El aleteo de la orugueta y el cambio climático

El aleteo de la orugueta y el cambio climático Imagen superior: Valle di Susa. Tesori di Arte e Cultura Alpina, CC

La orugueta del almendro (Aglaope infausta), como saben los agricultores, es una plaga del follaje y de los frutos jóvenes. Puede decirse, por tanto, que estamos ante una de esas criaturas cuya presencia no suele ser bien recibida. Sin embargo, lo que hoy me interesa destacar sobre este lepidóptero no es tanto su voracidad como su inesperada relación con el cambio climático.

Cuando agredimos a la Naturaleza, los efectos de esa degradación acaban repercutiendo en nuestro bienestar. Decir esto parece una obviedad, pero conviene repetirlo sin descanso, particularmente en estos tiempos en que los científicos consagrados a la investigación climática nos avisan de las alteraciones que padece el planeta a causa del sobrecalentamiento originado, en buena medida, por los combustibles fósiles (Recordemos que  la concentración del CO2 en el aire se ha incrementado en un 40% desde el siglo XIX).

La teoría científica del Cambio Climático Antropogénico se confirma por diversas vías, y algunas de ellas son difíciles de interpretar para el ciudadano medio. No obstante, creo que el lector intuye ese efecto boomerang que tienen determinadas acciones del ser humano sobre nuestro entorno. Al fin y al cabo, la naturaleza nos devuelve lo que hacemos contra ella.

¿Podemos analizar las consecuencias del citado sobrecalentamiento analizando a un lepidóptero tan humilde como la orugueta? Desde luego que sí, por más que, como decía, los signos no sean siempre fáciles de interpretar cuando se habla de irregularidades y trastornos en la biodiversidad.

El botánico Harold William Rickett, en su ya clásico libro La Tierra es verde (Pleamar, Buenos Aires, 1946), resumía a la perfección dicha complejidad: "El que estudia las plantas (y los animales) ‒escribe‒ se encuentra en cierto modo en la misma situación que Alicia en la pequeña y oscura tienda del otro lado del espejo. Recordaréis que aunque la tienda estaba llena de una gran variedad de objetos, éstos tenían la fastidiosa costumbre de hallarse siempre en otras estanterías que no eran nunca aquellas que examinaba Alicia directamente. Los organismos vivos, a pesar de que los plantamos, los alimentamos, los cosechamos, los comemos, los trabajamos y los trasladamos de un lado a otro, son muy difíciles de abarcar en nuestra comprensión; cuanto más los estudiamos tanto más difícil se nos hace identificarlos".

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Imagen superior: Aglaope infausta (Dumi, CC) 

Mis anotaciones de hoy tienen un escenario muy concreto: la madrileña Sierra del Rincón, reserva de la biosfera de la UNESCO.

El aleteo de la orugueta, una vez transformada en polilla, le permite ir subiendo cada año hasta zonas de mayor altitud gracias a las crecientes temperaturas primaverales, colonizando zonas en las que antes no podía vivir.

Además, la creciente disminución de predadores nocturnos como murciélagos, chotacabras o mochuelos facilitan a este lepidóptero una expansión más rápida.

Tengamos en cuenta dos datos: en 2014 tuvimos el mes de abril más caluroso en el registro histórico de esta región, superado incluso en 2015, un año durante el cual, entre febrero y julio, se estableció otro record de temperaturas.

Como su nombre indica, la orugueta del almendro era propia de territorios más cálidos y secos. La región desde la que escribo estas líneas no es una tierra de almendros, así que ya se imaginarán que la orugueta, hasta hace unos años, no era una vecina conocida en esta comarca serrana.

Sin embargo, a falta de una rosácea como el almendro, nuestra glotona amiga ‒también llamada oruga de piñón, oruga de zurrón o royega‒ ha encontrado otras especies frutales muy apetecibles para su dieta por tratarse igualmente de rosáceas (ciruelos, manzanos y majuelos, por ejemplo).

A lo largo de 2015, la orugueta ascendió hasta la cota de los 1.400 metros de altitud, arrasando a su paso maíllos y manzanos, morrinos y cerezos, majuelos, endrinos, serbales y mostajos...

