En la senda del jaguar

En la senda del jaguar Imagen superior © Javier Lobón-Rovira.

El pasado se encarnó en el presente de los primeros descubridores de América. Confundieron los manatíes con las sirenas de las antiguas leyendas griegas, y dejaron constancia de ello en sus diarios y escritos. Dio buena cuenta de ello el historiador, escritor y folclorista peruano José Durand Flórez en su libro irrepetible: Ocaso de sirenas. Esplendor de manatíes (FCE, 1950, reeditado en 1983).

Nuestro futuro, triste es decirlo, es la encarnación de la ausencia de ambas sirenas: la mitológica y la real.

La reserva donde estamos es una especie de isla, limitada por el mar en un extremo.  Hay una red de canales de agua dulce, similares a los paisajes selváticos que Coppola filmó en Apocalypse Now (1979). Pero también están las plataneras. Hace unos días, muchos peces aparecieron muertos en el canal, y desde el ministerio correspondiente se tomaron muestras de agua. Detectaron agro-tóxicos, insecticidas y otros biocidas, que dirigen las sospechas a las fumigaciones aéreas, una alternativa barata para el control de plagas. ¿Existen otras estrategias? Haberlas, haylas, pero son mas caras y el mercado manda.

El resultado es obvio: ambientes alterados, madereras arrasando el terreno, especies enviadas al olvido... Queda, sí, algún testigo en lo más recóndito de los restos del bosque primario. Por ejemplo, grandes ceibas, árboles con portes elegantes sobre pies que parecen de gigantes. A su abrigo, unos monos alborotan mientras juegan.

Ahí conocemos las vidas privadas de estos primates en espacios restringidos. Hace poco supimos que es muy breve el tiempo que les queda. Entre 20 y 50 años, nos dicen Anthony B. Rylands y los otros autores del estudio Impending extinction crisis of the world’s primates: Why primates matter.

Aquí había cuatro especies. Los monos carablanca todavía sobreviven en familias de ladrones, y los aulladores alborotan sobre todo en los días de tormenta. Pocos monos araña encontramos, pues han sido parte de la dieta de cercanas poblaciones indígenas. Pero a los pequeños titís ya no tendremos la suerte de verlos atravesar estos bosques tropicales.

No hay huellas en el sendero de los Pumas, y en contadas las ocasiones ha sido visto el jaguar en estos años. Son reyes despojados de sus bosques. Convertidos en felinos esquivos, han sido diezmados con la excusa del miedo. Y en estos reinos alterados, con la vida perseguida, nada se oculta en la espesura. En la playa buscan tortugas. Es el nuevo alimento en su dieta.

Visitamos lugares singulares, que conservan el aire de relatos coloniales. Destinos de especies migradoras. Colores y cantos peculiares despiertan en la charca de las Agamis. Garzas con colores rojo fuego y azulado, con el remate de un largo copete en los machos en celo. Hay nidos en las ramas, que se alzan elegantes y primorosos entre las hojas.

Son espacios al límite, donde siempre aparece otra especie con un futuro delicado. Y en este mundo compartido, no hay posible guerra entre la Agamis y el caimán. Una es dueña de los aires, los otros son los amos de las aguas.

No lejos de aquí, unos islotes llamados Bocas del Toro desaparecerán pronto debido al crecimiento de los mares. Con ellos se va una forma de vida local. Esto tiene su réplica en múltiples lugares del planeta, cercenando el espacio de las playas. La demanda social de agua deja arroyos y ríos sumidos en la sombra de lo que fueron. Y siempre, el solvente por excelencia es quien transporta cada vez mayor numero de sustancias ajenas.

¿El balance? Ranas que se fueron. Insectos olvidados. Bosques abatidos. El bosque tropical empieza a ser una caricatura de lo que encontramos en los antiguos textos.

Hay que asumir de lo que nosotros somos los responsables. En este contexto, las palabras vanas, a diferencia de los huevos vanos de las tortugas, no sirven para proteger la vida. Son cortinas que ocultan la sensibilidad y no contribuyen a la supervivencia.

Y en la senda del Jaguar no hay una realidad mítica esperándonos, como la que puebla los libros de Carlos Castaneda, fantaseador de la cultura de los indios yaqui mexicanos. La senda del Jaguar ya solo conduce a un país bastante más prosaico, ese que ha fotografiado en toda su crudeza Nick Brandt en el libro Heredad el polvo, Inherit The Dust (Edwynn Houk Editions, 2016). Todo nuestro.

Copyright del artículo © Javier Lobón-Rovira y Antonio García Valdecasas. Reservados todos los derechos.

Javier Lobón-Rovira y Antonio G. Valdecasas

Javier Lobón-Rovira es licenciado en Biología y tiene un Máster en Biología de la Conservación. Alterna su labor investigadora con la fotografía de flora y fauna. Como fotógrafo, atesora una larga experiencia que le dado la oportunidad de visitar más de veinte países.

Antonio G. Valdecasas es investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y uno de los miembros del comité internacional de expertos del Instituto Internacional para la Exploración de Especies (IISE).

Imagen del banner inferior: rana verde de ojos rojos, Agalychnis callidryas (Reserva Pacuare, Costa Rica). Imagen del avatar superior: rana flecha roja y azul, Oophaga pumilio (Reserva Pacuare, Costa Rica). (Fotografías de Javier Lobón-Rovira)

DECLINACION

Sitio Web: mncn.csic.es

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