Presunto culpable: la historia de Oviraptor y los huevos fósiles

Presunto culpable: la historia de Oviraptor y los huevos fósiles La expedición del Museo de Historia Natural de Nueva York a Mongolia. 1923.

La paleobiología se compara en ocasiones con la investigación forense. En el estudio de la ecología de los organismos extintos, como en la reconstrucción de la escena de un crimen, es necesario deducir una serie de eventos a partir de evidencia indirecta. De la misma manera que la culpabilidad o inocencia de un acusado debe establecerse con base en la validez de las pruebas incriminatorias, los hábitos de vida de los animales extintos tienen que reconstruirse con la información fragmentaria que nos proporcionan los fósiles. Tanto en la actividad judicial como en la paleobiología los errores son comunes. La historia del dinosaurio Oviraptor es una muestra de cómo la evidencia circunstancial llevó a los paleobiólogos a “acusar” a este animal de un “crimen que no cometió.”

Nuestra historia comienza en 1923, durante la famosa expedición del Museo de Historia Natural de Nueva York al desierto de Gobi en Mongolia. El 13 de julio de ese año, uno de los técnicos del proyecto, George Olsen, descubrió uno de los fósiles que más contribuyeron a la ya de por sí extensa fama de la expedición a Mongolia: los primeros huevos de dinosaurio que se conocieron. Aunque en la literatura popular se atribuye el descubrimiento de los huevos a Roy Chapman Andrews, el líder de la expedición, el propio Andrews siempre fue muy claro en reconocer el papel de Olsen en el hallazgo.

Los huevos fosilizados hallados en 1923 en Mongolia

Los huevos fósiles descubiertos por Olsen son notables porque fueron encontrados en una disposición natural en lo que aparentemente era un nido. El estrato en el que fueron hallados los huevos corresponde con la formación Djadochta del Cretácico superior, con una antigüedad de entre 75 y 84 millones de años. Como una de las especies más comunes en esa formación es Protoceratops, un pequeño dinosaurio emparentado con el Triceratops, se pensó de inmediato que el nido había pertenecido a algún individuo, o pareja, de esa especie. Incluso existen ilustraciones detalladas que reconstruyen el fósil hallado por Olsen que muestran una pareja de Protoceratops cuidando con gran atención el nido.

 

"Protoceratops family", por Charles R. Knight

Junto con el nido se encontraron fósiles de otra especie de dinosaurio, un terópodo. Según la descripción original de Henry Fairfield Osborn, los restos de este animal estaban apenas cuatro pulgadas por encima de los huevos. Esto, en palabras del propio Osborn, “puso al animal bajo sospecha de haber sido sorprendido por una tormenta de arena justo en el acto de depredar sobre los huevos del nido. ” El supuesto depredador de huevos fue llamado Oviraptor philoceratops (algo así como “ladrón de huevos con afinidad por los de ceratops”).

El veredicto de Osborn fue aceptado por la comunidad de paleontólogos durante décadas, a pesar del carácter circunstancial de la evidencia, que por cierto el mismo Osborn reconoció en la misma publicación de 1924. A principios de los 1990s comenzaron a surgir dudas respecto a la asignación de los huevos a Protoceratops, mismas que fueron confirmadas en 1993 con el hallazgo de embriones de Oviraptor o de una especie emparentada en el interior de huevos tradicionalmente asignados a Protoceratops. Según los nuevos datos, la asignación de los huevos de Mongolia a Protoceratops era errónea, como la era la suposición de que Oviraptor era un depredador de huevos.

En 1995, Mark A. Norell y colaboradores anunciaron en Nature el descubrimiento de un dinosaurio emparentado con Oviraptor (posteriormente bautizado como Citipati). La reconstrucción del nuevo material mostró un animal posado sobre un nido en una posición asombrosamente similar a la de las aves modernas. Este hallazgo mostró que Oviraptor y sus parientes no eran “ladrones de huevos”, sino que por el contrario mostraban una conducta de cuidado de sus nidos. Además, la clara homología de la postura de Citipati con la de las aves añadía evidencia al parentesco entre los dinosaurios terópodos y las aves modernas. A la luz de la nueva evidencia, el Oviraptor descrito por Osborn había sido sorprendido por una tormenta de arena no en el acto de robar los huevos de otro dinosaurio, sino mientras “empollaba” los suyos propios.

Reconstrucción del nido de Citipati. Norell et al. 1995.

La evidencia reciente ha “reivindicado” a Oviraptor y sus parientes. Por supuesto, no es posible asignar valoraciones morales a las relaciones ecológicas, pero nuestra visión antropocéntrica nos hace pensar que la depredación de los huevos de otra especie es de alguna manera un comportamiento “malo” comparado con la acción de resguardar un nido y empollar los huevos. De todas maneras, la opinión que podamos tener de un Oviraptor no afecta en nada a estos dinosaurios extintos hace millones de años. Un caso muy diferente es cuando una persona es condenada por un crimen con base en evidencia circunstancial, en ocasiones tan endeble como la que se usó para “inculpar” a Oviraptor. Tal vez podríamos llamar a la historia de Oviraptor “la fábula del inocente ladrón de huevos”.

Referencias

Norell, M. A., Clark, J. M., Chiappe, L. M., Dashzeveg, D. 1995. A nesting dinosaur. Nature 378:774-776.

Osborn, H. F. 1924. Three new Theropoda, Protoceratops zone, Central Mongolia. American Museum Novitates 144:1-12.

Copyright del artículo © Héctor Arita. Publicado previamente en Mitología Natural con licencia CC. Reproducido íntegramente sin ánimo de lucro. Reservados todos los derechos.

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

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