Tiburón: la leyenda de un depredador en peligro de extinción

Tiburón: la leyenda de un depredador en peligro de extinción "Great White Shark" (2013), de Steve McNicholas © Yes/No Productions, Liquid Pictures 3D y Giant Screen Films.

La vida para el ser humano ha empezado en el mar y muchas veces ha acabado en él. En el imaginario de multitud de civilizaciones antiguas, el agua es símbolo del origen de la vida, pero también un lugar lleno de peligros.

Muchos pueblos (egipcios, griegos, fenicios) han prosperado gracias a ríos y mares, han unido a ellos sus destinos y así lo plasmaron en sus cultos y ritos. Veneraban su capacidad de fecundidad y fertilidad, y temían su poder destructor, así como los peligros que albergaban. La mitología griega, por ejemplo, está llena de criaturas monstruosas ligadas al mar, como Escila y Caribdis, que atormentaron a Ulises en su viaje de regreso a Ítaca.

"Watson and the Shark" (1778), de John Singleton Copley

Esos monstruos del mar han poblado la literatura hasta nuestros días. En el siglo XIX, Julio Verne eligió como villano a un calamar gigante en su novela Veinte mil leguas de viaje submarino, inspirado por el Kraken, una bestia de la mitología nórdica, y Melville narró la historia de la obsesión del capitán Ahab por cazar a un cachalote gigante, Moby Dick. En el siglo XX, nuestra fascinación por las criaturas que pueblan los océanos no cesó, pero nuestra relación con el mar cambió, pues lo hemos convertido en un lugar de ocio masivo, sinónimo de turismo, diversión y todo tipo de actividades lucrativas. Nuestro país es un buen ejemplo de ello. Igual que las playas de Florida y los océanos de Australia.

Evidentemente, cuando ponemos un pie en el mar, nos adentramos en un nuevo ecosistema, con su propio equilibrio. La mayoría de la sociedad ha aceptado la parte positiva de ese ecosistema: un mar tranquilo, lleno de criaturas bondadosas, que pueden protagonizar películas de Disney, y donde ser testigo de maravillosas puestas de sol o donde practicar actividades deportivas como el buceo. Sin embargo, al contrario que las civilizaciones antiguas, una parte nuestra sociedad no parece asumir los riesgos que conlleva el disfrute del mar. Y si hay un símbolo que recoja todos nuestros temores a lo que se esconde bajo el agua es el tiburón.

Aunque el miedo a los tiburones ha existido siempre, y las historias de ataques a náufragos se contaban entre militares y marineros, quien tomó el testigo de Verne y Melville para contar una historia sobre un terrible monstruo marino fue, como todos los lectores anticiparán, Steven Spielberg, con su película Tiburón, basada en la novela del mismo nombre de Peter Benchley.

Curiosamente, la criatura no aparecía hasta el final de la película. Durante la mayor parte de la historia, era el espectador quien debía imaginar lo que ocurría y la forma de aquel monstruo sin piedad, devorador de hombres, niños y perros.

Ahí reside precisamente la clave del éxito del film: la imaginación del hombre da forma a monstruos mucho más terribles que cualquiera que se pueda crear mediante efectos especiales. En realidad, esa es la regla básica también de la literatura fantástica, dar suficiente alimento a la imaginación del lector sin llegar a saturarla.

Curiosamente, la leyenda de Hollywood, alimentada por parte del equipo de producción, cuenta que Spielberg no rodó Tiburón con el animal ausente por cuestiones creativas, sino más bien por dificultades técnicas. Rodar en el agua era tremendamente difícil: el tiburón mecánico que construyeron no parecía suficientemente verosímil y constantemente se estropeaba.

El director artístico Joe Alves revisa la carcasa animatrónica del tiburón, meses antes del rodaje.

