El petr贸leo, la biosfera y el colapso de la civilizaci贸n

A comienzos de 2015, cual Anno Salutis Humanae, los humanos terrícolas suspendieron la búsqueda de petróleo en las Islas Canarias. No fue porque la presión popular se incrementase en virtud de principios superiores al 鈥抍omo dicen en lengua vulgar鈥 ándeme yo caliente, o porque algún tipo de bendición ultraterrena dibujase auras filoecológicas en plan Francisco de Asís entre los líderes comunales y profesionales de la cosa. Sencillamente, y de acuerdo con las formas de pensar a las que a esta especie de humanos suele limitar su poco trajinado sistema nervioso, no encontraron negocio.

2014 fue año de debates al respecto. Según la ciencia manejada por la sofística imperante, no había problema alguno. Los expertos afirmaban –afirman, si se quiere en términos universales— que no había –hay, o sea, por aquello de ser racionales y que sirva de precedente para futuras prospecciones—  motivo para tanto alboroto, y que todo está bien.

Los expertos mencionados son geólogos; el respeto medioambiental gira en su caso en torno a riesgos sísmicos, derrames y tal.

En términos políticos y sociales, predomina la cuestión de si el asunto es bueno o no para la economía; si afecta al turismo o si favorece la creación de empleo. Lo demás se antoja secundario. Ya se sabe, los animalitos y otros temas menores…

Sirva el ejemplo de Canarias no para analizar el caso concreto en cuestión, sino como plano corto que ejemplifica qué piensan los terrícolas de la vida y cómo les va, y, a partir de él, ir ampliando el escenario hacia un gran plano general.

Nos centraremos, por consiguiente, en el tema de los animales, en cuyo reino se incluye, aunque él no lo sabe, el homo sapiens. Y es que, en las mismas leyes naturales que pretende que no le afectan, está inscrita su propia extinción, si no como especie, sí como suceso civilizatorio.

Comenzaremos, pues, por la fauna y acabaremos por esa declaración de la acción civilizatoria que ha de condenar a la autodenominada especie sapiens.

Delfín de cabeza de melón (Peponocephala electra) © WoRMS for SMEBD, World Register of Marine Species, CC

Fauna vs Petróleo

Un estudio publicado en octubre de 2013 por la Comisión Ballenera Internacional (IWC, International Whaling Comission) concluía que la tecnología usada en la búsqueda de nuevos yacimientos submarinos de gas y petróleo fue la responsable de la muerte de un centenar de delfines de cabeza de melón en las costas de Madagascar en verano de 2008.

Según la investigación, la petrolera ExxonMobil usó un tipo de sónar de alta frecuencia para cartografiar el fondo marino en el Índico que interfirió los sistemas de orientación y comunicación de los cetáceos. El sonido los hostigó hasta el punto de hacerles abandonar su hábitat en mar abierto y buscar refugio en aguas menos profundas.

El uso de ecosondeos de alta frecuencia se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para la protección de los mamíferos marinos, dice Michael Jasny, analista del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales, de Estados Unidos.

Ésta práctica se suma así a otros métodos ya denunciados por los grupos de protección de defensa medioambiental, como las inspecciones sísmicas, los sónar de largo alcance o el tránsito de barcos por las zonas de concentración de ballenas y delfines.

El ecosónar de ExxonMobile puede ser oído por los delfines en un área de cientos de kilómetros cuadrados, y el problema es que no existe control alguno sobre el uso de estos aparatos.

Son frecuentes los casos de ballenas y delfines varados en masa a lo largo y ancho del planeta para los cuales no existe ninguna explicación concreta. Un ejemplo al vuelo tomado de una búsqueda en Google es el que tuvo lugar en Islandia el 7 de septiembre de 2013, pocos días después de que otro grupo de ballenas arribaran a las costas del norte de Escocia.

Según la hipótesis referida, ambos episodios habrían tenido una causa común: las inspecciones sísmicas llevadas a cabo en el Atlántico Norte, pues tales actuaciones se caracterizan por provocar el caos en los grupos afectados y condiciones de pánico en los animales, que es lo que los biólogos observaron en Escocia e Islandia.

