Escuelas de nuestros padres

Escuelas de nuestros padres Imagen superior: Lucélia Ribeiro, CC

Aunque el aulismo es la seña de identidad de las escuelas, al menos en España, a veces se producen interesantes cruces de opiniones con algunos colegas. Casi siempre de manera informal. En los pasillos, en el café, en las salas de profesores.

Los órganos de coordinación docente o los colegiados nunca deparan buenos momentos de diálogo o debate.  Son meras estructuras burocráticas a las que no se les saca partido alguno. En todo caso, cumplir un expediente de eficacia dudosa, para contentar a las administraciones educativas que son las más napoleónicas del mundo.

Las verdaderas discusiones, las más interesantes, son siempre de carácter informal y, por ello mismo, se quedan en nada. Un azucarillo que se disuelve en una taza de té verde. Pero existen. Comentaba yo el otro día con algunos compañeros de claustro lo antiguo que se ha quedado todo el utillaje de la escuela. Cuando hablo de escuela me refiero, naturalmente, a un concepto general que engloba tanto a los colegios de infantil, como a los colegios de primaria o a los institutos y politécnicos. De la enseñanza universitaria mejor no comentamos o lo dejamos para otro día con más tiempo.

La antigüedad a la que me refiero es tanto de utillaje material como metodológico y mental.

Cuando se produjo la revolución tecnológica que afectó a la forma de relacionarnos y comunicarnos (véanse redes sociales, móviles y correos electrónicos, en orden inverso a como los escribo), los centros educativos decidieron que eso era malo para las mentes en formación y convinieron todos en prohibir cualquier adminículo que distrajera a los niños de sus excelsas ocupaciones. Nunca he entendido cómo los profesores no nos dimos cuenta de que estábamos dejando pasar una oportunidad de oro para convertirnos en aliados de la sociedad y no en sus contrarios.

Debería haber sido la escuela la pionera en el uso de todos estos inventos, como solía ocurrir antes, cuando arrastraba a la sociedad en su penoso caminar para hacerla más libre y más sabia.

Una vez que los profesores y los centros educativos hemos asumido lo poco que pintamos en el concierto del saber, arrumbados los conocimientos por la inevitable marea tecnológica que lo pone todo al alcance de la mano, no hemos encontrado el elemento distintivo, la marca, que asegure la pervivencia de nuestro trabajo en un clima de excelencia. Y ese elemento existe, desde luego, y no es otro que la calidad, la utilidad de hacer que los niños distingan, entre la selva de saberes y usos, lo que es bueno, cierto y necesario para desenvolverse en la sociedad y con respecto a ellos mismos.

Sin embargo, lejos de asumir ese papel innovador que a la escuela debería corresponder por esencia, nos hemos atrincherado en nuestra postura jeremíaca de añorar el pasado. Ay, esos años en los que todos venían a la escuela a aprender. Ay, ese silencio sepulcral en las clases. Ay, esos niños educados que se levantaban al entrar el maestro. Ay, esos padres que daban siempre la razón al maestro.

Esta muestra es solo la espuma superficial de nuestra continua queja, de la añoranza de un tiempo que nunca volverá. Ansiamos la escuela de nuestros padres, la escuela antigua, estructurada en torno a verdades sólidas, a saberes inamovibles y a libros que pasaban de generación en generación. Una escuela en la que todos los niños de una familia leían y estudiaban con los mismos libros. Las mismas enciclopedias, diccionarios, textos de consulta, libros de lectura.

Seamos claros y francos. Mirémonos a nosotros mismos. La escuela está anticuada. Sálvese quien pueda. Pero, en general, la escuela no ha entendido que los tiempos han cambiado, que el mundo exterior es otro muy distinto al que antes veíamos por las ventanas, y que las horas transcurren a una velocidad inusitada.

La asignatura pendiente sigue siendo la misma: enseñar a pensar. O, quizá, lograr que se ame el saber. Tal vez, contribuir a crear personas libres y altruistas. Puede que el caso esté en generar mentes originales. O en fomentar creativos. O en desarrollar el deseo de inventar. O en promocionar la ciencia. En todo caso, la sociedad no pide de nosotros que nos sentemos a esperar que esto pase. Más bien lo contrario.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos. 

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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