La verdad es algo diferente. Lo cierto es que la criatura construida por Bob Mattey –el creador del pulpo gigante de 20.000 leguas de viaje submarino– era un prodigio de la animatrónica, que abrió el camino en esta especialidad técnica. Se diseñaron tres modelos, supervisados por Kevin Pike, y hubo que sustituir los dispositivos eléctricos por otros neumáticos, con el fin de que el agua salada no afectase a su funcionamiento. Mientras se realizaban las mejoras de este novedoso artefacto, el rodaje tuvo que centrarse en otros asuntos. El propio Spielberg se encargó de subrayar este detalle diciendo "Creo que hubiéramos conseguido la mitad de la recaudación si el tiburón hubiese funcionado". Con el tiempo, gracias a las declaraciones del director de fotografía Michael Chapman y de otros integrantes del equipo, se ha ido sabiendo la verdad: al parecer, si nos fiamos de una parte del story board, el tiburón siempre fue una presencia invisible en escenas como el ataque inicial, y por otro lado, el animatrónico funcionó mucho mejor de lo que se dice. La prueba es que aún resulta aterrador visto en pantalla.

En todo caso, lo que importa es el resultado. En lugar de visualizar una criatura terrible, el espectador veía a una jovencita gritar desesperada mientras algo siniestro la agarraba desde las profundidades y la agitaba de un lado a otro, sin que sus esfuerzos por agarrarse a una boya resultaran fructíferos, o bien, en la batalla final, veíamos bidones, supuestamente clavados al tiburón, que se acercaban amenazadores al Orca, el barco donde viajaban los héroes de la historia.

El siglo XX fue la época de las masas. El espectáculo era masivo y el ocio también. La película Tiburón llegó a millones de personas, y por tanto tuvo una repercusión mayor que cualquier otra historia de terror en el mar. Y eso ocurrió al mismo tiempo que las vacaciones junto al mar se convertían en la recompensa con la que todo trabajador quería culminar su año laboral. Era inevitable que cuantas más personas se acercaran al mar, bucearan en aguas más profundas o se lanzaran a hacer surf, más encuentros desafortunados con los tiburones tuvieran. Cuestión de probabilidades. Y el mito del tiburón como devorador de hombres crecería por sí solo. Era y es el villano perfecto.

Evidentemente, decir que un animal es un villano es simplemente una estupidez. Ese tipo de juicios nacen de nuestra tendencia natural a atribuir cualidades humanas a los animales. Por ejemplo: en la categoría de animales “simpáticos” podríamos poner a los delfines, a los koalas, a los osos panda, a los chimpancés y a los elefantes. Sin embargo, todos esos animales se rigen por sus propias conductas que nada tienen que ver con la ética humana. Y de hecho, los elefantes son animales tremendamente territoriales que no dudarán en atacar a un ser humano.

En definitiva, el único juicio valioso sobre los animales que el ser humano puede, y debe, tener en cuenta es el papel que desempeñan en su ecosistema. Y los tiburones, como los grandes depredadores, no solo no son perjudiciales, sino que son vitales para mantener la buena salud y el equilibrio de los ecosistemas oceánicos. Es decir, en el océano tan importantes son los corales o las estrellas de mar, como un gran tiburón blanco.

Algunos astrofísicos califican la Tierra como el «planeta ricitos de oro».  No se equivocan, el término viene del cuento de Ricitos de oro y los tres osos; es una referencia popular con la que se quiere resumir el extraordinario y fragilísimo equilibrio de elementos que se da en la Tierra, y que es exactamente el que permite la existencia del ser humano. Este razonamiento conduce a otro tipo de consideraciones, como el principio antrópico, que se alejan del tema de nuestro artículo. Ahora bien, es importante que en la sociedad cale la idea de que nuestra supervivencia como especie depende de una especialísima combinación de factores que se dan, al menos que nosotros sepamos, única y exclusivamente en este planeta.

