Los cíclopes y los elefantes

El mundo de la mitología está poblado por seres fascinantes. Basiliscos, unicornios, pegasos, cíclopes, minotauros y otros seres de maravilloso aspecto y prodigiosa naturaleza constituyen la fauna de la imaginación, la biodiversidad de un mundo que nunca fue pero que muchos admiramos y, en secreto, desearíamos que existiera.

A ratos se nos olvida que en el mundo real existen animales que, bien vistos, resultan tan estrambóticos como aquellos del mundo de la mitología. Basta observar por un rato a un rinoceronte o una jirafa para darnos cuenta de que lo creado por la evolución biológica supera en deschavetes a lo creado por la imaginación humana.

De hecho, todos los seres mitológicos están basados, con diferentes grados de veracidad, en animales reales. Lothar Frenz, biólogo y periodista alemán, postula en su reciente Libro de los animales misteriosos un posible origen para el mito de los cíclopes.

Polifemo, el famoso cíclope que devoró a seis de los más valientes hombres de Ulises, era, de acuerdo con la Odisea, “un monstruo espantoso que no parecíase a los hombres que viven de pan, sino a un pico selvático que en la tierra se aísla y destaca entre todas las cumbres”. Aunque Homero no describe con detalle la fisonomía de los cíclopes, se les ha representado generalmente como feroces gigantes antropófagos con un gran ojo en la frente. Existen dibujos de cíclopes con dos ojos normales además del frontal, pero la mayoría de las ilustraciones los muestran con un solo ojo de gran tamaño. Casi todas las ilustraciones muestran a los cíclopes con aspecto feroz, en concordancia con la narración de la aventura de Ulises en el canto IX de la Odisea.

Otros relatos, en cambio, cuentan la historia del amor de Polifemo por Galatea y pintan una imagen menos terrible de los cíclopes, más en el tono del gigante de rasgos suaves y mirada tierna de la pintura El Cíclope, de Odilon Redon, simbolista francés de finales del siglo XIX.

Resulta interesante preguntarse cómo pudieron los antiguos griegos llegar a imaginarse un monstruo gigante de un solo ojo. De acuerdo con Frenz, la respuesta tiene que ver con un animal real que parece tan fantástico como los propios cíclopes: el elefante. En el cráneo de los proboscídeos destaca fuertemente una gran depresión justo por debajo de la región frontal; no es otra cosa que un orificio nasal en el que se implanta la trompa característica de estos animales. Para un lego, sin embargo, el hueco parecería ciertamente una cavidad ocular, el sitio del único ojo de un cíclope. Pero, ¿cómo habrían de toparse los griegos de la antigüedad con un cráneo de elefante?

Frenz argumenta que en las islas del Mediterráneo existieron elefantes hasta hace unos pocos miles de años. Aunque los griegos nunca conocieron un elefante vivo en sus tierras, es posible que hayan conocido los cráneos de estos animales. Al tratar de explicar la extraña anatomía de estos elementos óseos, algún griego particularmente creativo podría haber imaginado que se trataba de cráneos de gigantes de un solo ojo.

El libro de Frenz trata sobre la criptozoología, la disciplina que busca confirmar o refutar las historias sobre animales aún desconocidos por la ciencia. Aunque han sufrido el escarnio de los investigadores tradicionales, algunos criptozoólogos son científicos profesionales que enfocan sus esfuerzos en la búsqueda de nuevas especies de vertebrados en remotas regiones del planeta. Ciertamente, la disciplina ha tenido también gran desprestigio por incluir entre sus proponentes a buscadores del monstruo del lago Ness o del abominable hombre de las nieves.

En uno de sus capítulos, Frenz especula sobre la posible existencia de una especie desconocida de elefantes enanos en las selvas del África. Cuando apareció la versión original de su libro en alemán, en 2000, la ciencia reconocía la existencia de dos especies de elefantes: el asiático (Elephas maximus) y el africano (Loxodonta africana). Se sabía desde principios de siglo que los elefantes de las zonas boscosas del Congo son más pequeños que los de las sabanas africanas y que difieren asimismo por ser más oscuros, tener los colmillos menos curvados y con un marfil de tono más rosado. Un macho selvático típico tiene una altura de alrededor de dos metros y medio, mientras que en la sabana la mayoría de los machos alcanza alrededor de tres metros, existiendo ejemplares de hasta cuatro metros de alzada. Además, los elefantes selváticos tienen las orejas más redondeadas, lo que les valió el nombre de Loxodonta africana cyclotis.