Nutria marina (Enhydra lutris) cuidando a su cachorro en la costa californiana (Autor: "Mike" Michael L. Baird, CC)

Un poco de contexto

La naturaleza se rige según las leyes de los sistemas dinámicos complejos, lo que más comúnmente se conoce como efecto mariposa: en condiciones iniciales de un determinado sistema natural, la más mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione en formas totalmente diferentes e inesperadas.

En los años noventa, el águila calva de América del Norte estuvo al borde de la extinción por culpa de la caza de ballenas en Japón, en un enredo planetario que afectaba a varias especies animales. Como ejemplo de que la metáfora es algo más que una ligera ocurrencia, sirva el siguiente pasaje, escrito hace unos cuantos años por John Lienhard, profesor emérito de la Universidad de Houston, y que quien esto escribe se ha tomado la licencia de traducir:

"Las nutrias marinas están desapareciendo de las aguas de Alaska. Las nutrias son animales inteligentes y juguetones. Se las considera capaces de usar herramientas, pues se colocan una piedra en el pecho y luego abren las almejas y los mejillones al golpear contra ella.

El New York Sciences Times cuenta ahora una preocupante historia de detectives en torno a la disminución de la nutria marina. Casi exterminadas por los comerciantes de pieles del siglo XIX, desde entonces su número había aumentado de manera constante. Todas las poblaciones de animales fluctúan, por lo que los ecólogos marinos del Servicio Geológico de EE.UU. no se alarmaron cuando la población de nutrias decreció en 1990.

Pero la repentina disminución demostró ser mucho más que ruido estadístico. En 1993 la población de nutrias en Alaska se redujo a la mitad, y hoy es sólo una décima parte de lo que era antes de 1990. ¿Por qué?

En 1991, los investigadores observaron algo inesperado. Una orca, la ballena asesina, fue vista devorando una nutria. Supuestamente, las orcas y las nutrias conviven juntas. Más avistamientos de este tipo confirman la terrible verdad. Pero ¿por qué las ballenas se han vuelto de repente contra las nutrias?

Además, los ecologistas descubrieron que la población de percas marinas y de arenques también estaba en declive. Las orcas no se alimentan de estos peces, pero sí lo hacen focas y leones marinos. Y focas y leones marinos suponían hasta entonces la cena de las orcas. Y efectivamente, la población de focas y de lobos marinos también había disminuido.

Así que las nutrias han desaparecido porque los peces que no eran su alimento se han desvanecido. Ahora, propaguemos la onda: las nutrias ya no están allí para comer los erizos que hay en el fondo marino, por lo que la población de erizos de mar se ha disparado. Los erizos de mar viven de los bosques de algas que crecen en el lecho marino, por lo que están acabando con ellas. Las algas, a su vez, han sido el hogar de los peces de los que gaviotas y águilas se alimentan. Al igual que las orcas, las gaviotas pueden encontrar otros alimentos, pero las águilas no pueden, así que tienen un problema.

Ahora bien, todo esto parece haber comenzado con el declive de la perca marina y del arenque, pero ¿por qué están muriendo? Pues bien, los balleneros japoneses han estado matando a la variedad de ballenas que se alimenta de los mismos organismos microscópicos de los que se alimenta el abadejo. Con más para comer, el abadejo se multiplica rápidamente. A su vez, ataca a la perca y al arenque, que eran el alimento de focas y leones marinos. Así que todo este caos se reduce a la masacre de las ballenas".

Dos décadas después, el mayor enemigo de los cetáceos no es el ballenero, sino la tecnología al servicio de la exploración petrolera, cuyos efectos a largo plazo se ignoran pero sin cuyo éxito a corto no es viable el ritmo de vida de las autodenominadas sociedades desarrolladas, que entienden la existencia en términos de consumo gratuito y no de cobertura de necesidades.

“¿Dónde está el límite entre necesidad y capricho?”, se preguntó un buen día Ortega y Gasset, y escribió su respuesta en Meditación de la técnica. A ella, a la técnica, se refería como “la reforma que el hombre impone a la naturaleza en vista de la satisfacción de sus necesidades”. El problema, dice Ortega, es determinar cuáles son las necesidades elementales y cuáles las superfluas.

En un ser cuyo fin no es estar en el mundo, sino estar bien a pesar del mundo, ese límite entre necesidad y desvarío apenas existe. Según se extrae de la ideología predominante, es necesario conservar el sistema aunque éste haga desaparecer el espacio vital que hace posible cualquier sistema.

Beluga (Delphinapterus leucas) (Autora: Tiffany Terry, CC)

De qué va eso de la vida

El ecólogo Jaume Terradas, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona, acuñó en su día el denominado “síndrome de Faetón" para describir la situación en que se encuentra el mundo: Faetón quiso conducir el carro del Sol confiando en su fuerza y juventud, pero los caballos se desbocaron y el hijo de Febo perdió el control, de modo que el carro solar comenzó a incendiar los territorios por los que pasaba.

En un ensayo firmado por Terradas y Josep Peñuelas, los autores consideran la necesidad de integrar la cultura, en cuanto que resultado natural de la evolución de la vida, en las teorías ecológicas; es decir, aplicar un marco biológico a los estudios sociales y económicos, en un intento por cambiar la percepción de la biosfera y la manera en que es explotada.

El desvarío de Faetón acabó con su muerte. Zeus tuvo que fulminar el carro solar para evitar que la catástrofe fuese a más. Al igual que el efecto mariposa, no es una simple imagen literaria: cuando en un medio surge una amenaza, las mismas leyes naturales que hacen posible la vida determinan su extinción. Es una sencilla cuestión de economía para regir sistemas complejos.

Según explican los ecólogos mencionados, ha de contemplarse la vida como un fenómeno complejo y diverso que se rige por unas pocas leyes físicas que originan tres procesos fundamentales: combinación, innovación y muerte. A través de ellos, la vida se puede entender como la extracción y acumulación de la información contenida en el caos entrópico que es la esencia del universo.

El proceso de combinación hace que las partículas se agrupen en átomos, y éstos en moléculas; ciertas moléculas forman genes y permiten la transferencia de información por la que las especies acumulan conocimiento y generan nuevas herramientas para la vida.

Las copias producidas en esas transferencias sufren modificaciones a través de mecanismos genéticos y otros procesos de mutación. Este es el proceso de innovación por el que se amplía la variedad en cada nivel de vida. La complejidad surge de unas pocas piezas y sus innumerables posibilidades combinatorias, al estilo de un alfabeto de veinticinco letras del que emerge toda la cultura de una civilización.

En el caso de la vida, se trata de un alfabeto de más de cien elementos químicos, por lo que las posibilidades resultan inabarcables para la mente humana.

Tortuga verde (Chelonia mydas) (Autor: Kydd Pollock, USFWS - Pacific Region, CC)

Los ecosistemas no son entornos cerrados, dependen del traspaso de energía de un sistema a otro. Por ejemplo, la evaporación y la transpiración extraen el agua del interior de la tierra y la devuelven al ciclo de intercambio, y la radiación solar introduce energía permanentemente en el hábitat planetario.

La vida depende del flujo energético que alimenta el metabolismo: el inicio de la cadena se encuentra en la fotosíntesis de las plantas, proceso por el cual la luz se introduce en la cadena alimentaria de los seres vivos. Los ecosistemas son redes jerárquicas formadas por especies interrelacionadas en un entorno físico-químico que disipan el flujo de energía en una serie de pasos progresivos.

Cuanto más complejo es el sistema, mayor cantidad de información contiene. A día de hoy, el gran reto de las ciencias biológicas es comprender cómo la información se acumula en los organismos y ecosistemas.

Y ese reto deberá superarse antes de que sea demasiado tarde para superar reto alguno; porque la acumulación de información es un proceso continuo salpicado por destrucciones discontinuas.

Frente a la complejidad que es la vida como organizadora del caos, los procesos destructivos son muy sencillos: dispersan muy rápidamente la información acumulada y, debido a lo irreversible del proceso entrópico, la reconstrucción en igualdad de condiciones es imposible. Exige un comienzo desde cero que deriva en resultados muy diferentes debido a lo impredecible de las variantes.

Cuando algo falla, como dicen Terradas y Peñuelas, la solución más económica, en términos de las leyes de la termodinámica, es la muerte. Es lo que ocurre en todo ecosistema que precisa de una restauración. La Tierra parece  ajustarse a ciclos periódicos de destrucción, al igual que ocurre con las estrellas y, por qué no, al igual que podría decirse del Big Bang como proceso regenerador de universos.

Toda la vida responde al proceso termodinámico donde la entropía aumenta hasta que el sistema colapsa. Se trata de una protección natural que evita el estancamiento y asegura el movimiento permanente, el flujo de energía necesaria para que el trabajo continúe.

En la historia de la Tierra, tras las grandes extinciones, los organismos supervivientes se expanden y evolucionan rápidamente en una nueva distribución de la energía que permite el desarrollo de potenciales vetados en el sistema anterior, como ocurrió con la eclosión de los mamíferos tras la extinción de los dinosaurios, cuyo dominio del territorio había impedido el crecimiento y desarrollo de los posteriores dominadores del planeta.

Es así, mediante el barrido general, como la vida evoluciona hacia estructuras más complejas y heterogéneas. Y esto incluye, según defienden Peñuelas y Terradas, los aspectos culturales de toda civilización.

Fotografiado en 1924, este cazador inuit posa junto a un oso polar al que acaba de dar muerte.

La acción civilizatoria y su condena

En un artículo de la revista New Scientist publicado en 2012, el antropólogo Luke Premo, de la Universidad de Washington State, se atrevía a afirmar que existe una alta probabilidad de que la historia del ser humano haya contemplado más pérdidas de conocimientos que ganancias. El artículo menciona los estudios de Peter Richerson, biólogo de la Universidad de California, quien muestra que el progreso tecnológico no es una curva en ascenso exponencial, sino que se rompe en escarpadas caídas y muestra retrocesos radicales.

La versión antropológica tradicional suele considerar que una cultura evoluciona gracias al aprendizaje social, es decir, la transmisión de conocimientos a los nuevos miembros de la comunidad, y la imitación de comportamientos hasta reproducirlos con fidelidad.

Sin embargo, existe otra idea que parece cobrar fuerza: la innovación. Se trata de la aplicación de la teoría de las mutaciones al aspecto cultural: la introducción de “errores de copia”, intencionados o no, que terminan proporcionando alguna ventaja adaptativa y sobreviven a las costumbres anteriores.

Siguiendo el artículo citado, la relación entre medio ambiente y creatividad del ser humano es el aspecto fundamental para el progreso. Al principio, una tecnología simple, como un hacha de sílice, no permite grandes mutaciones, pero es obvio que el potencial para innovar crece cuando la complejidad permite aplicar variaciones más numerosas en las herramientas. Esto quiere decir que la clave no está en la evolución de la creatividad humana, sino en las posibilidades que el medio ofrece para exteriorizar esa creatividad.

Robert Dowling, "Grupo de nativos de Tasmania", 1859.

Hace 12.000 años, Tasmania perdió contacto físico con Australia por la subida del nivel del mar. Los restos arqueológicos de la época muestran una cultura capaz de pescar con redes, cazar con boomerang o tejer ropas preparadas para soportar temperaturas muy bajas. Sin embargo, cuando los europeos descubrieron la isla, se encontraron con una de las culturas más atrasadas del planeta.

Según Stephen Shennan, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Londres, el aislamiento provocó la incapacidad para seguir innovando. La baja densidad de población y las escasas opciones para intercambiar conocimientos fueron las principales causas del paso de una tecnología superior a otra inferior.

¿Qué tiene que ver todo esto con el mundo de hoy?

