Una historia escamosa

Una historia escamosa Imagen superior: placodas en embriones de lagarto, cocodrilo y serpiente (UNIGE, Tzika, Nicholas Di-Poï, Michael C. Milinkovitch).

El trabajo de los científicos es muy similar al de los detectives de las novelas o la televisión. Decirlo es un lugar común, pero no deja de ser cierto.

Una noticia que circuló a mediados de 2016 en diarios y redes es un magnífico ejemplo. Un investigador en Suiza acababa de resolver un viejo enigma: ¿en qué se parecen –evolutivamente hablando– las escamas, las plumas y el pelo?

Para entender por qué es una pregunta interesante, hay que recordar que ya desde tiempos de Aristóteles, hace más de dos mil 300 años, se usaban las características físicas de los seres vivos para clasificarlos, y por tanto entenderlos. Los reptiles tienen escamas; las aves, plumas. El pelo, por su parte, es exclusivo de los mamíferos, como nosotros: de hecho, es su “característica definitoria”.

Para un moderno biólogo evolutivo, sin embargo, no basta con describir y clasificar a los seres vivos: quiere además conocer su historia, de dónde vienen y qué relación tienen con los demás seres vivos. Los biólogos evolutivos son los historiadores de la biología.

Pues bien: gracias a estudios embriológicos, anatómicos y genéticos se sabe que tanto el pelo como las plumas se comienzan a formar durante el desarrollo de los embriones de aves y mamíferos a partir de pequeños puntitos conocidos como placodas: ligeros engrosamientos de la piel que posteriormente darán origen a los folículos plumosos (sí: así se llaman) o pilosos. Pero jamás se habían detectado estas placodas en reptiles. De modo que, a pesar de que pelos y plumas están hechos de la misma proteína –queratina– y de otras similitudes, se pensaba habían evolucionado independientemente de las escamas, cada uno por su lado.

Michel Milinkovitch, de la Universidad de Ginebra, en Suiza, no estudiaba la relación evolutiva entre pelo, plumas y escamas. Más bien, trataba de entender los factores bioquímicos y genéticos que controlan la formación de escamas en reptiles. Como modelo usaba al llamado “dragón barbado”, del que se han logrado obtener mutantes que nacen sin escamas. Al analizar la causa de esto, halló que se debía a una alteración de un gen específico, llamado EDA (ectodisplasina A).

Con sorpresa, al consultar las bases de datos, halló que EDA ya era conocido por ser un gen indispensable para la formación de las placodas que dan origen a las plumas en aves y al pelo en mamíferos. ¡El mismo gen!

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Imagen superior: placodas en mamíferos, reptiles y aves (UNIGE, Tzika, Nicholas Di-Poï, Michael C. Milinkovitch).

Siguiendo esta pista, Milinkovitch logró descubrir que, pese a jamás haberse observado, también en los embriones de reptiles (cocodrilos del Nilo, dragones barbados y serpientes del maíz) se formaban placodas, y que éstas daban origen a las escamas. El problema es que se forman y desaparecen en cuestión de horas, y en sitios irregulares: para observarlas hay que buscar en el lugar y el momento exactos.

Así, un estudio embriológico acabó resolviendo un enigma evolutivo.

Indiscutiblemente, reptiles, aves y mamíferos comparten un antepasado común cuyos embriones tenían placodas. Y quizá el hallazgo, publicado el 24 de junio de 2016  en la revista Science Advances, tenga aplicaciones médicas: el gen EDA está implicado en ciertas alteraciones de la piel humana como la enfermedad llamada displasia ectodérmica hipohidrótica, que provoca falta de pelo y vello y anormalidades en las glándulas sudoríparas, dientes y uñas.

Los científicos son como detectives. Solo que muchas veces no hallan lo que estaban buscando, sino otras cosas inesperadas y quizá más interesantes.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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