En el mar de Pablo Neruda

Imagen superior: Roberto Verzo, CC. "Miles de pequeñas puertas submarinas –escribe Neruda en Reflexiones desde Isla Negra– se abrieron a mi conocimiento desde aquel día en que don Carlos de la Torre, ilustre malacólogo de Cuba, me regaló los mejores ejemplares de su colección. Desde entonces y al azar de mis viajes, recorrí los siete mares, acechándolos y buscándolos. Pero debo reconocer que fue el mar de París el que, entre ola y ola, me descubrió más caracoles. Todo el nácar de las oceanías había transmigrado a sus tiendas naturalistas, a sus mercados de pulgas".

Hace unos años, recorriendo la exposición de las caracolas coleccionadas por Pablo Neruda me vino a cuento citar estos versos de su poema llamado, justamente, «El mar»: «Necesito del mar porque me enseña:/ no sé si aprendo música o conciencia:/ no sé si es ola sola o ser profundo/ o sólo ronca voz o delumbrante/ suposición de peces y navíos.»

No es la única vez que el poeta ha invocado al mar en su oceánica obra en verso. Y lo ha hecho con una constancia y una insistencia parecidas al rítmico juego del agua marina. La vida es una suerte de movimiento diario de aquellas ondas y éstas, a su vez, páginas repetidas de un calendario.

A veces, en lo íntimo del escritor, hay un pequeño mundo, «una ola hecha de todas las olas», de modo que el mar se torna imagen del universo y, al mismo tiempo, del ser humano como miniatura de ese universo.

Imagen superior: Dawn Ellner, CC. "Lo mejor que coleccioné en mi vida –nos dice el poeta en Reflexiones desde Isla Negra– fueron mis caracoles. Estos me dieron el placer de su prodigiosa estructura: la pureza lunar de una porcelana misteriosa, agregada a la multiplicidad deformas, táctiles, góticas, funcionales".

La insistente constancia de aguas y de días llevó a Neruda a recoger durante su vida estos restos de animales marinos que, vaciados de sus tejidos blandos, se tornan blanquecinos o pardos instrumentos musicales del más meditado barroquismo.

Acaso por este acercamiento al mundo de la música, el poeta, que también se rinde a las sugestiones musicales de la palabra verbal, se fascina con estas piezas que la muerte ha convertido en inopinadas obras de arte y de artesanía. Son «frutos submarinos, góticas caracolas, erizados erizos».

El fruticultor y el alfarero de estas muestras barrocas o góticas, es el mar, el que pule la roca con paciencia hierática y, al cabo de siglos, convierte el áspero pedruzco en suave canto rodado. Y ahí tenemos de nuevo la poesía surgiendo del mar: un canto que rueda como rueda la palabra por los senderos del poema.

Imagen superior: Bob Peterson, CC. En sus Memorias, escribe: "Tuve las especies más raras de los mares de China y Filipinas, del Japón y del Báltico, caracoles antárticos y polymitas cubanas, o caracoles pintores vestidos de rojo y azafrán, azul y morado, como bailarinas del Caribe . A decir verdad, las pocas especies que me faltaron fue un caracol del Matto Grosso brasileño, que vi una vez y no pude comprar, ni viajar a la selva para recogerlo. Era totalmente verde, con una belleza de esmeralda joven. (...) Los libros de caracología o malacología, como se les llame, llenaron mi biblioteca. Un día lo agarre todo y en inmensos cajones los lleve a la Universidad de Chile, haciendo así la primera donación al alma mater."

La caracola encierra una sombra. Al poeta se le ocurre que esa sombra circula como un grito. Al ir en su busca, se encuentra con el silencio, uno de esos majestuosos silencios marinos de la calma chicha. El poeta recoge la caracola y la aplica a su oído. Escucha, entonces, la secreta y confidente voz del mundo.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en el diario ABC. El texto aparece publicado en The Cult con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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