Los paisajes del miedo

Los paisajes del miedo Lobo fotografiado por Jeremy Weber en Yellowstone (CC)

Setenta años después de haber sido exterminados de aquellos parajes, los lobos regresaron a Yellowstone en 1995. Fue gracias a un programa de repoblación; sin su depredador natural, los wapitíes –enormes ciervos cuyo tamaño sólo es superado por el alce— habían alcanzado una densidad de población que ponía en riesgo la estabilidad del ecosistema.

John Laundre, ecólogo de la Universidad Estatal de Nueva York, quería observar cómo se desarrollaban los acontecimientos a partir de ese momento.  En dos años, lo primero que detectó fue una diferencia de comportamiento en las crías de wapití: en las zonas en que nunca habían conocido a los lobos, estas brincaban con alegría por los pastos; ahora, en las áreas repobladas, habían recuperado ese ancestral comportamiento que era vivir pegadas al lomo de sus madres.

Laundre se sintió como quien experimenta una revelación: los lobos no sólo ejercían presión en el medio por acción directa –esto es, matando presas–. Su presencia, el olor en el aire, era suficiente para cambiar el comportamiento desinhibido de los cérvidos a un estado de terror permanente.

El ecólogo imaginó el mapa mental de los ciervos y lo llamó "paisaje del miedo": una percepción psicológica del medio en que había puntos calientes a los que las reacciones de estrés impedían acercarse, y lugares amables en los que las hormonas facilitaban la relajación. El miedo, por tanto, no era una emoción a corto plazo disparada por un peligro inminente; era una forma de estar en el mundo, algo que sólo se consideraba en los primates.

En estudios posteriores, realizados entre 2002 y 2006, se detectó que los ciervos se habían retirado a las regiones boscosas, donde escaseaba la comida pero aumentaban las opciones de salir airosos de los ataques de los lobos. El cambio de hábitat había reducido las reservas de energía de los wapitíes en un 25%, y este descenso rebajaba la secreción de progesterona, involucrada en el ciclo menstrual de las hembras, que ahora concebían menos cantidad de cervatillos; los wapitíes ya no podían perpetuar la especie en los niveles de años anteriores.

La población de wapitíes en Yellowstone ha bajado de los 19.000 individuos que había en los años 90 a los 6.000 que hay hoy en día. En comparación, los lobos apenas han matado ciervos para contribuir al control de población.

El paisaje del miedo, ese mapa mental, cambia las actitudes y condiciona el medio ambiente. Las presas ya no sólo tienen que reforzar necesidades de vigilancia que las obligan a dejar de lado otras como la reproducción, de manera que el control de la población es posible sin tener que matar, sino que ya no se alimentan en los mismos lugares ni de la misma manera, por lo que el desarrollo de la vegetación también cambia su curso.

Cacería en Yellowstone (Patrick Bell, CC)

Desde la llegada de los lobos, Yellowstone ha visto cómo aumentaba su población de álamos y sauces de manera considerable, al tiempo que los árboles más viejos han duplicado su tamaño ante la falta de ciervos que poden sus ramas más bajas. Todo lo cual ha servido de invitación para que aves y anfibios recuperen terrenos perdidos y continúen la transformación de la cadena alimenticia bajo las leyes naturales del caos.

Y todo por provocar el miedo de unos ciervos.

Los estudios basados en paisajes del miedo se han extendido a otras especies, demostrándose importantes cambios en sus comportamientos y en el hábitat: la presencia de tiburones ha disminuido la actividad de los dugongos en la costa oeste de Australia y aumentado la calidad de los pastos marinos. En experimentos controlados, los saltamontes aumentaban su ingesta de carbohidratos ante la presencia de arañas, ya que sus organismos exigían un mayor aporte de energía para tareas de vigilancia. Al mismo tiempo, la reducción de proteínas afectaba a su capacidad reproductiva pero también al paisaje, pues los saltamontes carbohidratados, según parece, no son tan buenos para compostar la tierra una vez muertos como lo son los cadáveres de saltamontes proteínicos, reduciéndose así la calidad del suelo, cuya rebaja de nutrientes altera toda la cadena alimenticia desde su mismísima base.

Lobo en Lamar Valley, Parque Nacional de Yellowstone. Autor: Jim Peaco (CC)

La materia en descomposición es transformada por microbios y sirve de nutriente a gusanos y otros insectos que alimentarán a reptiles y pequeños roedores, los cuales a su vez serán la fuente de energía de otro escalafón.

En cada paso, una parte de la energía se convierte en constituyente del ser vivo, y el destino de toda una región, incluyendo al homo sapiens, depende de algo tan simple como, por ejemplo, alterar el medio al asustar a unos saltamontes por incorporar un puñado de arañas al lugar.

Qué no se podrá hacer, se preguntarán los más suspicaces, sabiendo controlar y dirigir el miedo de los humanos...

Copyright © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, publicados principalmente en su blog Erraticario, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.

Esa labor de investigación le lleva a conocer y comprender el desarrollo de la Tercera Cultura, que establece puentes entre las ciencias y las humanidades.

García del Valle escribe alternando el rigor de un científico y la curiosidad de un viajero –tras varios años de trabajo en Irlanda e Inglaterra, regresó a España, donde sobrevivió como cocinero durante algunos años–. Sin embargo, por encima de todo, el suyo es el punto de vista de un divulgador.

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