El pez que llegó de las Comores

El pez que llegó de las Comores Celacanto © Agency for Science, Technology and Research. Reservados todos los derechos.

El pez se desplazaba lentamente, moviendo con elegante pereza sus extrañas aletas. El sorprendente animal, robusto y de un color azul grisáceo, cambió repentinamente su rumbo y se dirigió a su refugio: una cueva submarina formada por las rocas volcánicas del fondo del océano índico.

La escena que observaba Margaret Smith en la pantalla había sucedido miles de millones de veces desde que los ancestros del estrambótico pez aparecieron en los mares del Devónico, hace unos 400 millones de años. La señora Smith era, sin embargo, de las primeras personas que tenían la oportunidad de contemplar el fascinante espectáculo de aquel exótico pez nadando en su ambiente natural.

Smith se encontraba internada en un hospital de Sudáfrica, en donde los médicos intentaban sin éxito controlar el cáncer que consumía el cuerpo de la anciana. Corría el año de 1987 y la señora había accedido a recibir la visita de Hans Fricke, un naturalista y fotógrafo de la naturaleza que le mostraba en esos momentos las primeras filmaciones de un animal que Smith conocía muy bien.

Mientras los azulados reflejos de la pantalla se proyectaban en el rostro de la señora, sus labios esbozaron una leve sonrisa al recordar la primera vez que había visto un celacanto, casi 35 años atrás.

Margaret evocó con emoción la víspera de la Navidad de 1952, o más precisamente el momento en que su esposo, el profesor J. L.B. Smith irrumpió en la casa vociferando con excitación que acababa de recibir un telegrama urgente proveniente de las islas Comores. Recordó con alegría la forma torpe y excitada con la que su marido rasgó el sobre y su azorada expresión cuando leyó el mensaje: "TENGO CELACANTO EN ISLAS COMORES. VENGA POR ÉL. ERIC HUNT."

Su demacrado cuerpo se estremeció al recordar cómo su esposo y ella se dieron cuenta de que la larga búsqueda parecía por fin llegar a su fin. La historia de la búsqueda de los Smith, recordó Margaret había comenzado de manera fortuita 14 años atrás.

El 22 de diciembre de 1938 los habitantes de East London, pequeña población en la costa sudoriental de Sudáfrica, recibían con alegría el comienzo del verano austral y hacían los preparativos para festejar la Navidad. Mientras tanto, Marjorie Courtenay-Latimer, la joven y curiosa curadora del museo local, se encontraba en el puerto examinando los peces que se estaban descargando de un barco proveniente del océano índico.

De pronto, le llamó la atención un ejemplar de apariencia insólita: de más de metro y medio de longitud y cerca de 60 kilos de peso. El extraño animal destacaba además por su cuerpo fornido, su color gris con tintes azulados, sus escamas gruesas y rasposas y, sobre todo, por sus musculosas aletas.

Tratando de ocultar su emoción, la señorita Courtenay-Latimer hizo los arreglos necesarios para trasladar aquel "pesado, sucio y aceitoso pez" al museo. Mientras la mayoría de los habitantes del lugar se ocupaba de realizar sus compras navideñas, la diligente naturalista se encerró en su laboratorio a examinar el extraño especimen, tratando de ubicado en algún lugar de la clasificación zoológica. Después de largas horas de cuidadosas comparaciones y búsquedas en las claves de identificación de peces, la afanosa curadora tuvo que darse por vencida, percatándose de que se encontraba frente a una forma totalmente nueva que desafiaba sus conocimientos taxonómicos.

Phil Dragash, CC

Frustrada, dibujó un boceto del animal y lo envió a un conocido suyo, el proíesor J. L. B. Smith, experto ictiólogo de la Universidad Rhodes en Grahamstown. Cuando el avezado científico examinó el dibujo pensó que se le estaba jugando una broma. Los trazos de Courtenay-Latimer, simples pero definidos, mostraban un pez cuya forma del cuerpo, las aletas y el extraño apéndice al final de la cola (llamado lóbulo epicaudal) correspondían con exactitud a las ilustraciones que Smith conocía de un tipo de peces llamados celacantos. Sólo había una inconsistencia: los celacantos se conocían únicamente de material fósil, y se consideraba que el grupo se había extinguido a finales del Cretácico, hace 60 millones de años. Encontrar vivo un pez como éste, pensó Smith, sería equivalente a toparse con un dinosaurio a la vuelta de la esquina.

Los celacantos, recordó Smith, pertenecen a un grupo de peces primitivos, los crosopterigios, que se caracterizan, entre otros atributos, por sus aletas lobadas, dotadas de músculo y hueso. Se cree que este grupo de peces dio origen al anfibio hipotético que sería el ancestro de todos los vertebrados terrestres.

Smith, aún incrédulo, llegó a la conclusión de que el pez rescatado por Courtenay-Latimer era no sólo de una especie nueva para la ciencia, sino que se trataba de un auténtico fósil viviente. Bautizó el pez con el nombre Latimeria chalumnae, en honor de la joven naturalista y en recuerdo del río Chalumna, en cuya desembocadura se había capturado el extraño animal.

Desafortunadamente, para cuando Smith tuvo oportunidad de visitar el museo de East London, las partes blandas del celacanto ya se habían descompuesto y habían sido desechadas. Smith, obsesionado desde entonces por obtener un ejemplar intacto del celacanto, comenzó una campaña extraordinaria que duró varios años.

El ictiólogo repartió entre los pescadores del Océano Índico volantes en los que se ofrecía una jugosa recompensa a cualquier persona que proporcionara información que llevara a la obtención de un segundo ejemplar del celacanto. Durante catorce largos años, contando la interrupción causada por la Segunda guerra mundial, el profesor y su esposa repartieron miles de volantes en todos los puertos del África oriental, pero no habían encontrado respuesta.

Cuando las esperanzas casi se habían desvanecido, Margaret aprovechó un viaje a Zanzíbar para repartir volantes entre los pescadores del lugar. Uno de los impresos llegó a manos de Eric Hunt, un inglés que capitaneaba un esquife mercante atracado ese día en Zanzíbar para ser reaprovisionado. Meses más tarde, Hunt tuvo noticia de un pez, muy parecido al que se ilustraba en los volantes, que había sido llevado a un mercado por un pescador de la isla Anjouan, llamada ahora Ndzuwani en el idioma local de las Comores.

Sabiendo de la importancia del ejemplar, y seguramente también pensando en su recompensa, Hunt lo saló y le inyectó conservadores y envió el telegrama a Smith.

Margaret regresó a la realidad cuando Fricke le hizo un comentario sobre lo difícil que había sido filmar la escena que en esos momentos aparecía en la pantalla. La señora asintió levemente y regresó a sus evocaciones del pasado.

Recordó cómo su marido se encontraba frente a un problema al parecer sin solución: había un celacanto en las Comores, a casi 3 000 kilómetros de Grahamstown, era la víspera de la Navidad y el profesor carecía de los medios económicos para ir a recogerlo. Sin embargo, Smith era un hombre de variados recursos y rápidamente encontró una solución: se comunicó con el primer ministro sudafricano y consiguió en pocas horas un avión militar para ir a recoger el celacanto.

Las peripecias del viaje de Smith a las Comores aparecieron en la primera plana de varios periódicos de la época. El profesor sudafricano estaba tan obsesionado por su descubrimiento que en el viaje de regreso insistió en permanecer en todo momento junto al celacanto.

Existe una fotografía famosa que muestra al profesor dormido y, a unos pocos centímetros de su cama, la caja que contenía los restos del tan buscado animal.

La llegada del celacanto a Cape Town constituyó todo un acontecimiento que culminó cuando Smith abrió la caja para mostrarle al primer ministro el ejemplar que con tanta tenacidad había buscado durante 14 años. Era un momento de gloria para Smith y una fecha memorable para la ciencia.

Margaret, que había sido testigo del momento en que su esposo mostró orgulloso el cuerpo del segundo celacanto que se conocía, observaba ahora las escenas que Fricke y su equipo habían logrado en las cercanías de la isla Ngazidja (conocida también como la Gran Comore). Fricke explicó que habían usado un sumergible de dos plazas para explorar las profundidades del Océano Índico para finalmente capturar en celuloide al elusivo celacanto. La señora Smith evocó la euforia que causó la obtención del primer ejemplar intacto de celacanto. Rememoró todas aquellas primeras planas de los periódicos y las reseñas en las revistas más populares de los años 50. Recordó también que no todo mundo estaba tan contento con el fantástico descubrimiento de su esposo.

El gobierno francés sintió que la incursión de un grupo de extranjeros a las Comores, que en aquella época eran colonia francesa, a robar lo que catalogaron como un tesoro científico, constituía una afrenta a su soberanía. En respuesta, Francia emprendió un programa de búsqueda de celacantos encabezado por el profesor Jacques Millot, del Museo de Historia Natural de París. Se encomendó al Instituto de Investigaciones Científicas de Madagascar la coordinación del programa, que incluía el reparto de muchos miles de volantes que ofrecían una recompensa superior a la que otorgaba Smith y el establecimiento de puestos de embalsamamiento de ejemplares en varios puertos del océano índico. El programa dio frutos rápidamente, y en menos de dos años habían llegado a Tananarive, la capital de Madagascar hoy llamada Antananarivo, seis ejemplares adicionales del celacanto.

A lo largo de los años, más y más ejemplares del celacanto fueron agregándose a las colecciones científicas.

A pesar de ello, nadie había observado nunca un celacanto vivo y se ignoraba prácticamente todo acerca de su historia natural. No fue sino hasta mediados de los 80 que Fricke y sus colaboradores comenzaron la búsqueda del celacanto en su medio natural. Por los registros que se tenían de ejemplares capturados por pescadores, Fricke sabía que las cercanías de las islas Comores eran el lugar ideal para emprender su aventura. Por las características físicas del pez (sobre todo por sus robustas aletas y por sus ásperas escamas), Fricke infirió que su hábitat natural podría ser el fondo rocoso que se encuentra a unos 200 metros de profundidad cerca de la Gran Comore.

Sorprendentemente, Fricke y su equipo coronaron con éxito su aventura en poco tiempo y lograron la filmación del fósil viviente. Como un homenaje a la tenacidad e impulso de los Smith, Fricke decidió visitar a Margaret, ya viuda y desahuciada, para mostrarle las sorprendentes imágenes que había logrado producir. Al terminar de ver el material fílmico de Fricke, la anciana agradeció el gesto del fotógrafo y acertó a decir: "Ahora el ciclo de mi vida se ha cerrado". La valerosa señora Smith falleció unos cuantos meses después.

Bibliografía

Fricke, H. 1988. Coelacanths: the fish that time forgot. National Geographic 173(6): 824-838 (junio de 1988). Historia de las primeras observaciones de los celacantos en su ambiente natural.

Fricke, H. y K. Hissmann. 1990. Natural habitat of the coelacanths. Nature 346:323-324. Descripción técnica del hábitat de Latimeria chalumnae.

Copyright del artículo © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Sitio Web: hectorarita.com/
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