La ruptura de ese equilibrio, la eliminación de alguno de esos factores, ya sea en la atmósfera, en la superficie de la Tierra, o en los océanos puede alterar esa particularísima combinación de fuerzas que hacen posible la diversidad de ecosistemas en nuestro planeta y la vida humana.

Permítanme poner un ejemplo. Si les digo que piensen en un conejo, pensarán en un animalejo simpático, inofensivo, e incluso es posible que alguno de ustedes lo tenga como mascota y se niegue a considerarlo un alimento. Y es cierto, en un ecosistema como el de nuestro país, con los depredadores adecuados que mantengan a raya su población, los conejos son inofensivos. Sus hábitos reproductivos son una forma de contrarrestar el hecho de que sea la presa habitual de numerosos depredadores, desde las aves rapaces a los mamíferos terrestres, como los lobos. Sin embargo, los conejos fueron los protagonistas de una auténtica pesadilla ecológica en Australia, sin precedentes hasta ese momento.

En el siglo XIX, el terrateniente Thomas Austin encargó que le llevaran dos docenas desde Europa para poder cazarlos. El problema surgió cuando los conejos empezaron a reproducirse a ritmo vertiginoso sin encontrar ningún depredador natural en el particular ecosistema de Australia que controlara su población. Así, una especie inocua en Europa se convirtió en una plaga casi bíblica que suponía un serio peligro para la existencia de las especies vegetales y animales autóctonas. Tuvo que combatirse mediante la suelta de zorros, la instalación de alambradas kilométricas a través de todo el país e incluso con la inoculación de virus y enfermedades infecciosas entre los conejos. En todo caso, el desastre ecológico ya se había producido, y se convirtió en un ejemplo paradigmático de lo fácil que resulta destruir el equilibrio de un ecosistema.

Por ello no podemos permitirnos, como especie, la ignorancia de considerar a un tiburón un villano de la naturaleza. Digámoslo alto y claro: los tiburones no suponen un peligro para los seres humanos. Si nos encontramos con ellos es porque entramos en su hábitat. Y pese al creciente número de personas que realiza actividades recreativas en el mar, el número de ataques y de muertes es ínfimo.

La mayoría de tiburones se sienten mucho más atraídos por la sangre de los peces que por la de los mamíferos; algunas especies, como el tiburón ballena, se alimentan de plancton; otras, de peces más pequeños, de mamíferos marinos o de otros tiburones, pero no de seres humanos. Si hacemos un repaso a algunas historias de ataques, normalmente se produce un único mordisco, y la muerte sobreviene por la pérdida de sangre y la tardanza en atender a la víctima. Cuando alguien cae al mar, el peligro más inminente es la muerte por hipotermia. En ese caso, tanto los tiburones como otras especies de peces actúan como carroñeros.

Imagen del documental "Planet Earth" © BBC.

Llegados a este punto, supongo que muchos se estarán preguntando exactamente de cuántos ataques y muertes estamos hablamos. Bien, tenemos datos absolutamente fiables de los ataques de tiburones a humanos gracias al International SharkAttack File, una base de datos a nivel mundial que se puso en marcha para registrar los ataques a soldados durante la Segunda Guerra Mundial y que incluye información privilegiada de más de 4.000 ataques.

Aunque el acceso a esta base de datos está restringido a los expertos, muchas otras organizaciones que luchan por preservar la vida submarina se encargan de divulgar los resultados. Una de esas organizaciones es Oceana que, fundada en 2001, es la mayor organización internacional que se centra únicamente en la conservación de los océanos.

En su página web encontramos los siguientes datos: de las 500 especies que, aproximadamente, existen en el mundo, solo 12 se considerarían potencialmente peligrosas para el ser humano; de esas 12, el tiburón blanco, el tigre y el tiburón toro son responsables de más de la mitad de los ataques.