La tecnología no es más que la consecuencia de unas circunstancias favorables. En el tiempo presente, las condiciones ofrecidas para el progreso tecnológico parecen insuperables, pero hay otros aspectos que no se pueden ignorar y que hacen que la situación sea más compleja de lo que parece bajo una mirada superficial.

La incapacidad para seguir innovando tiene mucho que ver con las ideas y creencias, pues ellas también forman parte del medio. En la Edad Media, era el temor a morir en la hoguera. En la actualidad, es el miedo a dañar la reputación y perder las oportunidades de forjarse una carrera el que hace que muchos se nieguen a cuestionarse públicamente campos marcados con fuego por el sistema establecido, incluyendo el pretendidamente más allá de las pasiones humanas ámbito académico tecnocientífico.

Cita el artículo de New Scientist a Alex Mesoudi, antropólogo de la Universidad de Durham, quien ha estudiado la evolución de las publicaciones científicas y patentes. Su conclusión es que los estudiantes han sacrificado la capacidad innovadora por tiempo para asimilar el conocimiento acumulado por las generaciones previas.

A ello se suma un fenómeno más para garantizar el declive tecnológico: la excesiva especialización. Que uno sepa construir coches no implica que sepa cómo funcionan, sólo conoce la posición en que se colocan las piezas, de manera que su experiencia es inútil frente a cualquier cambio en las circunstancias que obligue a una forma diferente del proceso creativo.

Los japoneses, se usa como ejemplo en el texto citado, forjaron durante siglos sus espadas samuráis bajo la misma técnica, no por orgullo tradicional, sino porque el coste de la forja era tan elevado que no animaba a experimentar con ella y cometer errores.

Si el aspecto coste/beneficio adquiere importancia, el estancamiento tecnológico es inevitable, dice Stephen Shennan.

El pretendido progreso tecnológico depende de la creatividad y de la relación con el medio ambiente; ninguno de estos dos factores es tenido en cuenta hoy en día. A pesar de las apariencias que una mirada superficial ofrece, esta civilización se ha estancado en una tecnología que no cumple ningún propósito de evolución. Todo lo contrario.

Mike Weightman, del Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA) examina el Reactor 3 de la central nuclear de Fukushima el 27 de mayo de 2011 © IAEA Imagebank, Greg Webb, CC

La sociedad contemporánea no desarrolla tecnología para prosperar como seres humanos, sino para aumentar los márgenes de beneficio, con lo que se sacrifican todos los demás aspectos que permitan una verdadera evolución.

En la Grecia clásica, la tekhnéera una combinación de tecnología y arte gracias a la cual el demiurgo creó el Cosmos. Es decir, la técnica asociada al amor por la vida. Cuando la tecnología queda disociada de la tekhné, deriva hacia un tipo de proliferación maníaca que responde al concepto griego de hybris, un orgullo desmedido por el que los humanos se creen dioses.

Al creerse dioses, la vida es lo de menos. Prevalece la “la lujuria del poder”, por usar las palabras de Raimon Panikkar. La relación entre ciencia y poder es la que la orienta hacia el beneficio personal, hacia la rentabilidad y utilidad de sus productos.

Entonces, en los debates imperan las leyes de la economía, la democracia es la excusa para fomentar la pleonexia y las ciencias se reducen al apoyo de tecnologías muertas. Ya “no nos conformamos con beber la leche del pecho de la Madre Tierra, queremos explotarla desde el momento en que tenemos el poder de hacerlo”, dice Panikkar.

Y, así, cuando se llega a este punto de estancamiento en que se impide el correcto flujo de la vida/información, el barrido es inevitable.

Lo dicen las leyes de la termodinámica.

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Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, publicados principalmente en su blog Erraticario, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.

Esa labor de investigación le lleva a conocer y comprender el desarrollo de la Tercera Cultura, que establece puentes entre las ciencias y las humanidades.

García del Valle escribe alternando el rigor de un científico y la curiosidad de un viajero –tras varios años de trabajo en Irlanda e Inglaterra, regresó a España, donde sobrevivió como cocinero durante algunos años–. Sin embargo, por encima de todo, el suyo es el punto de vista de un divulgador.

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