Murciélagos: desconocidos visitantes nocturnos de las flores

Murciélagos: desconocidos visitantes nocturnos de las flores Imagen superior: Glossophaga commissarisi (Autora: Karin Schneeberger, CC)

Los murciélagos o quirópteros (Chiroptera, “mano alada” en latín) son los únicos mamíferos capaces de volar y forman uno de los grupos animales más diverso y

numeroso en especies —el segundo más grande, con casi 1 230, sólo precedido por los roedores. Contradictoriamente, no sabemos mucho sobre ellos y, en general, muy pocos conocen las funciones que desempeñan en el ambiente, sus características y su variada dieta.

Existen murciélagos que consumen insectos (insectívoros), frutos y a veces hojas (frugívoros), pequeños animales (carnívoros), peces (piscívoros), los que se alimentan de sangre (hematófagos) —y que en mucho colaboran a la mala fama en general de los murciélagos—, y aquellos que integran su dieta de esa agua azucarada que secretan las flores, el néctar (nectarívoros), aunque también pueden consumir el polen que hay en las flores.

En América, a los nectarívoros se les denominan murciélagos glosofaginos, y son nombrados así por Glossophaga —en latín, “que se alimenta con la lengua”—, el nombre científico de un género con muchas especies, muy comunes en Centro y Sudamérica, incluyendo México, cuyas características más notorias son el hocico, la lengua y la manera de volar, que en conjunto no sólo determinan su forma de alimentarse, sino también las relaciones que establecen con las plantas de las que extraen el néctar.

Los murciélagos tienen un hocico diferente según el alimento que consumen, y en el caso de los nectarívoros es alargado y delgado, el equivalente al pico de un colibrí; les es útil para poder hacerle camino a su cabeza al interior de la corola de la flor y así llegar al néctar que generalmente se encuentra en lo profundo, y tiene muy pocos dientes, lo que da cabida a una gran lengua, tanto que puede llegar a tener el tamaño del cuerpo del murciélago y, según Muchhala, hay una especie que la tiene tan larga (85 milímetros, 150% el largo del cuerpo) que parte de la misma se guarda en una clase de “forro” de tejido blando dentro de su pecho. En su punta se encuentran algunas papilas (como las que al humano le permiten saborear) en forma de vellos, que le ayudan a absorber el néctar cual esponja en cada movimiento de la lengua.

Haciendo una analogía, el hocico de los glosofaginos funcionaría como un popote que los deja alcanzar el fondo de un vaso largo en donde se encuentra el néctar; en medio del popote la lengua serviría como una tira elástica que baja por dentro rápidamente, con una esponja que se impregna del líquido antes de volver a subir.

En el colibrí el pico sería el popote, y dicha “similitud” se puede interpretar como producto de una “evolución convergente”, esto es, dos especies que poco tienen que ver, pero poseen características similares para resolver necesidades afines.

Para encontrar una flor de la cual alimentarse, los glosofaginos usan su visión nocturna —que, por cierto, es muy buena—, su olfato y su ecolocación, pero también pueden hallarlas usando señales visuales en el espectro ultravioleta y, de acuerdo con von Helversen y Winter, utilizan su ecolocación para distinguir cuando una flor tiene néctar (sería parecido a determinar si un vaso está vacío sólo con el eco que refleja al hablar cerca de él).

Una vez frente a la flor, los murciélagos pueden quedar suspendidos en el aire mientras se alimentan, al igual que los colibríes, lamiendo con su lengua el néctar muy rápidamente, demorando en cada visita menos de un segundo antes de pasar a otra flor —poco más de 300 milisegundos, según Tschapka y von Helversen.

Los glosofaginos tienen muy buena memoria y pueden recordar dónde se encuentra una determinada planta en floración y regresar a la misma en noches consecutivas, reconociendo el camino hacia la siguiente y así en sucesión, por grandes distancias en una sola noche (hasta cien kilómetros, de acuerdo con Horner y colaboradores). Esto origina frecuencias y patrones de visita a las flores muy reconocibles, que son “explotables” por las plantas para que los murciélagos polinicen varias de ellas, incluso si están muy separadas entre sí, lo cual constituye un factor clave en el ciclo de vida de las plantas que reciben la visita de los murciélagos.