Entre 2006 y 2010, tan solo se produjeron 4,2 ataques con resultado mortal cada año a nivel mundial. Durante ese mismo periodo, en Estados Unidos, se produjeron 176 ataques, pero solo 3 fueron mortales: 1 en Florida (donde se registraron 110 ataques), y 2 en California, donde hubo 14 ataques.

¿Cuál es, por tanto, el verdadero riesgo de que un estadounidense sufra un ataque de tiburón? Bien, si tenemos en cuenta que más de 200 millones de personas visitan las playas de Estados Unidos cada año, el número de ataques de tiburón es increíblemente pequeño. De esos millones de bañistas, unos 36 sufren el ataque de un tiburón, mientras que 30.000 deben ser rescatados por algún accidente de surf.

"Océanos" © Vértice Cine y Galatée Films.

Si estos datos no les parecen suficientemente concluyentes, la página de Oceana ofrece todavía más, absolutamente reveladores. En la playa, el riesgo de muerte por ahogamiento, heridas u otras circunstancias relacionadas con la playa es de 1 entre 2 millones; el riesgo de ataque de tiburón es de 1 entre 11,5 millones, y el de muerte por ataque de tiburón es de 0 entre 264.1 millones.

¿Y si lo planteamos al revés? Déjenme hacer de abogada del supuesto diablo: según los datos del International SharkAttack File, por cada ser humano que ha muerto víctima de un ataque de tiburón, los seres humanos han matado aproximadamente 25 millones de tiburones. Son cifras tan exageradas que marean, pero la conclusión es muy simple: los ataques de tiburón no deberían ser una preocupación inmediata para el ser humano. Es más fácil que te parta un rayo. Y nadie se queda en casa los días de tormenta.

La realidad es que la caza indiscriminada de tiburones, amparada en su mala reputación, es un negocio tremendamente lucrativo y, desde los años 70, especies que llevan millones de años en el planeta han sufrido una persecución que ha llevado a situar a varios tiburones en la lista de animales protegidos, a solo un paso de los animales en extinción. Y el gran tiburón blanco ha sido uno de los mayores perjudicados. Sus mandíbulas son piezas muy codiciadas por coleccionistas en el mercado negro. Además, el cartílago de estos animales se utiliza en algunos países como tratamiento contra el cáncer en terapias alternativas o como afrodisíacos; y la aleta de tiburón es también muy popular en la cocina de varios países asiáticos.

Las fotos de los montones de aletas cortadas apiladas ilustran la brutalidad en la que el ser humano puede llegar a caer, y te hacen preguntarte quién es el villano de este cuento. La situación ha llegado a tal extremo que numerosos países han intentado en los últimos años poner límites a la pesca de tiburones, los miembros de la Unión Europea entre ellos.

Después de la película Tiburón, con el cambio de siglo, la reputación de los tiburones mejoró gracias al trabajo de educación de los científicos (el propio autor de la novela que inspiró la película de Spielberg se convirtió en un acérrimo defensor de los tiburones, y del gran blanco en particular). Ahora bien, llegó el verano de 2001, y en Estados Unidos las redacciones de algunos medios de comunicación andaban flojas de noticias. No había juicios de famosos, como el de O.J. Simpson, que cubrir, ni ningún escándalo político, pero eso no fue óbice para que los tabloides sensacionalistas y otros medios televisivos considerados más serios se lanzaran a un frenesí amarillista y crearan todo un fenómeno social al que llamaron «Verano del tiburón».

Todo empezó el 6 de julio de 2001, cuando un tiburón toro mordió a un niño de 8 años en aguas poco profundas, en Langdon Beach, en la isla de Santa Rosa, Florida. El animal, de unos dos metros, arrancó el brazo al niño, y mientras lo evacuaban, el tío de la víctima arrastró al tiburón fuera del agua y consiguió recuperar la extremidad de su sobrino.

