Joaquín Araújo: "Soy un contador de lo que la naturaleza me cuenta a mí"

A pesar de su formación literario-humanística, es mas frecuente reconocerle como embajador de la Naturaleza, de la cultura ecológica y defensor de la cultura rural.

En 2011 ingresó como académico de la Real Academia de las Letras y las Artes de Extremadura. Dentro de su aquilatada obra, lo encontraremos en múltiples facetas: como escritor de libros y enciclopedias, periodista, fotógrafo, pregonero, conferenciante, director editorial y de programas audiovisuales, realizador, guionista, presentador, comisario de exposiciones, participando activamente en internet, prensa, radio, televisión y un largo etcétera de roles. Pero siempre informando, reflexionando sobre cuestiones vitales para el conjunto de la sociedad: abordando temas filosóficos, ecológicos, literarios, biológicos y agronómicos relacionados con el modelo económico, cuando no transmitiendo su amor por la vida a través de poesía, o comentando en riguroso directo los acontecimientos que se viven en la naturaleza.

Auténtico exponente de la cultura de lo espontáneo. Numerosos premios, distinciones y reconocimientos ha recibido por su infatigable obra. Si sus libros individuales llegan ya al centenar ‒con el que en estos momentos está escribiendo‒, el resto de sus creaciones e intervenciones se cuentan por miles. También encontramos en su trayectoria dimisiones y renuncias, y no pocas, siempre que ha apreciado posibles corrupciones, sobornos, discrepancia con sus ideas o falta de transparencia en los puestos que desempeñaba o las ofertas que recibía.

Por último, hemos de reseñar otras dedicaciones importantes en su vida: es agricultor, ganadero y silvicultor ecológico. Cultiva su finca de acuerdo con los métodos ecológicos: agricultura orgánica, permacultura, apicultura,... Olivos, una viña, numerosos frutales, praderas y cultivos de cereal ayudan a que la mayor parte de su consumo sea producido por él mismo. Mantiene una pequeña ganadería de cabras. Consigue sus propios fertilizantes. Ha plantado, con sus propias manos, unos 24.000 árboles en los últimos 33 años. Desde 1985 reforesta a partir de sus propios viveros.

Joaquín, ¡que la vida siga atalantándole, hoy y el resto de días aún por llegar!

¡Gracias, gracias!

Empecemos por la contaminación ambiental. ¿Podemos afirmar que es uno de los riesgos de nuestra sociedad? ¿Cómo podemos abordarla o combatirla a nivel individual? ¿Sería necesario hacerlo también globalmente?

Bueno, como son tres preguntas, vamos por orden. No es que sea un riesgo, es una amenaza absolutamente concreta, plasmada, cuantificada,... y no suficientemente evaluada a corto, medio y largo plazo. Pero sin duda, ¡una gran amenaza! Jamás en la historia, no sólo ya de nuestra especie sino del planeta, ha tenido que ser enfrentado un problema que tiene un foco reducidísimo, pero unas consecuencias absolutamente globales y, sin duda, en todo de lo que tiene que ver con las grandes contaminaciones.

Además, habría también que sumar la más grave, aquella que no suele abordarse: la contaminación mental. Nuestra aquilatada forma de pensar a lo largo de los dos últimos siglos... Me equivoco al usar la primera persona del plural, porque es la de ellos. Afortunadamente, solo es un cinco por ciento de la Humanidad el que piensa así, de forma oficial que pudiéramos decir, pero esa es la más grave. Me refiero a cuando alguien se considera que está por encima de los demás. Exactamente igual que se fomenta el pensamiento no democrático y la dominación de unos sobre otros y también, desde luego, el expolio desde el punto de vista económico...

A escala planetaria, se produce lo mismo con la decisión humana en relación a todo lo que es y mantiene la vida. Esa considero que es la más grave.

La segunda en cuanto a gravedad hay que situarla en todo lo que tiene que ver con el aire, el elemento más vasto y en el que suceden más procesos básicos para la vida. Ahí está ahora el cambio climático, que es, desde luego, lo más serio a lo que tiene que enfrentarse ya desde un punto de vista más materializado, más concreto, la humanidad. Y como todo lo que le pasa al aire le pasa al agua, junto con lo que directamente va al agua ‒el tercer escalón de la vida en estos momentos‒, también sufre delicadamente.