Existen glosofaginos que pueden migrar grandes distancias en busca de sitios donde pasar los meses secos y fríos del año y en los cuales puedan tener a sus crías (las especies del género Leptonycteris viajan entre el desierto del norte y centro de México —en donde residen en otoño e invierno— y el sur de Estados Unidos). Para migrar siguen la floración de las especies que consumen en un área mayor (en el caso mencionado, los cactus columnares y los agaves), desplazamiento que beneficia el transporte de polen de las plantas en zonas donde las condiciones del ambiente son adversas y los polinizadores no son tan abundantes.

Estos murciélagos también se destacan por su poco peso (la mayoría no llega a treinta gramos, menos que algunos ratones), lo cual se piensa está asociado a sus necesidades energéticas; aun con ese peso, Voigt y colaboradores mencionan que tienen que consumir más de 150% de su peso en néctar por noche para mantener su calor corporal y sus funciones vitales. Sus necesidades de energía sobrepasan hasta en 60% las que tendría otro mamífero de un tamaño similar, y a la vez, es su talla la que propicia que tengan menor distribución que otros murciélagos, pues no pueden volar grandes distancias sin estar cerca de flores con néctar que consumir, por lo que, en su entorno tiene que haberlas en número considerable —característica que tiene implicaciones importantes en su conservación.

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Imagen superior: Lonchophylla robusta (Bathyporeia, CC)

Las plantas “afines”

Las flores de las plantas que reciben a los murciélagos tienen una serie de estrategias para atraerlos: se abren de noche, los pétalos tienen colores claros que contrastan con el cielo nocturno, su olor es un tanto almizclado (con compuestos de azufre), están al alcance de un animal que vuela (alejadas del follaje o de espinas y ramas) y, por supuesto, tienen mucho néctar (diluido y rico en azúcares llamadas hexosas).

A una planta con flores con dichas características se le considera con un síndrome floral para murciélagos llamado “quiropterofilia” (con afinidad a los murciélagos). Los síndromes florales son el conjunto de características que nos indican qué tipo de animal es el que poliniza a tal planta y es una guía útil para las investigaciones científicas sobre la polinización.

Las plantas necesitan la visita de los murciélagos para llevar a cabo la polinización y éstos son eficientes por acarrear el polen en su pelo a grandes distancias (lo hacen mejor que los colibríes en ese sentido). Esto ha ocasionado que a lo largo de muchas generaciones las plantas conserven las características que los atraen y, a su vez, que los glosofaginos se vuelvan más hábiles encontrando y cubriendo con estas plantas sus necesidades alimenticias, como es el caso de los murciélagos que migran siguiendo la floración de los cactus columnares y los agaves.

La polinización por murciélagos parece ser tan buena para las plantas que, según Fleming y colaboradores, en América cerca de 44 familias de plantas tienen especies polinizadas por éstos y la lista sigue creciendo al incrementarse los estudios en el tema.

Especies en peligro

En el Neotrópico (región biogeográfica donde se encuentra México), von Helversen y Winter indican que los murciélagos polinizan entre 800 y 1 000 especies de plantas. Muchas de éstas tienen importancia para el ser humano, como los cactus y agaves; en todo el mundo se conocen aproximadamente 450 plantas económicamente importantes que dependen de los murciélagos para reproducirse o dispersar sus semillas.

En México se encuentran doce especies de murciélagos nectarívoros y entre ellas algunas son endémicas, esto es, que sólo las hay en el país (como Glossophaga morenoi y Musonycteris harrisoni) y otras migratorias (como Leptonycteris nivalis y L. yerbabuenae).

Desafortunadamente, debido a que tienen una distribución restringida, con bajas poblaciones en algunos sitios, además de la pérdida de su hábitat y de las plantas de las que dependen para alimentarse, en la actualidad hay cuatro especies amenazadas o en peligro de extinción en la lista mexicana de especies en riesgo.

Gran parte de los problemas que tienen éstos y otros murciélagos es que los lugares donde habitan son transformados, de zonas arboladas naturales, a terrenos cultivados, perdiéndose importantes sitios de descanso y fuentes de alimento para ellos, además de que las cuevas donde duermen durante el día son perturbadas, sufren de vandalismo y se ven llenas de basura.

