Las cuevas, otro ecosistema en peligro

Las cuevas, otro ecosistema en peligro Imagen superior: Cueva del Agua, Querétaro (Comisión Mexicana de Filmaciones, CC)

Cuando hablamos de ecosistemas en peligro, nos llegan a la mente imágenes de una selva destruida por taladores irresponsables, o de un rico sistema marino arruinado por el naufragio de un buque petrolero. Nunca imaginamos la existencia de otros sistemas igual de frágiles y que se encuentran literalmente bajo nuestros pies. Estos ecosistemas son las cuevas.

El ambiente de las cuevas es algo completamente ajeno a nuestra experiencia cotidiana. La luz falta por completo, la temperatura no cambia ni con la hora del día ni con las estaciones del año y la humedad es muy alta.

Además, las formaciones geológicas como estalactitas y estalagmitas, la presencia de animales extravagantes como peces ciegos, langostinos blancos, grillos con antenas diez veces más largas que sus cuerpos, ácaros de color rojo aterciopelado y murciélagos, dan a las cuevas, según algunas personas, un aspecto lúgubre e inhóspito.

Hay gente, sin embargo, que opina que las cuevas son lugares fascinantes. Para antropólogos e historiadores, las cuevas constituyen interesantes sitios que albergan tesoros arqueológicos de gran importancia, y para los bioespeleólogos ‒científicos especializados en el estudio de la fauna de las cavernas‒ las cuevas representan verdaderos laboratorios naturales para el estudio de la ecología y la evolución.

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Imagen superior: Leptodirus hochenwartii, un coleóptero que habita en las cavernas (Yerpo, CC).

A pesar de ser sitios oscuros y de difícil acceso, las cuevas están inevitablemente ligadas al mundo exterior. En zonas formadas por rocas calizas, la gran permeabilidad del suelo hace que la circulación del agua sólo pueda entenderse tomando en cuenta las corrientes subterráneas y por lo tanto las cuevas.

Dicha permeabilidad hace que la presencia de cuevas y otras formaciones geológicas determinen, en muchos casos, el tipo de vegetación que se encuentra en la superficie. Por ejemplo en Yucatán, las comunidades vegetales que se encuentran en los alrededores de los cenotes, en las entradas de las cuevas y en las dolinas, mal llamadas cenotes secos, debido a que son grandes agujeros sin agua, son muy diferentes de las que se encuentran en sitios adyacentes.

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Imagen superior: salamandra ciega de Texas (Eurycea rathbuni) (Joe N. Fries, U.S. Fish and Wildlife Service, CC).

Desafortunadamente, las cuevas son ambientes sumamente sensibles a las visitas por humanos. Las formaciones geológicas más bellas, como los cristales que se forman en las cuevas calizas, son tan frágiles que se deshacen con cualquier contacto. Lo mismo sucede con algunos restos arqueológicos, que al estar expuestos a la alta humedad se han suavizado tanto que literalmente se desmoronan en las manos.

La fauna de las cuevas es igualmente frágil. Los troglobios, nombre con que se conoce a los animales que se encuentran exclusivamente en ambientes cavernícolas, están tan adaptados a su ambiente que cualquier cambio en la temperatura o humedad puede provocar su desaparición.

Como muchas otras especies, se encuentran en una sola cueva, por lo tanto la desaparición de una población significa la desaparición total de la especie.

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Imagen superior: murciélago orejudo de Virginia (Corynorhinus townsendii virginianus) (Craig Stihler, WVDNR, CC).

Las grandes colonias de murciélagos cavernícolas, muchas de ellas formadas por especies benéficas al hombre, son también muy sensibles a la perturbación.

Como otros ecosistemas en peligro, las cuevas requieren de un plan de protección En algunas cuevas importantes sería necesario impedir el acceso de la gente para garantizar la protección de un tesoro arqueológico, una comunidad animal muy especial o una colonia de murciélagos en peligro de extinción.

Sin embargo, en la mayoría de los casos la solución no tendría que ser radical, si se toman las debidas precauciones. El uso y la conservación de las cuevas no tienen que ser conceptos antagónicos. De hecho, las cuevas son candidatas ideales para ser desarrolladas como sitios de turismo cultural y ecológico.

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Imagen superior: cenote Ik Kil, península de Yucatán (Irving Huertas, CC)

El establecimiento de parques naturales en el exterior de las cuevas garantizaría la conservación de la conexión entre éstas y su entorno. Al igual que los ambientes externos, las cuevas son parte de la enorme riqueza geológica, histórica y biológica de nuestro país. Es nuestra responsabilidad dares un buen uso y asegurar su preservación.

Copyright © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado originalmente en Oikos, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), bajo una licencia CC 

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Sitio Web: hectorarita.com/
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