El científico, los gansos y la esvástica

Casi había olvidado lo incómodo que era. Hablo de la sacudida que impacta en el ánimo cuando uno descubre que un personaje deslumbrante luce señales poco admirables. Siempre es duro descubrir que aquel a quien teníamos como un referente es, en realidad, un tipo frágil, vulnerable a las peores tentaciones. Incluida la de trabajar para el enemigo.

Seguramente conocen la palabra serendipia. Describe las cosas que uno encuentra por casualidad, en un camino que no tenía previsto. La serendipia suele ser, asimismo, el resorte que nos lleva a encontrarnos con el flanco menos favorecedor de las figuras ilustres. A poco que uno recorra el siglo XX, se encontrará con casos que lo demuestran: poetas eminentes que en algún momento se sintieron fascinados por un tirano, músicos sublimes que militaron en partidos totalitarios, intelectuales de primera fila atraídos por los discursos de un genocida...

Nombren a cualquiera de esos asesinos de masas que todos tenemos en mente ‒Hitler, Mao, Stalin‒ y el eco les devolverá el recuerdo de artistas y pensadores encandilados con su mensaje. ¿Qué ha de hacer uno entonces? ¿Ignorar la obra de estos personajes? ¿Separarla de sus creencias? ¿Justificar ese desvío moral ubicándolo en una determinada coyuntura, o como si fuera un simple desliz?

El ejemplo que hoy les propongo conlleva esos y otros interrogantes. Seguramente aquellos que estén familiarizados con la ciencia saben de él. Se trata del austriaco Konrad Lorenz (1903-1989), zoólogo, padre de la etología ‒la ciencia del comportamiento animal‒ y Premio Nobel de Medicina en 1973.

Para los amantes de la naturaleza, es ya clásica la imagen de Lorenz describiendo la impronta; es decir, la fijación que une a una criatura recién nacida con quien identifica como su madre.

El zoólogo, un amante de la vida silvestre, realizó un experimento que ha pasado a la historia. En su residencia familiar de Altenberg, a orillas del Danubio, obtuvo 29 huevos de ánsar común o ganso silvestre (Anser anser), un ave salvaje que podemos identificar como un antepasado de las ocas domésticas.

Confió la incubación de esa puesta a una hembra de ganso y a otra de pavo, y en la última fase, introdujo esos huevos en una incubadora. La sorpresa llegó al romperse el primer cascarón. Aquel tímido polluelo decidió, por un mecanismo atávico, que Lorenz era su madre. Y esa conducta dio lugar a una explicación científica que nos resume un admirador del científico austriaco, Klaus H. Thews: "Un polluelo de ganso silvestre elegirá irrevocablemente como madre el primer objeto que vea que cumpla estas dos condiciones: que se mueva y emita sonidos rítmicos. Una hembra de ganso silvestre se ajusta a este esquema, pero también se ajusta al mismo un balón de fútbol dotado de un altavoz en su interior o (...) un profesor investigador de la conducta que responda involuntariamente al primer pipiar de establecimiento de contacto del animalito y que al mismo tiempo haga cierto movimiento" (Etología, prólogo de Félix Rodríguez de la Fuente, Círculo de lectores, 1976 ).

Mencioné la serendipia, y en el fondo, eso es lo que llevó a Lorenz hasta esta ley inflexible de la naturaleza. Una casualidad, transformada en disciplina científica y luego enriquecida por los aportes de otros sabios que, como él, analizaron la conducta de los animales.

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En el primer tramo de su vida, Konrad Lorenz vivió una existencia peligrosa. Tras su nombramiento como catedrático en la Universidad de Viena (1937), cumplió la misma misión en la Universidad de Albertus de Königsberg (1940). Luego fue llamado a filas y acabó en el frente ruso de la Segunda Guerra Mundial. Fue hecho prisionero por el ejército soviético y acabó trabajando como médico para sus captores. Al parecer, esa inmersión en dos sistemas totalitarios ‒el hitleriano y el estalinista‒ le hizo reflexionar sobre los efectos de esas ideologías antes de su regreso a Austria, en 1948.

Gracias a la Academia Austríaca de Ciencias y a una donación del escritor J. B. Priestley retomó sus investigaciones zoológicas. Con el tiempo, se convirtió en una celebridad, y su figura tranquila y campechana, rodeada de cuervos y gansos, acabó siendo un icono para los estudiosos de la naturaleza.

Los libros de Lorenz figuran en las bibliotecas de infinidad de biólogos y naturalistas. Uno de sus clásicos, El anillo del rey Salomón (1952) es, sin duda, uno de los mejores ensayos que se han escrito nunca sobre el comportamiento animal. Escrita con un estilo claro y sencillo, esta obra es una de esas lecturas que a uno le cambian el modo de entender a los demás seres vivos. Lo mismo cabe decir de ensayos tan apasionantes como Cuando el hombre encontró al perro (1953), donde identifica las raíces de fidelidad que unen a los canes y a sus dueños; El comportamiento animal y humano (1965), en cuyas páginas recupera estudios que había escrito antes de la guerra; La otra cara del espejo (1973), que subtitula "ensayo de una historia natural del conocimiento humano"; y Los ocho pecados mortales de la humanidad (1973), un libro en el que muestra su inquietud ante fenómenos como la superpoblación, la devastación del medio, la carrera nuclear y la pérdida de las tradiciones culturales. Esta última obra, por cierto, nos ayuda a entender por qué, en sus últimos años, Lorenz simpatizó con el activismo ecologista y con el Partido Verde.