La víctima fue trasladada al hospital con una grave pérdida de sangre. Allí lo estabilizaron y volvieron a implantarle el brazo. El ataque y la posterior recuperación del niño fue objeto de una cobertura exhaustiva. Pero para construir una historia que vendiera mejor, se necesitaba otro capítulo, y los medios no tardaron en encontrar más carnaza: inmediatamente después de ese ataque se produjo otro en Las Bahamas, cuando un neoyorquino que pasaba allí las vacaciones perdió una pierna por otro tiburón. Este ataque nada tenía que ver con el del niño, pero aun así, ambos se relacionaron. El 15 de julio tuvo lugar un tercer ataque a un surfista, a unos 10 km del lugar donde se había producido el primer incidente.

Durante los siguientes días, la cobertura pasó de exhaustiva a copar las 24 horas de algunos canales; todos los informativos de los principales medios abrían con imágenes aéreas de grupos de tiburones en Florida que repetían en bucle.

Por supuesto, nadie mencionó que esa acumulación de escualos se debía a su migración natural, que se repetía cada año.

La emisión repetida de las mismas imágenes y de las tres historias hizo que se llegara a hablar de «una epidemia de tiburones en las costas de Estados Unidos»; inmediatamente, asociaciones de ciudadanos y políticos empezaron a reclamar medidas para promover la seguridad de los bañistas.

Por último, en los tres primeros días de septiembre se produjeron dos ataques mortales más, uno en Virginia y otro en Carolina del Norte. Nos encontrábamos ante un auténtico fenómeno nacional que incluso consiguió ser portada de la revista Time ese verano.

Ahora bien, el «Verano del tiburón» llegó a su fin cuando la realidad estropeó aquella buena historia. Los ataques del 11-S contra las Torres Gemelas en Nueva York, el Pentágono y el avión que se estrelló en Pennsylvania borraron del mapa cualquier interés por los tiburones y sus ataques. Aun así, la cobertura del Verano del tiburón fue la tercera noticia más importante de 2001.

"Great White Shark" © Yes/No Productions, Liquid Pictures 3D y Giant Screen Films.

Llega ahora el momento de comprobar con datos si realmente existió tal noticia. Vayamos a las estadísticas de nuevo. En 2001, hubo 76 ataques de tiburón, mientras que en el año 2000, cuando no se realizó ninguna cobertura especial, se registraron 85. Y más aún, mientras que en 2001 murieron cinco personas por ataques de tiburón, el año anterior, fallecieron 12.

En definitiva, ningún hecho científico, excepto el sensacionalismo y la ignorancia justificaban aquella cobertura desmedida y sesgada que hizo creer a la población que corría un riesgo excepcional cuando no era así.

Es una auténtica ironía macabra que solo una tragedia absolutamente real y de proporciones extraordinarias consiguiera detener ese ataque de psicosis colectiva. Desde entonces, el fenómeno mediático del Verano del tiburón se ha convertido en un ejemplo extremo de lo que el sensacionalismo pueden llegar a hacer para conseguir buenas audiencias y de la influencia destructiva que puede tener en una población. Y yo añadiría también del poder que se consigue en la sociedad mediante el miedo. 

No obstante, si bien parece que los medios se han dedicado a otros menesteres los últimos años, la pesca de tiburones no se ha detenido. Y en estos primeros años del siglo XXI, pese a avances en la legislación, la población de tiburones ha seguido decayendo porque su pesca sigue siendo, como explicaba antes, un lucrativo negocio. Y sobre todo, un gobierno que “lucha” contra los tiburones parece sinónimo de un gobierno que protege la industria turística de su país. Al menos eso es lo que parece pensar el Gobierno del Estado de Australia Occidental, que, tal y como se recogía en la noticia aparecida en El País del 16 de abril de este mismo año, ha decidido dar vía libre a la pesca indiscriminada de tiburones para proteger a los visitantes de sus playas.

"Great White Shark" © Yes/No Productions, Liquid Pictures 3D y Giant Screen Films.

