El enigma del gato de algalia

El enigma del gato de algalia Imagen superior: civeta de las palmas (Paguma larvata) (Autor: Denise Chan, CC)

"He visto muchas veces un gato sin sonrisa. ¡Pero una sonrisa sin gato!" (Lewis Carroll, "Alicia en el País de las Maravillas")

En diferentes momentos de su aventura en el País de la Maravillas Alicia se encuentra con un extraño gato que, en partes o completo, desaparece y se aparece para dar rebuscados consejos a la desorientada niña. De los muchos personajes creados por el torcido e ingenioso humor de Carroll, uno de los más enigmáticos e interesantes es este gato de Cheshire. En un momento del relato, Alicia, perdida en el bosque, pregunta al sonriente gato:

—“Minino de Cheshire… ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?”

—“Eso depende en gran medida de adónde quieras llegar” —le contesta el felino.

—“No me preocupa mucho adónde…” —refuta la pequeña niña.

—“En ese caso, poco importa el camino que tomes” —sentencia el misterioso gato.

Este pequeño diálogo del libro de Carroll ha servido de metáfora en numerosas ocasiones para señalar lo difícil que es decidir sobre la vida si no se ha esclarecido con certeza el destino al que se desea llegar, incluso se ha utilizado para hacer mofa de los políticos con problemas para tomar decisiones.

En el contexto actual, también es una metáfora para referirse a uno de los problemas médicos más serios de 2003: el surgimiento del SARS o síndrome severo respiratorio agudo y de otras enfermedades causadas por variantes de virus de animales. Como en la mejor de las paradojas de Carroll, la búsqueda del agente causante del SARS y la implementación de estrategias de control tienen que ver con un gato que no es gato, implican autoridades que parecen más arbitrarias que la Reina de Corazones y recuerdan vivamente el dilema de Alicia respecto al camino a seguir en la vida.

Nuestra historia comienza en noviembre de 2002, cuando casi de la nada apareció una nueva variedad de virus en la provincia de Guangdong, en el sureste de China. Ante la negligencia de las autoridades chinas, en poco tiempo el virus se extendió rápidamente a varias partes del mundo, infectando a cerca de ocho mil personas y provocando la muerte de aproximadamente un millar de ellas.

A principios de 2003 se demostró que la enfermedad, un tipo de neumonía atípica y muy grave, era causada por un nuevo tipo de coronavirus, llamado SCOV, similar al que produce una enfermedad respiratoria en macacos. Por la naturaleza de su ARN se pudo demostrar que el SCOV era un virus muy diferente de los que se conocían en cerdos, aves domésticas y seres humanos. Se dedujo rápidamente que el nuevo virus debía provenir de algún animal silvestre y que de alguna manera había saltado al ser humano.

Además, curiosamente, los primeros casos del nuevo mal habían brotado en trabajadores de restaurantes en los que se expendía carne de mamíferos silvestres. Este último dato llevó a investigadores de la Universidad de Hong Kong a iniciar la cacería del microscópico asesino en un lugar inusitado: el mercado Dongmen en la ciudad de Shenzhen.

En sus mejores días el mercado habría parecido a un visitante occidental un lugar tan estrambótico como un capítulo de Alicia en el País de las Maravillas. El sorprendido visitante podría haber observado cualquier tipo de animal en venta, desde pollos, patos, gansos y pichones, hasta mamíferos silvestres, pasando por tortugas, cangrejos, conejos y otras especies consideradas exquisiteces gastronómicas por los locales.

Entre los mamíferos silvestres ofrecidos a los paladares más exigentes se podrían encontrar especies con nombres tan exóticos como los propios animales: civetas de las palmas (Paguma larvata, un vivérrido), tejones cerdo (Arctonys collaris), perros mapache (Nyctereutes procyonides), liebres de la China (Lepus sinensis) y tejones hurón chinos (Melogale moschata).

Con toda esta fauna uno casi podría imaginarse una loca carrera de comité como la que Carroll inventó para la extraña convención de animales mojados, testarudos y malhumorados que Alicia encontró al principio de sus aventuras en el País de las Maravillas. El 23 de mayo el grupo de investigación liderado por Yi Guan anunció en una conferencia de prensa que habían aislado un coronavirus prácticamente idéntico al del SARS en seis ejemplares de civetas de las palmas y de un perro mapache, todos ellos conseguidos de entre los animales que se vendían en el mercado Dongmen.

