Doble jornada

Doble jornada Imagen superior: Tim Pierce, CC

Más que el debate deberes sí, deberes no, lo que parece más llamativo a la hora de ver la distribución del tiempo de nuestros escolares es la conciencia de una evidente sobrecarga que ocasiona una doble jornada laboral que pocos adultas soportarían.

Así es. Las mañanas, ocupadas en el colegio. En las edades más tempranas ahí están, además, las aulas matinales, que mantienen a los niños desde las siete de la mañana para que los padres puedan ir a trabajar. Luego, las clases ordinarias, el comedor escolar y, por la tarde, las actividades extraescolares. Esto cuando se trata de centros con jornada intensiva.

Cuando la jornada es doble hay que añadirle, otra vez, clases por la tarde. A continuación deportes varios, música (las enseñanzas musicales son muy exigentes y los alumnos deben no solo asistir a clase sino estudiar a fondo), danza, informática, idiomas.

A ello se le añaden las clases particulares para hacer los deberes, preparar exámenes o recuperación, bien con academias o con profesores en casa. En determinados alumnos y edades hay que incluir las clases de catequesis para la Primera Comunión o la Confirmación.

Nos situamos así en una franja horaria cercana a las ocho de la noche. Más de doce horas de actividad. La extensión de la escolaridad hasta los cero años nos sitúa en un panorama en el que los niños están en la institución escolar durante, al menos, dieciocho años antes de llegar a la universidad. Y muchos de estos años haciendo doble jornada. No sé yo si habría que darle una vuelta a todo esto antes de reivindicar que desaparezcan los deberes.

Parece razonable que el niño complete su formación reglada con alguna otra actividad que responda a sus intereses y sus aptitudes. Lo que no está tan claro es que eso le tenga que suponer una esclavitud de la que no pocas veces quiere escaparse. El espectáculo de padres y madres recorriendo de un lado a otro la ciudad constantemente para llevar y traer a los hijos a hacer tal o cual actividad es tan recurrente como cotidiano.

Dado lo anterior, resulta milagroso que el chaval encuentre horas para leer los libros que le gustan, para llevar un diario o para aburrirse sencillamente. Si a esto le añadimos la ansiedad que les provoca a muchos de ellos la hiperconectividad con los móviles o tablets, la patología del estrés estudiantil estaría totalmente explicada. Cómo no, diríamos. Lo raro sería lo contrario.

Teniendo en cuenta lo anterior no es de extrañar que muchos padres se quejen de lo excesivos que pueden resultarles a sus hijos los deberes. Encajarlos en ese horario tan lleno de compromisos puede resultar imposible. Y, sobre todo, lograr que el alumno se encuentre en disposición de dedicar más esfuerzos a los aspectos curriculares entre la vorágine de tareas por hacer, que empiezan siendo algo lúdico y acaban en obligaciones, es un empeño titánico.

Racionalizar los horarios de los estudiantes debería ser una exigencia previa para todos. Y exigiría, como todo lo que atañe a los niños y jóvenes que están sujetos a entornos variados y a fuentes educativas diversas, un acuerdo y una reflexión conjuntos. Tendría que comenzar porque cada cual asumiera sus responsabilidades y porque las líneas educativas condujeran a la misma meta.

No parece, de momento, que esto pueda llegar a ser una realidad. De manera que el cansancio de los alumnos, el estrés escolar, la presión de tener que llevar para delante aprendizajes diversos, está ocasionando, en gran medida, la pérdida del gusto por saber. En un paisaje tan vertiginoso, pararse y aprender con sosiego puede ser, no ya un lujo, sino una entelequia.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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