No puede ignorarse que las aguas que rodean Australia son algunas de las más peligrosas del mundo, porque son lugar de paso de tiburones, ballenas y delfines durante sus migraciones anuales. Además de eso hay medusas mortíferas, y multitud de animales que pican, muerden y atacan. La paradoja es que precisamente esa diversidad con la que se quiere acabar es la que hace de las aguas de Australia el lugar único en el mundo que atrae a aficionados y profesionales del surf de todo el mundo, a buceadores, y a amantes de la vida marina. De hecho, estos mismos surfistas y quienes se adentran habitualmente en el mar aceptan los peligros que corren como una parte más de la experiencia. 

En este caso, sí que cierto que en los últimos 20 años los ataques han aumentado: han pasado de 6,5 agresiones al año durante la década de los noventa hasta 15 entre 2000 y 2010. Los científicos atribuyen ese aumento a que hay más gente que practica actividades en el agua, es decir, a que más personas entran en un ecosistema donde tienen posibilidades de encontrarse con grandes depredadores.

Sin embargo, Colin Barnett, el primer ministro de Australia Occidental, no piensa lo mismo y, utilizando como motivo las siete agresiones mortales que se han producido en los últimos tres años, ha dado vía libre a la pesca de tiburones tigre, tiburones blancos y tiburones toro, que en la propia Australia están clasificadas como especies vulnerables, a un paso de considerarse en peligro de extinción.

Los detractores de esta medida se han movilizado y han conseguido mucho apoyo popular: hasta 6.000 personas han tomado las playas de Perth. Durante los meses de enero a abril, pese a todo, se instalaron 70 boyas con un cebo clavado a un arpón para atraer a los tiburones, y además los pescadores tenían vía libre para sacrificar a los escualos que midieran más de tres metros.

En principio, la medida debía ser excepcional. Solo en ese tiempo quedaron atrapados en los arpones 110 tiburones, 14 murieron al momento, 31 fueron abatidos por pescadores que patrullaban la zona y el resto fueron liberados, pero se desconoce en qué condiciones. Ahora, Colin Barnett quiere extender la medida a los próximos tres años, lo que tendría unas consecuencias imprevisibles e irreparables para el ecosistema marino de la zona.

Actualmente, el Consejo de conservación de Australia Occidental ha abierto una campaña de recogida de firmas y apoyo en contra de la prolongación de la medida. Su director, Piers Verstegen, lamenta que no se hayan probado antes opciones no letales, como sistemas avanzados de detecciones de tiburones y campañas de información a los bañistas.

Asimismo, en su manifiesto recogen una serie de argumentos que rebaten la política de matanza indiscriminada promovida por el primer ministro. En primer lugar, califican la campaña como un fracaso, pues la mayoría de tiburones que se han capturado no eran de las tres especies que se perseguían, y el índice mortalidad entre esas otras presas ha sido muy alto. Esos arpones con cebo han acabado con la vida de animales como tortugas marinas, delfines y tiburones inofensivos, que, para más señas, están también protegidos por las leyes del país.

En el manifiesto se recalca también que los arpones cebados no aumentan en absoluto la seguridad de los bañistas, sino todo lo contrario, suponen un auténtico peligro de seguridad pública, y no hay evidencia alguna de que matar especies de tiburones protegidas suponga una disminución de los incidentes con humanos.

Por supuesto, recalcan la importancia de los grandes depredadores, que están en la cima de la cadena alimentaria, para preservar el valiosísimo ecosistema de la zona. Sin tiburones, afirman, no hay océanos.

Además, denuncian un conflicto de intereses y el despilfarro de dinero público que podría haberse utilizado para implantar otro tipo de sistemas que sí se han demostrado efectivos para prevenir ataques, como la detección precoz de animales en la zona, la educación de la comunidad, sistemas de alarmas avanzados que evitan la matanza indiscriminada de escualos, y de otras formas de vida marina, como las antes mencionadas.