Se trata de contaminaciones generalizadas, masivas, gravísimas y, desde luego, con efectos negativos para lo esencial. ¡Esta es la realidad!

Con respecto a la segunda pregunta, ¿que ésta se tenga que abordar individualmente? ¡Sin duda!. Todos contribuimos a que las cosas se arreglen o se estropeen, por lo que se puede ser parte de la solución o parte del problema.

Está lejos de toda duda que, en estos momentos, los gestos, por nimios que parezcan y desde tu iniciativa particular, pueden estar en el lado de la transparencia o en el lado de la opacidad: así de claro. Pero sin duda, son las grandes corporaciones, los grandes gobiernos, los que establecen las líneas que mantienen o intentan modificar el modelo energético, que desde luego a más corto plazo se debería estar cuidando. Aquí se toman decisiones importantes espoleando el posible cambio de modelo energético.

Está también bastante fuera de duda que no tenemos la misma responsabilidad como simples usuarios de un automóvil y de cuatro electrodomésticos que aquellos que están defendiendo a capa y espada un modelo energético basado en los combustibles fósiles.

Puede que el hecho de vivir en la España meridional quizás nos haga sentir más de cerca el cambio climático, por la proximidad del avance desértico. ¿Podría aconsejarnos cómo entorpecerlo? Por favor, invítenos a “amueblar los campos, nuestros campos”. Descríbanos sus posibles frutos. ¿En qué puede consistir lo que usted llama nuestro “planteamiento guerrillero”?

Sin duda, uno de los lugares donde se está librando la peor batalla en el tema climático es el borde de la región sahariana, el sur de Europa. Y dentro de la Península Ibérica, por supuesto Andalucía está más cerca de la primera línea de batalla que, por ejemplo, Alemania o Asturias. De esto no nos cabe la menor duda a nadie. Y es más, hay miles de registros que no dejan lugar a la menor duda.

Entonces, se puede decir perfectamente que nuestro país, que es una víctima directa, debería también tener un determinado tipo de liderazgo. Intentar abanderar una primera oleada de resistencia en estas cuestiones, porque también, por su situación, a pesar de la crisis económica, no deja de ser un país con una suerte de mestizaje entre los países muy desarrollados y los que no, entre los países con muy poca naturaleza y los que la tienen, entre países con mucha capacidad e influencia cultural por su idioma y los que no, etc. En fin, España debería autoerigirse en una suerte de liderazgo mundial en la economía ecológica del modelo energético sostenible, de la conservación de la naturaleza y por supuesto, partiendo de la base de que tenemos suficientes momentos culturales, técnicos e incluso presupuestarios y humanos como para iniciar este proceso.

Convertirse en líder mundial desde la posición de Bangladesh o de Mali es complicadillo, pero bueno, si estás entre las diez primeras potencias del mundo, o por lo menos, estábamos hasta hace dos días entre ellas, pues francamente estamos en mejor posición para iniciar “esta lucha”. Pero bueno, a lo que vamos: sin duda el antídoto más eficaz, si no raudo, sí el más eficaz y barato, aunque también sea emblemático, es la propia vegetación.

Lo que hay que plantear es algo así como cuando tienes una medicina que te quita un dolor, ¡pues úsala! Y si además es una medicina bastante eficiente, no cuesta mucho dinero y es posible ponerla a trabajar. ¡Pues pónla!

Y esa medicina se llama árbol, aunque lógicamente hay otra todavía más barata y cada día más eficaz a corto plazo, y es que se puede vivir perfectamente con menor consumo energético. Esto es fundamental trasmitirlo. Cuanto antes lo hagamos, mejor, porque casi todos los razonamientos que se ponen en juego para no tomar medidas correctoras es que, bueno, pues se toma la razón del estilo de vida, anclado en el actual funcionamiento económico. ¡Pues no!

Se puede hacer exactamente lo mismo que hacemos ahora, en estos momentos, que además también hay mucho superfluo en lo que se está haciendo, incluso a pesar de la crisis, y no se tiene por qué perder ni un gramo de producción, ni un gramo de comodidad, ni un grado de higiene, ni un grado de salud si se usa la mitad de la energía que se está consumiendo.

Es decir, que se puede vivir exactamente con el mismo grado de bienestar y cualquiera de los beneficios asociados a ese bienestar gastando la mitad de la energía, y quizá todavía más sin necesidad de cambiar nada que sea efectivo.

Realmente, si nos pusiéramos de acuerdo y se hicieran algunas campañas de estímulos y esto tuviera algún tipo de protagonismo, empezaríamos ya a cambiar esta tendencia en la que vivimos.

El verdadero drama es que sigue habiendo muy poca repercusión social de estas cuestiones en los medios de comunicación, en los debates políticos... En fin: escasez.

Si fuéramos, insisto, suficientemente inteligentes como para ponernos a ahorrar de forma absolutamente clara y necesaria la energía, pues todavía tendríamos más claro el panorama y esa forma de antídoto sería todavía más eficaz.

Queremos buscar ahora recuerdos de la escuela que vivió, en la que creció. Indagar en la educación personal que recibió. Un buen momento que recuerda fue…

Bueno, probablemente si hablamos de escuela en general, yo tengo una serie de raros privilegios que vienen a darse la mano, y que acaban proporcionándome una enorme fortuna en mi vida. Entre ellos, que yo estudié en un liceo extranjero en el corazón de Madrid. Yo fui al Liceo Italiano concretamente. Allí, para empezar, tuve una educación “semi-bilingüe” porque el italiano es muy sencillo, pero en cualquier caso bilingüe. La tuve mixta. Cuando yo estaba en el colegio, había sólo tres colegios mixtos en todo Madrid, y eran los tres liceos extranjeros.

Por otra parte, fue un colegio donde se me hizo tener respeto y admiración por algunas cosas que son claves en toda mi trayectoria, como es la cultura en el sentido más amplio, con mucha literatura, formación grecolatina clásica,... Y también debió de influir bastante, aunque esto lo he tenido claro muy tarde, la relativamente buena formación en ciencias naturales, que luego se plasma en lo que he llegado a ser en mi vida. Y también probablemente tuvo importancia el que la educación era exquisita, en el sentido de cosas que todavía siguen pendientes ahora: como eran muy pocos alumnos por cada curso ‒no llegábamos ni a veinte‒ teníamos lógicamente una relación infinitamente más cercana con los profesores y con los demás. La verdad es que fue una enseñanza de calidad.

La segunda parte de la educación fundamental la tengo en un colegio con un rasgo también determinante, y es que era un colegio muy liberal, muy progresista en el mejor sentido del término. Yo pasé del Liceo Italiano al Colegio Decroly de Madrid, donde todavía tuve esos raros privilegios de un contacto muy directo con profesores humanamente muy formados y muy cercanos... Tengo esos recuerdos.

¿Y hay algún maestro o maestra que recuerde especialmente?

Sólo reconozco a un maestro en mi vida. Esto también tiene un poco contradictorio, pero la verdad es que quizás sea un poco injusto, pero claro, también es verdad que la memoria es así… Yo el único maestro que reconozco ya es en la Universidad, y es D. Eduardo Martínez de Pisón, que en estos momentos es catedrático emérito de Geografía. En realidad, es porque luego he tenido la suerte de compartir muchas cosas con ese antiguo profesor que ha tenido una auténtica y comprometidísima actitud hacia los paisajes, hacia la vida, hacia la formación realmente humanística de las personas... En fin, es a quien reconozco como persona influyente en mi modo de estar en el mundo.

Entiendo, es esa persona que ha dejado una huella de peso en su vida. Y en sentido contrario, ¿hay alguna situación negativa que esté presente en su memoria?

Sí, sí la tengo, lo que pasa es que la mencionaré quizás sin nombres por aquello de “tal”. Por supuesto, yo también vivo todo lo que supone llegar a la universidad cuando todavía estábamos bajo una dictadura, en la que algunos de los profesores, incluyendo decanos y rectores, eran auténticos exponentes de un pensamiento muy poco solidario, muy poco moral y estéticamente insano en cierto sentido. Incluso había también un tipo de enseñanza de algunas cosas básicas, como es la religión, la filosofía, que viví desde perspectivas de una miseria intelectual espeluznante.

¿Qué lugar ocupa en su vida la autoformación?

En mi caso, es desmedida. A pesar de haber pasado por todos los escalones del sistema educativo e incluso siendo de letras, trabajé en la facultad de Ciencias Biológicas durante años ‒una de las cosas más raras de mi vida, ¿verdad?‒. Es decir, probablemente aunque en mí puede más lo que puede ser una formación literario-humanística si se quiere ‒para mi la pasión fundamental aparte de la naturaleza es la literatura‒, pues todo eso también está de alguna forma compensado con ese carácter y valor científico que tengo.

Es curioso, y quiero insistir en lo que supone la imagen pública de las personas, pues mucha gente me cree o me ve sólo como naturalista, me interpreta sólo como persona vinculada a un ámbito más bien científico, y en realidad es todo lo contrario.

Con esto quiero decir que, en un noventa por ciento, soy de mis lecturas. Soy un lector empedernido, tengo una descomunal biblioteca y leo todos los días del año desde los trece. Leo mucho y también trabajo en mis libros, aparte de escribir muchísimo, estoy ahora mismo empezando a escribir mi libro número cien como autor.

Se pronuncia muy pronto la cifra cien, pero ahí están los logros de su obra, ¿no?...

Con todo esto quiero decir que para mí pesa muchísimo más lo que pudiéramos llamar cultura convencional, que no cultura científica. Pero también se dan unas circunstancias, y esto es todavía más determinante: a pesar de mi empedernido oficio de lector, a pesar de mi pasión por estar un poco asomado por cientos a cuestiones como revistas, comunicaciones, congresos, etc; a mí lo que más me ha enseñado es el contacto con la naturaleza. Porque también soy un raro privilegiado y he pasado más de la mitad de mi vida al aire libre, y desde hace unos años, pues hasta el setenta por ciento de mis días estoy sin techo sobre mi cabeza y constantemente aprendo al aire libre... Sobre todo, es un tipo de formación que se basa en lo intuitivo, y hasta lo resumo con un aforismo: yo soy un contador de lo que la naturaleza me cuenta a mí. Pero me lo cuenta en primera persona, en vivo y en directo.

Insisto en que, a pesar de que hay mucha lectura en mi vida, pues también podríamos decir que mi principal maestro ha sido un diálogo ininterrumpido con el paisaje. Esa sería la verdadera forma de resumirlo: ¡he pasado la mitad de mi vida dialogando con los paisajes!

Sí, esa sensibilidad aflora en sus escritos. Sigamos, Joaquín. La educación... ¿Cómo ve la situación actual que vive en nuestro país? Reconozco que es una pregunta muy amplia, pero en fin...

¡No, no! ¡Con extremada preocupación! De esto no cabe la menor duda. La educación tiene que ser algo que esté por encima incluso de una suerte de normativa permanente y de una regulación que viene desde el ámbito de la política.

Yo la educación la entiendo como respirar. Si decimos que educación es un proceso de adecuación de las personas a un mercado económico y competitivo, sencillamente eso no es educación; es otra cosa. Se le podría llamar formación o algo así...

Entonces yo aspiro pues a que la gente tenga la suerte que he tenido yo, a que se le eduque con la sensibilidad de los más sensibles, la racionalidad de los mejores científicos, los procesos de diálogo con la gente, incluso con la aparentemente ineducada que te puedes encontrar por ahí, en contacto con todas las culturas, con todas las formas de pensar y de creer, y sobre todo, en contacto con la vida.

A mí me sigue pareciendo el mayor de los disparates que no sea piedra angular de la educación el reconocimiento de qué es la vida, cómo funciona, lo que nos proporciona y lo que podemos interactuar con ella.

No ser capaz de reconocer ese principio básico me sigue pareciendo el fundamental disparate del sistema educativo, y sobre todo si además se viste para una serie de artificializaciones y materializaciones. La idea básica es que la educación tiene que ser permanente, constante, universal y, por supuesto, también gratuita. Insisto: la educación tiene que ser como la piel o como respirar.

¿Y cómo valora que un instituto de Fuenlabrada lleve su nombre?

Pues como algo muy sorprendente, muy emocionante, muy estimulante y muy responsabilizador.

Claro, sobre todo cuando esto le ocurre estando vivo, ¿verdad?

Aparte de que es en vida, ¡ojo!: Que lleva ya veinte años. No es como los premios Cervantes o los Nobel, que parece que es una norma que se lo den a quien está a punto de morirse (por edad). Es que a mí me dan este privilegio con un poco más de cuarenta años. Realmente es espectacular. Casi, casi diría que con todo el cariño del mundo lo contemplo y con todo el agradecimiento. Igual que los premios que me han dado, mundiales y nacionales, yo siempre he interpretado esto como un acrecentamiento de mi responsabilidad. Por una parte, gozoso. pero por otra parte, es una carga que procuro llevar con el máximo de entusiasmo y de compromiso personal posible.

Quisiera pedirle que le dirija un mensaje a distintos miembros de la comunidad educativa. Empecemos con uno dirigido a un niño que esté viviendo su infancia, desde el punto de vista educativo y de vida en sí.

Bueno, seguiría reivindicando sobre todo que se intente estar en contacto con la vida. Si no es demasiado pedir esta comprensión, porque nadie acaba de comprender nunca la diversidad, que se intente comprender que nosotros vivimos en medio de la vida.

Para mí. cada día es más importante que aflore esto: intentar entender que la mayor parte de lo esencial pues está... no precisamente encerrado en nuestras cápsulas ciudadanas. Esto no es fácil de transmitir en el lenguaje de los niños, pero es así, sobre todo en un momento en que la tremenda fuerza educadora de internet, de la televisión, es tan descomunal... Hay muchas más posibilidades de entender algo de este mundo, en el mundo que no hemos creado nosotros.

¿Y qué mensaje le dirigiría a su maestro o maestra?

Sobre todo, sería en el campo de la autoestima. Enseñar es absolutamente imprescindible, una de las más altas cimas de la humanidad. Una de las cosas más hermosas, honestas, serias y comprometidas que se pueda acometer. Les diría que se sientan extraordinariamente orgullosos de ser educadores, que es una de las tres o cuatro mejores cosas que se puede ser en este mundo.

Y en nuestra sociedad, a esos padres y a esas madres que a veces luchan con el factor tiempo a la hora de ofrecer la dedicación, la atención que requieren esos niños y esas niñas, ¿tendría algún mensaje que dirigirles?

Pues sí: que lo mejor lo tienen muy cerca. ¡Lo mejor: que son sus hijos!

¿Podría explicarnos el naturismo: “Urge enseñar no sólo a decrecer, sino también a desaprender”?

Sí, es que hay mucho peso muerto. Por poner una comparación, evidentemente un coche eléctrico, ligero y funcional cumple la misión de llegar a los sitios sin daños colaterales. En la educación pasa lo mismo: normalmente el ochenta por ciento de lo que se aprende es peso muerto; peso muerto y además incluso casi diríamos que contraproducente, porque no nos enseña a disfrutar de la vida, a convivir con los demás y con lo demás.

Hay demasiado estereotipo que forma parte de los planes de enseñanza que normalmente son auténticas losas, impedimentos en la vida para la justicia, e incluso para la democracia bien entendida. También hay que desaprender muchas de esas cosas.

Sabiendo que: “esto de la conciencia ambiental es como si estuviésemos saliendo a paso lento de un gran incendio” ¿tendremos el tiempo necesario para no sólo salvarnos, sino para atalantar nuestro planeta?