En un informe escrito para la FAO, el entomólogo Jacques Régnière nos explica las claves de este proceso: "Existen cada vez mayores indicios de que la distribución de los insectos está cambiando según pautas sin precedentes. Las alteraciones climáticas terrestres están proporcionando a las especies de insectos móviles un siempre mayor número de hábitats hospitalarios, y la intensificación de los intercambios comerciales mundiales ha aumentado las oportunidades de las especies móviles de colonizar nuevos hábitats. (...) Como las regiones templadas y subárticas se están convirtiendo en lugares de clima cada vez más hospitalario para las especies vegetales y de insectos, el comportamiento de las especies indígenas y el riesgo de invasión por especies exógenas –factores éstos que podrían desarticular las funciones normales del ecosistema– se han convertido en motivo de preocupación. En respuesta a los recientes cambios climáticos, muchas especies de insectos de zonas templadas han modificado sus zonas de distribución; por ejemplo, la procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa) en Europa (Battisti et al., 2006), la falena invernal (Operophtera brumata) y la falena otoñal (Epirrita autumnata) en Escandinavia (Jepsen et al., 2008) y el gorgojo de los pinos del Sur (Dendroctonus frontalis) en América del Norte (Tran et al., 2007). Algunas especies cuya distribución tradicional se encontraba contenida por accidentes geográficos, como cadenas de montañas o grandes cuerpos de agua, han podido ahora superar dichas barreras y ampliar repentinamente su ámbito de presencia. Por ejemplo, el aumento de los movimientos de las masas de aire cálido hacia latitudes elevadas ha sido la causa de que últimamente a las islas noruegas de Svalbard en el océano Ártico llegase la polilla de la col (Plutella xylostella), superando en 800 km el límite septentrional de su zona normal de distribución en el oeste de la Federación de Rusia (Coulson et al., 2002)".

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Imagen superior: Aglaope infausta (Maite Santisteban Rivero, CC)

En la misma línea, la Asociación española de Entomología, en colaboración con el Comité Español de la UICN y dentro del proyecto ConClima, organizó una exposición divulgativa, «Los Insectos y el Cambio Climático». Dicha muestra alertaba del mismo proceso: "Actualmente ‒leemos en el folleto del citado proyecto‒ puede observarse como los insectos voladores están desplazando sus áreas de distribución hacia latitudes situadas más al norte, alcanzando localidades muy alejadas de las áreas de donde vivían hace tan sólo unas décadas. En uno de los grupos donde se ha manifestado con mayor evidencia es el de las Mariposas diurnas (Ropalóceros), en el cual muchas especies presentes en países mediterráneos del sur de Europa y norte de África han llegado hasta 240 km hacia el norte en continente europeo. Este hecho no se puede atribuir tan sólo a un proceso simple de expansión de la especie, ya que supera significativamente las distancias de los procesos naturales de colonización de cualquier mariposa en un periodo de tiempo tan corto. No obstante, no todas las especies tienen posibilidades de emigrar hacia cotas situadas más al norte para adaptarse a las consecuencias del cambio climático. En la península Ibérica muchas especies de insectos viven desde la última glaciación en cimas de montaña como consecuencia de un proceso de colonización que se produjo en periodos fríos, constituyendo auténticos relictos de los periodos glaciares. Muchas de estas poblaciones de insectos quedaron aisladas, como es el caso de la conocida mariposa Parnassius apollo de la familia Papilionidae que vive en la península Ibérica entre altitudes de 700 y 3000 m. Especies como ésta no podrán colonizar nuevas áreas situadas más al norte debido a que se encuentran en cadenas montañosas de disposición transversal que impiden su desplazamiento latitudinal, quedando por tanto recluidas a áreas reducidas y con la única posibilidad de emigrar hacia cotas de mayor altitud, viéndose abocadas a la extinción local cuando lleguen a la cima de la montaña. Por último, muchas especies de insectos se pueden ver gravemente afectadas, pudiendo llegar a extinguirse debido a su menor capacidad de dispersión al no poder volar".