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Vuelvo ahora a la serendipia. En 2004, apareció la edición española de Qué nos hace humanos (2003), un formidable ensayo del divulgador científico Matt Ridley. Leerlo era ‒y es‒ casi una obligación para todos aquellos que desean comprender las interrelaciones entre la genética y el ambiente en el marco del comportamiento. Uno de los capítulos, como era de esperar, estaba dedicado a la etología y a Konrad Lorenz. Lo que yo no esperaba es la revelación que ahí se incluía "En 1937 ‒escribe RidleyLorenz estaba en el paro. Sus estudios sobre el instinto animal estaban prohibidos, por razones teológicas, en la Universidad de Viena, dominada por los católicos; y él se había retirado a Altenberg para continuar por su cuenta los estudios sobre las aves. Solicitó una beca para trabajar en Alemania".

El aspirante, según detalla Ridley, fue apoyado por nazis destacados. Hoy sabemos que el más importante fue otro científico, Otto Antonius. "En junio de 1938 ‒continúa Ridley‒, poco después de la Anschluss, Lorenz se afilió al Partido Nazi y se convirtió en miembro de su Oficina de Política de Raza. Enseguida empezó a hablar y escribir acerca de qué modo podía encajar en la ideología nazi su trabajo sobre el comportamiento animal; en 1940 fue nombrado catedrático de la Universidad de Königsberg. Durante los años siguientes, hasta que fue capturado en el frente ruso en 1944, habló sin cesar en favor de los ideales utópicos de una política de raza defendida científicamente y de la eliminación de los éticamente inferiores".

En 1934, nos dice Ridley, Konrad Lorenz se hallaba en Polonia, donde participó en la investigación dirigida por el psicólogo Rudolph Hippius, bajo el amparo de las SS. Una investigación "cuyo objetivo era desarrollar unos criterios para distinguir los factores 'alemanes' de los 'polacos' en los individuos mestizos para ayudar a las SS a decidir a quiénes elegir para sus esfuerzos de regermanización. No existen pruebas de que Lorenz estuviese involucrado en crímenes de guerra, pero seguramente sabía que se estaban cometiendo".

Por aquellas fechas, Lorenz aplicó a los seres humanos las mismas nociones negativas que aplicaba a los animales domesticados, y así lo resumió en su artículo "Trastornos causados por la domesticación en el comportamiento específico de especie" (1940). Es inevitable leerlo en un marco histórico en el que la eugenesia era un argumento que se tomaba muy en serio.

Sin embargo, como dice Ridley, "no existen pruebas de que todo esto tuviera influencia alguna en el nazismo, que ya tenía montones de razones, algunas más 'científicas' que otras, para llevar a cabo sus políticas de racismo y genocidio. El argumento se pasó por alto, puede que incluso apartaran a Lorenz del Partido" (Qué nos hace humanos, traducción de Teresa Carretero e Irene Cifuentes, Taurus, 2004).

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Si nos atenemos a sus textos autobiográficos, Lorenz se arrepintió de ese fervor nazi a lo largo del resto de su vida. Reconoció haber llevado aquella investigación de 1940 con "la peor terminología nazi", y lamentó esos escritos, "no tanto por el descrédito innegable que reflejan en mi persona ‒dijo‒, como por su efecto obstaculizar el futuro reconocimiento de los peligros de la domesticación".

Quienes dudan de la sinceridad de Lorenz en ese punto argumentan dos pruebas: mintió al negar su afiliación nazi y cuando dijo que no había sido antisemita, pese a algunas cartas de juventud que muestran lo contrario. La polémica llegó incluso a la Universidad de Salzburgo, que en 2015 retiró de forma póstuma el doctorado que había concedido al famoso etólogo en 1983.

Como ven, la evidencia es completa. Lorenz fue un nazi convencido en 1938, conectó sus intereses científicos con la política racial del Tercer Reich ‒aunque acaso nunca identificó a la "raza" aria como superior‒ y sirvió al régimen hasta que fue hecho prisionero por los rusos. ¿Hay algún atenuante para esa acusación? Como pasa con otras personalidades, el apoyo a monstruos como Hitler o Stalin ‒aunque fuera pasajero‒ es una de esas manchas que cuesta demasiado perdonar. En realidad, lo que importa saber es si Lorenz fue sincero en su arrepentimiento posterior, o si, al igual que sucede en otros casos, blanqueó su imagen por simple higiene mediática.

Como ahora veremos, su caso guarda alguna que otra similitud con las confesiones del novelista Günter Grass, quien reconoció haberse alistado en las Waffen SS a los diecisiete años, y asimismo con el pasado nazi del filósofo Martin Heidegger.

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Imagen superior: junto a Nikolaas Tinbergen, en 1978.

En 1973 Konrad Lorenz compartió el Premio Nobel con Nikolaas Tinbergen y Karl von Frisch. Aunque todos ellos deben ser reconocidos como padres de la etología, su destino fue muy distinto.

Tinbergen (1907-1988) estudió Biología en la Universidad de Leiden, donde luego fue profesor. Comenzó a colaborar con Lorenz en 1936, y desde entonces, su amistad fue constante. Ferviente antinazi en su Holanda Natal, fue internado en un campo alemán, en St Michielsgestel. Sin embargo, cuando se reencontró con Lorenz en 1949, no hubo rencores. Perdonó las veleidades fascistas de su amigo y reemprendió con él una colaboración científica que mantuvieron viva hasta la vejez. Cuando la prensa sacó a relucir el compromiso de Lorenz con el Reich, Tinbergen apoyó sin reservas a su colega, sobre todo cuando éste argumentó que lo había hecho por simple ingenuidad y estupidez.

En 1973, el científico austriaco recibió asimismo el apoyo de la antropóloga norteamericana Margaret Mead. En realidad, Lorenz era admirado de forma unánime y había sido elogiado por figuras tan influyentes como su amigo Sir Julian Huxley, así que sus pecados del ayer fueron sobrellevados con ligereza. Sin embargo, parece que hoy resultan mucho menos perdonables, en particular desde que pudimos leer las cartas que escribió en 1938 a su mentor, el biólogo alemán, Oskar Heinroth, donde aflora un racismo que en la actualidad nos resulta intolerable. Un racismo y un elogio de la eugenesia que, por otra parte, en aquellos días era compartido por bastantes pensadores.

Aunque sea incómodo recordarlo, no olvidemos que Leonard Darwin, el cuarto hijo de Charles Darwin, fue el presidente de la Sociedad Eugenésica Británica, entre 1911 y 1928. Un nieto de Darwin, Charles Galton Darwin, también defendió esa doctrina, lo que no le impidió ser director del Laboratorio Nacional de Física (NPL) durante la Segunda Guerra Mundial. Tristemente, las ideas eugenésicas también prendieron en Estados Unidos, donde uno de sus defensores, el biólogo y experto en genética Charles Davenport (1866-1944), recibió en el Laboratorio de Cold Spring Harbor el apoyo económico de entidades tan solventes como la Institución Carnegie.

Hasta que la evidencia del holocausto no puso rostro a las pesadillas de la posguerra, los eugenistas y los defensores del darwinismo social fueron tan numerosos como respetados fuera de Alemania. Hoy sus criterios científicos ‒por llamarlos de algún modo‒ nos resultan atroces, pero lamentablemente, al menos en este punto, Lorenz fue un hijo de su tiempo.

De hecho, hay autores que sitúan su redención ‒si es que uno puede redimirse de creencias bárbaras‒ durante su encarcelamiento por parte de los rusos. Sus escritos de esa etapa prescinden de la palabrería típica de la eugenesia, e incluso rechazan su empleo político por parte de los nazis. Por ejemplo, en su correspondencia con Sir Julian Huxley, Lorenz subraya un detalle: no podía sospechar que la política racial nazi sería una excusa para asesinar a los judíos.

En el terreno científico, este tipo de juicios morales son especialmente embarazosos. Basta con echar una ojeada a la carrera espacial para comprender que instituciones como la NASA no hubieran prosperado sin la presencia de aquellos científicos alemanes que, pese a estar al servicio del régimen nazi, fueron evacuados hasta Estados Unidos durante la Operación Paperclip (1945). Menos conocida, aunque de parecido resultado, es la Operación Osoaviakhim (1946), que puso a más de dos mil técnicos y científicos germanos al servicio de la maquinaria soviética.

¿Es distinto el caso de Lorenz al de tantos otros científicos alemanes que sustentaron, desde un segundo plano, el infierno nazi? Todo depende de la perspectiva que adoptemos. Dado que su arrepentimiento depende de su credibilidad, quizá hemos de guiarnos por otros interrogantes. Por ejemplo, aun en el caso de que luego remordiera su conciencia, ¿en qué medida sería tolerable su apoyo a un sistema de tan horrendas consecuencias? ¿La ignorancia del holocausto le disculpa como a tantos otros alemanes? O por el contrario, ¿hubo en él más maneras de ser nazi que de no serlo? Y en tal caso, ¿hemos de valorar ese desvío moral teniendo en cuenta las fechas en que se produjo? Desde luego, si lo comparamos con las personalidades que apoyaron al estalinismo, descubriremos más de una inquietante coincidencia.

Al final, sólo queda una conclusión posible, y es que el ser humano, en su complejidad infinita, es capaz de conectar con sus demonios ocultos sin que estos influyan en sus actos más sublimes.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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