La noticia dio la vuelta al mundo y en pocas horas la gente extendió la noticia de que el origen del SARS estaba en un gato chino. Casi como si se tratara del País de las Maravillas, una civeta se había convertido misteriosamente en gato, y uno casi se la podía imaginar sonriendo ante la sorpresa del mundo entero.

En varios idiomas las civetas son conocidas vulgarmente como gatos. Por ejemplo, en inglés se les llama por igual palm civets que civet cats, y en español son conocidas también como gatos de algalia. Estos nombres derivan de un aceite producido por una glándula perineal que posee la mayoría de los vivérridos y que se comercializa en el mercado de los perfumes con el nombre de civeta o algalia.

Aunque los productos artificiales han eliminado prácticamente el uso de la algalia natural, el nombre de gato de algalia ha permanecido y fue el que se usó en la mayoría de las notas periodísticas que divulgaron la noticia y produjeron la confusión respecto al animal portador del coronavirus del SARS.

Otra confusión surgió por las interpretaciones que se dieron a los resultados del grupo de Guan. Aunque los científicos hicieron notar prudentemente que sus hallazgos sólo sugerían una relación entre la enfermedad y el comercio de los animales, el rumor de que las civetas eran sin duda el vector del virus y un foco activo de contagio se esparció. Ante la presión mundial, las autoridades chinas prohibieron cualquier tipo de actividad comercial con fauna silvestre y pusieron en cuarentena varias granjas en las que se criaban civetas. Todo esto a pesar de que los resultados del grupo de Guan fueron anunciados antes de haber sido publicados en un medio académico y no habían sido sometidos al escrutinio de otros científicos.

A las pocas semanas otro grupo de investigación, de la Universidad de Agricultura de China y encabezado por Sun Qixin, anunció los resultados de sus propias investigaciones. A pesar de tener un muestreo mucho más amplio que el del grupo de Guan, 65 especies de animales en seis provincias, el grupo de Qixin no encontró rastro alguno del virus del SARS en los organismos examinados. Ante esta noticia los criadores de civetas y los vendedores de animales silvestres mostraron su furia ante el gobierno de Pekín y el caso de los gatos de algalia se hizo más complicado.

Meses más tarde, el 4 de septiembre, los resultados del grupo de Guan aparecieron finalmente en la versión electrónica de Science, en la que se publican por adelantado artículos que por su importancia temporal requieren pronta difusión. Sin embargo, la urgencia de conocer estos resultados había disminuido considerablemente, pues para entonces la epidemia de SARS se consideraba controlada a nivel mundial.

Aun así, la cuestión de fondo permanecía como un dilema continuo: si se confirman los resultados de Guan y sus colaboradores: ¿veremos en el futuro cercano más ejemplos de nuevas y devastadoras enfermedades que surjan de virus propios de animales silvestres?, ¿las costumbres gastronómicas de algunos países de Asia son amenaza para la salud mundial? Sin duda hace falta más investigación al respecto.

Como el gato de Cheshire, las civetas, gatos que no lo son, animales del bosque misterioso, aparecen y desaparecen de nuestra historia como fantasmales recordatorios de que aún en el siglo XXI, a pesar de los grandes avances de la medicina, el ser humano sigue inexorablemente ligado a los ciclos naturales de las plantas y los animales silvestres. Para una comunidad globalizada el estudio de la diversidad biológica y de sus relaciones ecológicas no es capricho de unos cuantos, sino una necesidad estratégica para todos. Como comunidad humana, ¿qué camino debemos seguir? Eso depende en gran medida, como sabiamente dijo el gato de Cheshire, de adónde queramos llegar.

Referencias bibliográficas

Guan, Y. y 17 autores más. 2003. Isolation and characterization of viruses related to the sars coronavirus from animals in southern China, en Sciencexpress, 4 de septiembre (www.sciencexpress.org).

Copyright del artículo © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Sitio Web: hectorarita.com/
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