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Imagen superior: Aglaope infausta (Jafras, CC)

Alternativas para el agricultor

Por desgracia, 2015 fue otro año en el que lo tuvimos difícil quienes optamos por no utilizar en nuestros frutales tratamientos químicos de síntesis ni pesticidas. De hecho, apenas pudimos recoger apenas unas cuantas manzanas, cerezas o ciruelas. Lo mismo sucedió con las guindas silvestres o con las endrinas para hacer pacharán.

Las sierras desde las que escribo son un terreno principalmente ganadero, pero en las cercanías de los pueblos se conservan, como legado de una querida herencia, los frutales que fueron injertados décadas atrás por nuestros mayores. Cerezos antiguos , de cerezas gorroñuda, garrafal, blanca , gorda o mollar … Manzanos de diferentes variedades antiguas, como los peros, las reineta, camuesas, rabudas o esperiegas. 

Frutales  adaptados al territorio, de maduración tardía, con una larga conservación una vez son recogidos y almacenados con mimo en la troje de la casa, y que constituyen una base alimenticia fundamental en los pueblos de mayor aislamiento.

Es difícil transmitir y hacer comprender a nuestros vecinos que, utilizando tratamientos químicos, tal vez podamos controlar a esta molesta y dañina orugueta, pero a un elevado coste.

Los tratamientos químicos afectan al resto de insectos que conviven en equilibrio en nuestros huertos. Como fauna auxiliar, estas pequeñas criaturas son imprescindibles en el control de plagas y fundamentales para la polinización.

Aplicar ese tipo de insecticidas puede ser letal para la biodiversidad. Pensemos, por ejemplo, en las mariposas diurnas. Nuestra Reserva de la Biosfera cuenta con 120 especies, algunas de ellas en grave peligro de extinción. Repito: son 120 especies. Para que se hagan una idea de lo que ello significa, les diré que en la totalidad de las islas británicas no llegan a contarse 50 especies.

También las diversas especies de murciélagos y de aves insectívoras se ven afectadas por el uso de pesticidas en los campos, cuando, a la hora de la verdad, son ellos los principales controladores de las especies que afectan a nuestros frutales.

Por suerte, hay alternativas científicamente comprobadas. La instalación de casetas nido para las aves insectívoras y los murciélagos, así como el montaje de “hoteles” para diferentes insectos predadores de las orugas, o la instalación de charcas que permitan la reproducción de especies de anfibios son ejemplos de buenas prácticas de agricultura ecológica y sostenible.

Como ya hemos visto, el cambio climático está propiciando que se produzcan ciertos desfases y desajustes de forma demasiado rápida. A pesar de esta certeza, tenemos que confiar en la capacidad de equilibrio de la naturaleza. Y precisamente por esa razón, hemos de poner todo nuestro empeño en fomentar esa armonía, sin desajustar aún más los eficaces pero frágiles contrapesos del mundo natural.

Este artículo resume la intervención del autor en el seminario "Saber no basta para actuar", el 2 de diciembre de 2015, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. El citado seminario fue organizado por el grupo de investigación Climatologías del planeta y la conciencia (CPYC), dirigido por José María Parreño Velasco.

Copyright © Mario Vega Pérez. Reservados todos los derechos.

Mario Vega

Tras licenciarse en Bellas Artes (Grabado) por la Universidad Complutense de Madrid, Mario Vega emprendió una búsqueda expresiva que le ha consolidado como un activo creador multidisciplinar. Esa variedad de inquietudes se plasma en esculturas, fotografías, grabados, documentales, videoarte e instalaciones multimedia.

Las referencias a la naturaleza y al paso del tiempo son constantes en su trabajo artístico. Esta obra gráfica y plástica tiene su génesis en una serie de intervenciones efímeras –las sensacciones–, plasmadas en instantes de conexión afectiva con el entorno.

Como educador, cuenta con una experiencia de más de veinte años en diferentes proyectos institucionales, empresariales, de asociacionismo y voluntariado. Esa trayectoria, centrada en el ámbito de la educación ambiental y el estudio y la conservación de la biodiversidad, coincide con su labor en conCiencia Cultural, la entidad de la que es cofundador. Asimismo, codirige EcoCult, suplemento de la revista Thesauro Cultural (The Cult) dedicado a las ciencias naturales y a la protección de la naturaleza.

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC