido de arma arrojadiza entre los diferentes partidos políticos, y me atrevería a decir que ni uno solo de los que han gobernado ‒e incluyo aquí a los gobiernos autonómicos‒, se ha tomado la educación como lo que debe ser: un asunto de estado.

La educación es una de las formas más directas de redistribución de riqueza en un país, pues el acceso a una educación de calidad, independientemente de tu clase social,  promueve la igualdad de oportunidades. ¿Por qué, entonces, esa resistencia a tomarla como un asunto de Estado? ¿Por qué la incapacidad de los partidos políticos de llegar a un acuerdo, a un pacto, para garantizar un derecho básico para todos los ciudadanos españoles y construir una sociedad más justa?

José Antonio Marina lo ha apuntado, y no puedo sino darle la razón: la educación no importa en este país. Es un sálvese quien pueda. Y, en este caso concreto, el sálvese quien pueda implica que aquellas personas con medios económicos podrán procurar una mejor educación a sus hijos que quienes carezcan de ellos. De este modo, la movilidad entre clases sociales se reduce, y aquellos que puedan pagarse determinados colegios tendrán una serie de puertas abiertas, de contactos, de currículum ‒de pedigrí, si me permiten la expresión‒ del que carecerán los alumnos pertenecientes a familias que no dispongan del dinero para pagar un servicio que debería ofrecer el Estado.

Las puertas que a unos se les abren, para otros, por su simple extracción social e independientemente de sus méritos, se transforman en techos de cristal o muros de hormigón. Y así la sociedad española no solo se vuelve más injusta, sino también más pobre e ineficiente, pues personas con talento no consiguen llegar a desarrollar todo su potencial. En ese caso, no sólo sufre el individuo afectado, sino también la sociedad que se ve privada de quien podría haber aportado su excelencia si hubiera contado con los medios adecuados.

Por tanto, una educación pública de calidad es la clave no solo para mejorar la redistribución de la riqueza, sino también para construir un país que se nutra del talento de sus ciudadanos.

marinadespertad

Después de esta reflexión, tal vez podríamos apuntar que la educación no es una cuestión de Estado porque no interesa que lo sea. España nunca ha sido un país proclive a la meritocracia, y tomarse en serio la educación podría desembocar en consecuencias que muchas personas (de todos los colores políticos) podrían considerar perjudiciales. Tal vez, cabría pensar que la postura que todos los partidos políticos han adoptado hasta ahora al gestionar la educación no se debe simplemente a la ineptitud. Tal vez podríamos aventurar que, al negar a la educación la consideración de cuestión de Estado, se está actuando directamente contra la igualdad de oportunidades, contra la redistribución de la riqueza y contra la movilidad de clases sociales y, por supuesto, contra la meritocracia.

Entre muchas de las propuestas de Marina en el borrador del Libro Blanco ‒que merecen un artículo aparte para poder ser analizadas en profundidad‒, se ha destacado en la prensa la instauración de un MIR para profesores. El examen MIR es una prueba de evaluación para los médicos en España, cuya puntuación les lleva a elegir especialidad y hospital. Antes de acceder a esa titulación de especialista, el aspirante debe pasar varios años como Médico Interno Residente (MIR) en un centro de salud debidamente acreditado. En buena medida, ese filtro explica el nivel comparativamente alto de los médicos en nuestro país.

Pues bien, ante esa idea de aplicar la fórmula del MIR al profesorado, todos los sectores educativos, sindicatos incluidos, se han llevado las manos a la cabeza, lo cual, de nuevo, me ha sorprendido menos de lo que me gustaría.

Ahora mismo, el mecanismo para acceder a la educación como interino consiste básicamente en apuntarte en una lista. Una vez te llaman, pueden evaluarte o no, depende de la suerte que tengas al encadenar sustituciones. En cualquier caso, la renovación o no del interino depende a menudo del criterio de la dirección de los centros, y en muchos casos esa renovación no tiene que ver tanto con la calidad del docente como de su capacidad para asumir los criterios de esa dirección. Y, en el peor de los casos, un interino o sustituto con antigüedad suficiente puede ir enlazando contratos de un año simplemente por haberse apuntado a una lista antes que otras personas. Es así de crudo.

Demasiado a menudo se da el caso de que buenos profesores que lo han demostrado dentro de un aula, son sustituidos por otros profesores cuyo único mérito es tener más antigüedad. Por supuesto, no pretendo decir que tener más antigüedad no deba ser un mérito ‒la experiencia en el aula, las horas que el profesor pasa dentro de una clase con alumnos son fundamentales en su formación‒, lo que digo es que no debería ser el único criterio.

De ahí que la instauración de una formación seria y exigente para profesores me parezca una idea genial y de aplicación urgente. Convertirte en profesor debe ser una elección madurada y responsable, vocacional incluso, no puede ser la salida para quienes no saben qué hacer, no tienen salida en la empresa privada, y deciden probar suerte apuntándose a una lista.

Si la educación importara en este país, la mera idea de que alguien se convirtiera en profesor como última opción resultaría descabellada. Y, sin embargo, en España pasa más a menudo de lo que debería.

Ser docente no consiste únicamente en estudiar una carrera. Implica también querer transmitir ese conocimiento, lo cual es una de las tareas más difíciles que se me ocurren. Porque para transmitir un conocimiento, necesitas, en primer lugar, tener un buen dominio de la materia que debes impartir, pero también precisas tener unas habilidades comunicativas muy desarrolladas, y sin duda, es imprescindible ser una persona empática.

Piensen en Sócrates, el primer pedagogo de la historia. Lo primero que hacía cuando trataba de impartir una enseñanza era esforzarse por entender por qué su interlocutor había llegado a determinadas conclusiones. Escuchaba, y dependiendo de las respuestas, enfocaba su discurso de una forma u otra. Así que lo de dar voz al alumno no es un mérito que pueda atribuirse la pedagogía moderna.

Un arma de manipulación política

De vuelta a la realidad, la comunidad educativa seguirá echándose las manos a la cabeza por las propuestas de Marina. Algunos partidos políticos incluso se alzarán como salvadores de la filosofía (podrían hacerlo también con el griego clásico). De hecho, candidatos del PSOE, IU, UPyD y Podemos han mandado mensajes de apoyo ‒lo que suena demasiado a mensaje de condolencia‒ a la REF (Red Española de Filosofía), que defiende la necesidad de que la filosofía conserve un papel importante en la educación secundaria.

Mientras se suceden los brindis al sol, las promesas de hacer nuevas leyes (curioso, cuando la última ni siquiera ha acabado de aplicarse en todos los niveles), y sindicatos de educación y profesores se rasgan las vestiduras cuando se propone un método de evaluación serio en todos los niveles de la jerarquía educativa (sí, Marina incluye a los inspectores de educación), la precariedad laboral se extiende como una plaga entre los profesores interinos y sustitutos, que, prácticamente nunca, por un motivo u otro, cobran un sueldo completo.

Curioso e incluso sospechoso resulta que sectores enfrentados de la comunidad educativa y de la sociedad en general se pongan de acuerdo en decir que las propuestas de Marina son poco menos que un ultraje, y, sin embargo, realidades cotidianas como que un profesor de media jornada (la única opción que tenemos muchos para tener un contrato de un curso) tenga que sobrevivir con menos de 900 euros al mes, o que muchos profesores sustitutos se queden los tres meses de verano sin cobrar nada, absolutamente nada, porque en muchos casos no se ha generado paro, se acepten sin más, con comprensión incluso.

"La situación de los interinos ‒dice el propio Marina en El País‒ es indignante desde el punto de vista de las personas sometidas a una precariedad injusta, y también es malo para la calidad del sistema. Un profesor que está cambiando continuamente no puede integrarse en un proyecto de centro. No he conseguido saber el numero de interinos que hay en España, pero calculo que debe estar alrededor del 20 % de los docentes. En Andalucía es el 26 %. Hay que acabar con eso, porque distorsiona todo el sistema".

Como ven, las propuestas de Marina merecen un análisis exhaustivo, porque, al fin y al cabo, ha demostrado un interés por la educación que no se encuentra a menudo. Marina se toma en serio la educación y busca soluciones que pasan por revalorizar la figura del profesor.

"Sólo nos acordamos de la educación ‒dice‒, como de Santa Bárbara, cuando truena. ¿Se han dado cuenta de que nunca aparece la educación entre las preocupaciones de los españoles, en las encuestas del CIS? Si consiguiéramos que apareciera en el primer lugar durante seis meses, los políticos correrían a arreglarla. (...) Lo importante es reconocer y premiar la labor de los docentes que se esfuerzan más. Y eso se pude hacer mediante ascensos en la carrera docente (que es una parte importante del Libro Blanco) Por ejemplo, el ser formador de docentes podría ser la cima de esa carrera. Llevaría aparejada la posibilidad de hacer cursos de mejora, visitar escuelas en otros países, etc. El incentivo económico es uno mas. Y por supuesto, tiene que ir acompañado todo de procesos transparentes, objetivos e imparciales de evaluación. Pero eso se sabe como hacerlo".

Es casi un milagro encontrarte con semejante enfoque en este país. Así que antes de desconfiar del trabajo de José Antonio Marina, desconfiemos mejor de quienes no quieren que nada cambie, de quienes se preocupan solo de no perder su estatus, y de quienes quieren seguir utilizando la educación como un arma de manipulación política.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

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Sitio Web: www.juliaalquezar.com/

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