Lamentablemente, las personas tienden a confundir a todos los murciélagos con “vampiros” dañinos para el ganado y transmisores de enfermedades, diezmándolos cuando son benéficos para el hombre y el ambiente, como es el caso de los glosofaginos, e incluso de los verdaderos vampiros, que tienen una función ecológica —hoy día hay formas más efectivas, diseñadas por investigadores, para controlarlos.

Para protegerlos, posiblemente la acción más efectiva sea educar a las personas mediante la divulgación acerca de la existencia y la importancia de estos murciélagos glosofaginos, las diferencias con el resto de los murciélagos, y que esto conlleve a que la gente respete las cuevas y árboles en donde descansan durante el día y protejan los hábitats de estos animales y de las plantas que visitan.

Mucho queda por decir sobre éstos y los demás murciélagos que habitan en los distintos ambientes de la Tierra —la Antártida es el único continente sin ellos. Cada grupo tiene sus características propias que los hace valiosos para el ambiente y, potencialmente, para nosotros.

Aún se desconoce la importancia real que tienen los glosofaginos en nuestros procesos productivos (en qué medida su presencia en un lugar impacta la producción de nuestros cultivos) o la forma en que interactúan con el resto de plantas y animales en el ambiente. Ignoramos las repercusiones que traería para el medio natural la desaparición de ellos, y no podemos sino estimar que la cantidad de especies que se verían afectadas o desaparecerían por la ausencia de estos importantes animales serían muchas.

Los glosofaginos pueden servir de ejemplo para que nos cuestionemos todas las malas concepciones que tenemos sobre los murciélagos, el por qué de protegerlos, que logremos modificar nuestra visión de un grupo tan importante. No sólo las plantas pueden ser “quiropterófilas”, también nosotros.

Referencias bibliográficas

Altringham, John. 1996. Bats: Biology and Behaviour. Oxford University Press, Nueva York.

Fleming, Theodore, Cullen Geiselman y W. John Kress. 2009. “The evolution of bat pollination: a phylogenetic perspective”, en Annals of Botany, vol. 104, núm. 6. pp. 1017–1043.

Horner, M. A., T. H. Fleming y C. T Sahey,. 1998. “Foraging behavior and energetics of a nectar–feeding bat, Leptonycteris curasoae (Chiroptera: Phyllostomidae)”, en Journal of Zoology, vol. 244, núm. 4, pp. 575–586.

Muchhala, Nathan. 2006. “Nectar bat stows huge tongue in its rib cage”, en Nature, vol. 444, núm. 7. pp. 701–702.

Tschapka, Marco y Otto von Helversen. 2007. “Phenology, nectar production and visitation behaviour of bats on the flowers of the bromeliad Werauhia gladioliflora in a Costa Rican lowland rain forest”, en Journal of Tropical Ecology, vol. 23, núm. 4. pp. 385–395.

Voigt, Christian, Detlev Kelm y G. Henk Visser. 2006. “Field metabolic rates of phytophagous bats: do pollinator strategies of plants make of nectar– feeders spin faster?”, en Journal of Comparative Physiology B, vol. 176, núm. 3. pp. 213–222.

Von Helversen, Otto y Y. Winter. 2003. “8. Glossophagine Bats and Their Flowers: Costs and Benefits for Plants and Pollinators”, en Kunz, Thomas H. y M. Brock Fenton (eds.), Bat Ecology. The University of Chicago Press, Chicago.

Wilson, Don E. 2002. Murciélagos: Respuestas al Vuelo. (J. Galindo–González, trad.). Universidad Veracruzana, Xalapa.

Copyright del artículo © Pedro Adrián Aguilar Rodríguez. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Pedro Adrián Aguilar Rodríguez

Pedro Adrián Aguilar Rodríguez estudió en Facultad de Biología de la Universidad Veracruzana y se especializó en los quirópteros. Colaboró con el Dr. Antonio Guillen Servent, del INECOL, y la Dra. Cristina MacSwiney, expertos en murciélagos. Durante la maestría, investigó la polinización por murciélagos en dos especies de bromelias epífitas del géneroTillandsia(T. macropetalayT. heterophylla) en Tlalnelhuayocan, Veracruz. Actualmente, desempeña su labor en el Centro de Investigaciones Tropicales, de la Universidad Veracruzana.

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