Esto es lo que nadie sabe, y menos mal, porque probablemente estamos más cerca de que sea demasiado tarde que de que estemos a tiempo; pero afortunadamente nadie lo sabe. Los procesos sinérgicos de replanteamiento escapan a cualquier análisis. Lo de estar a tiempo habría que verlo muy desde el punto de vista individual; individualmente siempre estamos a tiempo. Socialmente... pues estamos entre el “nunca” y el “siempre”, en un punto intermedio que, insisto, absolutamente nadie tiene capacidad para establecer un diagnóstico. Eso es así, lo que pasa es que más bien conviene que nos apuntemos a que la rectificación es posible.

Le voy a citar a continuación unas palabras; pidiéndole el primer pensamiento, idea o palabra que acuda a su mente. ¿De acuerdo?

Cómo no.

Encina...

Espíritu de nuestro paisaje.

 Especie invasora...

Un estúpido tropiezo.

Manantial...

¡Fundamental! Diálogo con los ojos.

Agua subterránea...

La madre del manantial.

Mar...

Cuna y tumba.

Jilguero...

El color que canta.

Hormiga...

Cooperación.

Burro...

Buen amigo.

Tela de araña...

Geometría ingeniosa.

Amanita caesarea...

Carne de la tierra.

Perversión...

¿Perversión?... En demasiados.

Bosque isla...

Arca de Noé.

Aire...

Primera materia prima.

Huella ecológica...

Peligrosa ignorancia.

Y la última: pictograma...

Escritura inteligente.

Bueno, llegamos a la última pregunta de esta entrevista. Hay quien refiriéndose a su prolífica obra alude a que es usted una persona hiperactiva. ¿Qué piensa al respecto?

En absoluto. Tengo mis nervios pero soy una persona bastante sosegada.

Os voy a remitir, si algún día tenéis oportunidad, al libro que comencé a escribir el 31 de diciembre [de 2011]. Se trata mi libro número cien y se llama Cómo me dio tiempo. Empieza con un gesto humorístico, porque la idea que inspira este libro viene de la cantidad de personas que me han preguntado “¿Cómo es posible que hayas podido hacer todo eso a lo largo de tu vida?”

Curiosamente, mi currículum no refleja ni la mitad de lo que he hecho en la vida, pero tampoco he sido yo un infatigable trabajador o un hiperactivo, en absoluto. He contado con la fortuna de que tengo una alta rentabilidad a la hora de escribir, que es lo que más tiempo demanda. Escribo con mucha facilidad, muy de corrido. Tengo que corregir muy poco, tengo que darle muy pocas vueltas a aquello que plasmo por escrito. Probablemente eso querrá decir que también hay muchos errores...

Soy el clásico improvisador. Quizás podríamos decir que soy muy eficiente en mi trabajo, que hago mucho con muy poco. En ese libro explico que la mayor parte del drama de nuestra sociedad es que se usa muy mal el tiempo. Tenemos unas pésimas relaciones con él. El tiempo nos tiene agotados a todos, a la mayoría de las personas. Y debería ser al revés: el tiempo puede ser un excelente aliado y un buen amigo.

Bueno, pues es así: ni soy hiperactivo ni soy ningún riguroso amante del trabajo, ni siquiera soy especialmente organizado a la hora de trabajar. Esto también lo cuento en el libro. Probablemente lo que me ha favorecido mucho es que soy tan capaz de compatibilizar cosas tan aparentemente distanciadas como tener una cámara de cine trabajando a la vez que estoy con mis cabras, o ser capaz de escribir un artículo mientras riego la huerta o cosas así. Pero para nada hiperactivo, ¡de hiperactividad nada!

Joaquín Araújo, le agradecemos el haber compartido su tiempo con nosotros, habernos hecho partícipes de su sensibilidad, de su claridad y honradez y de su pasión por la vida, por la naturaleza...

Muy bien, muchas gracias.

Artículo e imagen superior publicados previamente por "Clave XXI. Reflexiones y Experiencias en Educación", revista digital del Centro del profesorado de Villamartín, dependiente de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía. El texto fue editado originalmente con licencia CC, y se reproduce en The Cult con la misma atribución.

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