Frenz hace una recopilación muy completa de observaciones científicas realizadas durante todo el siglo xx que sugieren la existencia de una especie enana de elefante, aún más pequeña que cyclotis y que incluso cuenta con un nombre científico: Loxodonta pumilio.

Sin embargo, toda la evidencia es circunstancial, e incluso alguna de las observaciones no han soportado el escrutinio escéptico de la ciencia. Por ejemplo, se había observado que el número de uñas en las patas de los elefantes era menor en los ejemplares de las sabanas que en los individuos selváticos. Sin embargo, se demostró posteriormente que tanto los elefantes del bosque como los de la sabana tenían al nacer el mismo número de uñas. Lo que sucede es que los individuos de la sabana se enfrentan a un ambiente en el que las uñas se desgastan más rápidamente. En los ejemplares adultos da entonces la impresión de que el número de uñas es menor, pero se trata de un efecto ambiental y no de una diferencia que demostrara la existencia de una especie novedosa.

Mientras Frenz terminaba su libro, en las sabanas y selvas de África, Nicholas Georgiadis, un biólogo de Kenia, acechaba elefantes para disparar contra ellos unos dardos especiales que le permitían obtener tejidos de los animales. Georgiadis trabajaba para un ambicioso proyecto que buscaba establecer, usando técnicas genéticas, las relaciones taxonómicas de los elefantes africanos. Con muestras tomadas de casi doscientos ejemplares, los colegas de Georgiadis, especializados en genética molecular, pudieron demostrar claramente la existencia de dos especies de elefantes en África, elevando al rango de especie a cyclotis. El análisis, publicado en Science en 2001, mostró que la distancia genética entre las dos formas africanas es de casi 60% de la distancia que existe con el elefante asiático. En palabras de los propios investigadores, los dos elefantes africanos son más diferentes entre sí que los leones lo son de los tigres y los caballos de las cebras.

Este descubrimiento mostró que aún en el siglo XXI es posible encontrar especies nuevas de grandes mamíferos, incluso en grupos tan estudiados como la megafauna africana. Ante esta evidencia, ¿sería razonable esperar encontrar una tercera especie de elefante africano, la forma enana de la que tanto especuló Frenz? Es poco probable, porque el análisis genético habría detectado individuos de esta especie. Sin embargo, si durante todo este tiempo ha existido una especie no reconocida de mamífero de enorme talla, ¿cuántas otras especies crípticas de mamíferos estarán esperando ser descubiertas? Y si faltan aún varios mamíferos por descubrir, ¿cuál será la verdadera magnitud de la diversidad de otros vertebrados y de los invertebrados?

Como apunta Frenz en su libro, en 1819 Georges Cuvier declaró que era muy poco probable que existieran especies importantes de mamíferos por descubrir. Si consideramos que después de 1819 se han encontrado especies tales como el ornitorrinco y el equidna, el rinoceronte blanco, el tapir malayo, el okapi, numerosas especies de primates y varias de antílopes, además del jabalí del Chaco, por mencionar sólo algunas, es evidente que la arrogante afirmación del célebre Cuvier era completamente errónea. El descubrimiento de una especie nueva de elefante nos hace ver que no es necesario ir a una tenebrosa cueva de una distante isla, como Ulises cuando encontró al cíclope, para hallar seres fascinantes que rebasan con creces los límites de nuestra imaginación.

Referencias bibliográficas

Frenz, L. 2003. El libro de los animales misteriosos. Ediciones Siruela, Madrid.

Roca, A. L., N. Georgiadis, J. Pecon Slattery, S. J. O’Brien. 2001. “Genetic evidence for two species of elephant in Africa”, en Science, núm. 293, pp. 1473 1477.

Copyright © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos.

Copyright del artículo © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Imagen superior: Cráneo de un elefante enano en el Zoo Hellabrunn de Munich. Autor: MaxM. CC

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Sitio Web: hectorarita.com/

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC