Lobos para recuperar la biodiversidad

Lobos para recuperar la biodiversidad Imagen de un lobo ibérico, Canis lupus signatus, captada con una cámara de foto-trampeo / Fernando Palacios

El lobo es un animal que levanta pasiones, se organiza en manadas que establecen relaciones complejas y en nuestra sociedad se convirtió en un símbolo de la conservación ambiental gracias al trabajo de personas como Félix Rodríguez de la Fuente.

En los años 60 su situación era crítica y mejoró, pero cuarenta años después sigue sin haber una línea clara de actuación para la conservación de este superdepredador.

Un animal social

Está en la cúspide de la pirámide nutricional o trófica y en su papel de superdepredador solo tiene un competidor, el hombre. Es un animal social que vive vinculado a un grupo o manada, base de su estructura. Vive inmerso en una organización social compleja en la que se establecen relaciones de dominación y sumisión basadas en una jerarquía estricta.

Las manadas están formadas por una pareja reproductora o alfa y sus descendientes. Los alfa son los miembros más experimentados, los que mejor conocen los recursos disponibles y los encargados de dirigir la manada y mantener la cohesión del grupo. Los lobos establecen así relaciones muy estrechas con papeles perfectamente reglamentados donde cada miembro se beneficia del desarrollo de actividades como la caza, el cuidado parental o la defensa de sus recursos.

Actúan como una familia y, si es necesario, los miembros de una manada se defenderán entre sí con la vida. En el caso del lobo ibérico, Canis lupus signatus, las manadas suelen estar formadas por unos seis miembros. La pareja alfa, y entre dos y cuatro cachorros y subadultos que permanecen con la manada entre uno y dos años. A partir de ese momento se convierten en cazadores solitarios que se reúnen con el grupo en la época de cría, entre abril y junio, para colaborar en la tarea de sacar adelante a los más pequeños.

Con el tiempo hembras y machos solitarios se terminan emparejando formando un nuevo grupo que luchará por los recursos necesarios para sobrevivir.

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Imagen de una loba en período de cría obtenida mediante foto-trampeo./ Fernando Palacios

¿Los malos de la película?

Son amados y odiados a partes iguales y es que, de alguna manera, son los perros que Homo sapiens nunca logró domesticar. El temor y el odio al lobo está grabado en el ADN de nuestra sociedad.

Son los malos de gran parte de los cuentos infantiles, el animal que todos los niños temen, y ser el protagonista de nuestras pesadillas infantiles, como ocurre con serpientes, arañas y otros bichos, es un ‘San Benito’ del que es difícil despojarse. Pero esta percepción que se tiene de los lobos está, como casi todo en los cuentos, muy alejada de la realidad ya que juegan un papel crucial en nuestros ecosistemas, una función que va mucho más allá de la de ser un animal bonito al que poder contemplar.

Para que un ecosistema funcione es tan necesario que haya una buena cobertura vegetal de la que se alimenten los herbívoros como la presencia de depredadores que regulen sus poblaciones y este es el papel de los lobos en los bosques ibéricos. Papel que, cada vez más, parecemos empeñados en hacer nosotros.

El lobo debería regular las poblaciones de ungulados silvestres como jabalíes, gamos, ciervos, cabra montés o corzos que, si no tienen depredadores naturales, pueden llegar a esquilmar la flora. Se trata de un tema complejo que toca los intereses de colectivos muy distintos.

Por un lado hay asociaciones conservacionistas que luchan porque se tomen medidas para su conservación, por otro, hay cazadores que ansían las mismas presas o al propio lobo como trofeo y por último están los ganaderos que se ven obligados a lidiar con su presencia, una presencia que, en ocasiones, choca directamente con sus intereses pero, ¿hasta qué punto los lobos perjudican a los ganaderos?

Es cierto que a veces los lobos atacan al ganado pero, pese a su elevado efecto mediático, son eso, puntuales. Según datos de la Consejería de Fomento y Medio Ambiente de la Comunidad de Castilla y León, en 2014 se documentaron 970 ataques de lobos al ganado. En principio, son ataques que la administración está obligada a reparar, aunque a veces el recorrido burocrático necesario desalienta a los dueños de la res muerta que acaban teniendo que soportar la pérdida económica solos.

Pero en condiciones normales los lobos no suelen acercarse a áreas donde el hombre está presente, no en vano es su principal enemigo.

El acercamiento inusual a los rebaños se produce cuando las manadas no encuentran qué comer, cuando para sobrevivir no les queda otro remedio que acercarse al terreno del hombre.

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Imagen nocturna de un lobo obtenida mediante fototrampeo./ Fernando Palacios

En los espacios donde aún sobreviven hay presión para aumentar las áreas de pasto para el ganado. La gestión forestal, en la que solo prima la prevención de incendios y la producción de madera, hace que los bosques pierdan su productividad primaria (en los pinares se elimina el matorral), dejando sin alimento a los ungulados salvajes (corzos, jabalís, cabras monteses, etc) que serían las presas naturales de los lobos.

En este contexto, al que hay que añadir la mortalidad que provoca la caza deportiva, las presas cada vez escasean más y el lobo acaba buscando comida entre animales domésticos donde además encuentra nuevas razas de ganado vacuno (limusina, charolesa, frisona, etc.) que, frente a lo que hacen las razas autóctonas (retinta o avileña negra, morucha, pirenaica, etc.), dejan a los terneros pastando solos convirtiéndolos en presas muy fáciles.