"Great White Shark" © Yes/No Productions, Liquid Pictures 3D y Giant Screen Films.

Otra organización ecologista importante y que se ha hecho oír en esta serie de reivindicaciones es Sea Shepherd, cuyo director, Jeff Hansen, se atreve a dar las cifras que el Gobierno de la zona ha destinado a una campaña que, como ha quedado patente, no supone ninguna mejora para la seguridad de los seres humanos.

Según Hansen, en declaraciones recogidas en el artículo de El País citado más arriba, el Gobierno ha pagado 600.000 dólares (404.000 euros) a un solo pescador por recorrer las boyas durante cuatro meses y abatir a los escualos. Hansen se pregunta: «Le están pagando 5.700 dólares [casi 4.000 euros] al día. ¿Cuántos investigadores, cuántos vigilantes en las playas podrían pagar con ese dinero?»

Sin duda, la respuesta a esa pregunta deja patente lo dramático de la situación.

Sea Sheperd, sin embargo, sufrió un revés legal cuando presentó la cuestión ante el Tribunal Superior del país que dictaminó, ignorando todas las evidencias científicas, que las boyas no suponen un peligro para la supervivencia de la especie; pero de nuevo, como en el caso del tristemente célebre Verano del tiburón, nos damos de bruces con la realidad. Hansen sigue diciendo, en la misma línea que el Consejo de conservación de Australia Occidental, que un océano sin tiburones es un océano enfermo, pues los tiburones han determinado la evolución de todas las especies que están por debajo de ellos.

"Great White Shark" © Yes/No Productions, Liquid Pictures 3D y Giant Screen Films.

Hasta aquí los datos. Si los repasan, verán que hablan por sí solos. Por supuesto que un gran depredador es peligroso. Igual que lo es un león, un cocodrilo, un hipopótamo, un oso grizzly, y claro, un tiburón blanco. Ahora bien, si ocupamos sus ecosistemas, debemos aceptar el riesgo que asumimos, y, por supuesto, tomar todas las precauciones posibles, pero no podemos destruir un ecosistema para hacerlo más atractivo en una guía turística.

No es una cuestión de moral tan siquiera. No se trata ya de que los tiburones nos caigan simpáticos o no. A mí personalmente me parecen animales fascinantes, majestuosos y poderosos, pero nuestras valoraciones al respecto no tienen nada que ver. Evidentemente, preferiremos nadar con delfines que encontrarnos con un tiburón, pero como especie debemos proteger a toda costa los océanos, porque es imprescindible para la salud de todo el planeta Tierra.

Por supuesto, podría decirles aquello de qué planeta les van a dejar a sus hijos, pero hemos llegado a un punto en el que ya no son nuestros hijos quienes deben preocuparse, sino nosotros. Es simple: si queremos sobrevivir como especie, debemos respetar el equilibrio extremadamente preciso que permite nuestra existencia. Somos una afortunada y maravillosa coincidencia en un universo hostil. Cualquier otra actitud, y aquí permítanme que sea tajante, nos convierte a nosotros en una plaga que arrasa el terreno por donde pasa.

En esta ocasión, la unión de ciencia y humanidades se hace más necesaria que nunca. Ambas deben trabajar juntas: la primera, para proporcionar las pruebas y los mecanismos más adecuados para proteger a animales y seres humanos; y las segundas deben llevar a cabo un trabajo educativo en toda la sociedad que nos ayude a comprender la complejidad del mundo en que vivimos.

Ciencia y humanidades deben trabajar unidas para formar ciudadanos críticos, capaces de entender que las matanzas indiscriminadas nos convierten en bestias y que no se dejen llevar por el sensacionalismo destinado a llenar horas de televisión trufadas de anuncios. Y sobre todo, ciencia y humanidades deben trabajar unidas para que el ser humano comprenda de una vez que lo que más debe temer es el miedo en sí mismo.

Copyright del artículo © Julia Alquézar. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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