Frente a esta situación, hay extensas áreas de la Península donde el lobo ni está ni se le espera. Allí los ungulados salvajes crecen sin control y al entrar en contacto con la cabaña ganadera, actúan como vector trasmisor de enfermedades. Según la Junta de Extremadura, el año pasado se tuvieron que sacrificar 7.526 reses por un brote de tuberculosis bovina, cada vez más extendida por el aumento de jabalíes y ciervos en la región. Comparando los datos ¿hasta qué punto es cierto que los lobos perjudican a los ganaderos?

Hay áreas de la Península en las que hay tal cantidad de ciervos que incluso en los Parques Nacionales se programan batidas de caza para reducir su número. Son lugares en los que ya no quedan lobos que regulen el crecimiento desmedido de estas poblaciones y es el hombre quien asume ese papel, es el hombre quien actúa como superdepredador del ecosistema y al hacerlo introduce intereses que estropean la ecuación.

Igual que le ocurre a especies como el lince ibérico, los lobos se enfrentan al problema de la reducción de su variabilidad genética. Se calcula que alrededor de los años 60 las poblaciones de lobo ibérico descendieron tanto que alcanzaron la situación de cuello de botella. Si disminuyen su área de distribución y el tamaño de sus poblaciones la supervivencia de este animal imprescindible para mantener la salud de nuestros ecosistemas es más que improbable.

Sin embargo, pese a que goza del máximo nivel de protección según la normativa de la Unión Europea, en cada región se aplican unas normas diferentes para la gestión del lobo. Mientras en Portugal está estrictamente protegido, al cruzar la frontera pueden cazarlo.

La ley sobre Patrimonio Natural y de la Biodiversidad 2007 cataloga al lobo como “especie de interés comunitario que requiere una protección estricta”, pero en el anexo cinco de esa misma ley excluye a los lobos que viven al norte del río Duero.

En 2015 la Junta de Castilla y León estableció que entre septiembre de 2015 y febrero de 2016 se podían cazar un total de 143 lobos de las áreas cinegéticas de la comunidad situadas al norte del río Duero. Esta regulación no tiene en cuenta ni el furtivismo, ni la estructura social de las manadas, ni el problema genético al que se enfrenta la especie ni el número real de individuos vivos, ya que no se dispone de un censo contrastado.

Los cupos tampoco tienen en cuenta que en una misma batida varios cazadores pueden toparse con lobos y acabar matando varios ejemplares en una sola mañana.

Además, igual que cuando se cazan corzos, los cazadores buscan el mayor trofeo, la presa más grande que suele ser el macho alfa de una manada. Al desaparecer uno de los líderes del grupo la manada queda desestructurada y las posibilidades de sobrevivir de todos sus miembros se reducen considerablemente.

Para mantener un ecosistema y las especies que lo habitan, la caza no debería ser una herramienta de conservación sino que la gestión debería estar encaminada proteger los espacios naturales de manera integral, protegiendo a las especies y su equilibrio natural, es decir, dejar que creciera una cobertura vegetal natural que albergara herbívoros de varios tamaños con lobos que regularan sus poblaciones, pero lo que se está haciendo es convertir al ser humano en el depredador de los grandes herbívoros y, lamentablemente, también del lobo.

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Imagen superior: ilustración de Mauricio Antón.

¿Cuántos lobos quedan?

Canis lupus signatus es una especie emblemática de la península ibérica y, sin embargo, nadie sabe cuántos ejemplares sobreviven en nuestras montañas. Para proteger un hábitat el primer paso es conocerlo pero las cifras que se manejan sobre el lobo están en entredicho.

El último censo elaborado por la Junta de Castilla y León entre 2012 y 2013 arrojó un resultado de 179 manadas en esa comunidad. La administración calcula que cada grupo de lobos detectado está compuesto por entre 9 y 10 miembros pero según los datos científicos las manadas de lobos en la Península raramente llegan a tener 6. Esta diferencia en las cifras hace suponer que los resultados del censo son excesivamente optimistas sobre el aumento del número de lobos en la última década. Se da también la paradoja de que los encargados de elaborar los censos de lobos son los mismos que establecen los cupos de caza, documentan los ataques y se enfrentan a los ganaderos si han perdido reses, con el consiguiente desgaste político. Por eso han surgido voces que denuncian la manipulación de las cifras.

Hay una iniciativa liderada por el investigador del MNCN Fernando Palacios, que propone, igual que se hace con otras muchas especies, elaborar un censo independiente con la colaboración ciudadana y de los actores implicados que quieran participar. El objetivo del censo no es solo contar el número de lobos que habitan nuestras montañas, sino analizar el estado natural de los hábitats que todavía recorren un puñado de lobos y otros hábitats en los que, la mejor noticia para la conservación de la biodiversidad, sería que los volvieran a recorrer.

Copyright del artículo © Xiomara Cantera Arranz. Publicado originalmente en NaturalMente, revista del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en The Cult con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Xiomara Cantera Arranz

Responsable de prensa en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y directora de NaturalMente, revista trimestral de divulgación científica que publica el MNCN. Los artículos de Xiomara Cantera se publican en The Cult con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Sitio Web: www.mncn.csic.es
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