Blackfish: el negocio mortal de las orcas en cautividad

 Una de las experiencias, sin duda, más alucinantes de mi niñez ocurrió en el Zoológico de Barcelona, cuando yo tenía diez u once años. No sé si era el año de las Olimpiadas. En verano, mis padres no conseguían apuntarme a deportes, pero estaban empeñados en que invirtiera parte de las vacaciones en algo productivo. Así nació la costumbre de asistir a los cursillos para niños que organizaba la Escuela del Zoo de Barcelona.

Era una gozada porque tenías acceso a las zonas donde trabajaban los veterinarios, y podías acercarte muchísimo a los animales. Hubo quien fue feliz sujetando una tarántula. Ese día (debía de ser el de los bichos que provocan fobia) me reafirmé en mantenerme lo más alejada posible de las criaturas de ocho patas, pero sí pude tener entre las manos a una pequeña pitón. Así noté lo suave que era su piel. Desde entonces, valoro muchísimo la belleza de los ofidios, aunque jamás se me ocurriría confundirlos con mascotas.

El día más especial, no obstante, fue el dedicado a los cetáceos. Los mamíferos marinos. El zoo contaba con una piscina y unas instalaciones donde convivían, más o menos, tres o cuatro delfines y una orca, Ulises. Los niños querían ir a ver siempre a Copito de Nieve, el gorila albino, yo no, yo era muy fan de Ulises.

Aquel día, el grupo reducido de afortunados que íbamos a ese cursillo pudimos subir a la plataforma desde la que trabajaban los entrenadores. Había bastantes y, por supuesto, no nos dejaron meternos en la piscina, pero sí hicieron que los animales realizaran varios trucos y nos explicaron cómo conseguían entrenarlos a base de comida (y la privación de esta).

El plato fuerte, nunca mejor dicho, llegó al final, cuando hicieron subir primeros a los delfines (creo que una se llama Nereida, y el resto no recuerdo) y dejaron que unos cuantos chicos les dieran de comer (les tiraran pescado a una distancia oportuna), y luego los acariciaron. Les confesaré una costumbre: en los grupos grandes (consideren grande más de 3 personas) suelo quedarme atrás. Y aquel día pensé que, por mi manía de quedarme en las últimas filas, me quedaría sin dar de comer a los delfines, y de hecho, así fue. Otra cosa es que a los 10-11 ya era bastante alta, así que esconderme no me podía esconder, y a los dos o tres rezagados nos llamaron al frente.

En ese caso, los últimos fuimos los primeros, y la entrenadora llamó a Ulises que subió de cuerpo entero, con la aleta dorsal doblada, eso lo recuerdo perfectamente, pero con la caudal levantada, y nos dejaron darle de comer.

Sí, pude dar de comer a una orca.

La verdad es que esa boca impresionaba, y los cuidadores no se separaban de nosotros. Con cuidado, nos invitaron a acariciarla. Preferí seguir mirándola un poco más a distancia, pero pregunté por qué tenía la aleta dorsal doblada. La cuidadora nos dijo que era normal, que a cierta edad se les doblaba. Tampoco le di más vueltas, había vivido una experiencia genial, y como el monitor nos dijo “las orcas son los osos panda del mar”.

Al poco tiempo se llevaron a Ulises de Barcelona al SeaWorld de San Diego. Decían que se le había quedado pequeña la piscina (probablemente fue pequeña desde el principio) y que presentaba un comportamiento extraño (después se oyeron rumores, no confirmados, de que atacaba a los delfines y se autolesionaba frotándose contra la pared de la piscina).

A los barceloneses se nos vendió la historia como un “Ulises se va a un lugar mejor, y además vamos a construir un Acuario (el actual Aquàrium) donde podrá volver algún día”. Recuerdo esas palabras del entonces alcalde Joan Clos. Ulises no ha vuelto, sigue en San Diego, donde intentan que críe.

A la orca se la llama la «ballena asesina». Sin embargo, todos los expertos coinciden en destacar que no se han detectado ataques mínimamente serios de orcas a humanos en mar abierto. Si los casos de ataques de tiburones con un resultado letal ya son escasos, los de orcas son inexistentes.

Las excepciones a esta regla son anécdotas casi irrelevantes: el ataque sin heridos a un velero en 1972, no lejos de las islas Galapagos; la mordedura accidental que supuestamente sufrió un surfero ese mismo año, en la reserva marina de Point Sur, California: la contusión que una orca provocó a un niño que en 2005, mientras nadaba en Helm Bay, Alaska; los apuros que pasó el equipo de la BBC que rodaba Frozen Planet (2011) cuando su zodiac fue agitada por varios integrantes de una manada; y el sumergimiento forzoso que padeció un nadador en 2014, cerca de Whangarei, en Nueva Zelanda.

En ningún caso hablamos de ataques serios. Se trata más bien de incidentes leves, en los que estos cetáceos actúan por confusión y sin una agresividad intencionada. Todo ello nos permite concluir que la orca, cuando vive en libertad, es inofensiva para el ser humano.

Sin embargo, el año pasado llegó un documental incómodo, Blackfish, que nos sorprendió al relatar caso a caso los ataques que los entrenadores de orcas habían sufrido por parte de estos animales, con quienes llegaban a tener una relación muy estrecha.

Cuando un entrenador (fíjense que en ningún momento utilizo a partir de ahora la palabra cuidador) se mete en una piscina con un animal de varias toneladas y una fuerza de mordisco suficiente para mutilarlo de una sola dentellada, tiene que confiar mucho en ese animal. Incluso establecer una relación sentimental. Los entrenadores afirman querer a sus cetáceos y sufrir por ellos.

Blackfish, dirigido por Gabriela Cowperthwaite, se centra muy especialmente en la explotación comercial de los centros de SeaWorld Entertainment, una corporación que tiene parques en Orlando, San Antonio y San Diego. En este último vive Tilikum, una de sus orcas más famosas, la que más ingresos les ha reportado y la que también es culpable directa de la muerte de tres personas.

El 20 de febrero de 1991, una nadadora y estudiante de biología marina, Keltie Byrne, pereció en la piscina donde Tilikum, un macho, actuaba con otras dos orcas, Haidi II y Nootka IV. Cuando se investigó por qué la joven había sufrido este ataque mortal, se descubrió que las dos hembras estaban embarazadas. Los entrenadores desconocían este dato.

El 6 de julio de 1999, Daniel P. Dukes también perdió la vida en el tanque de Tilikum, en el que se había sumergido evitando los controles de seguridad del parque.

De forma tangencial, la tragedia de Byrne inspiró uno de los relatos del libro Rust and Bone (2005), de Craig Davidson, que a su vez, fue llevado al cine en el drama De óxido y hueso, de Jacques Audiard.

Si ven Blackfish, es muy posible que lleguen a la conclusión de que estas muertes se habrían podido evitar si tan solo un biólogo marino hubiera intervenido para interpretar las señales que las propias orcas ya daban, o si los dueños de los parques hubieran sopesado de otro modo los riesgos, y hubieran puesto por delante de cualquier beneficio la seguridad de sus propios trabajadores.

De hecho, los propios entrenadores habían notado anomalías en las respuestas de los animales, y pretendían corregir su comportamiento privándoles de alimento, método normal en un adiestramiento. A veces no respondían a las órdenes e incluso se habían producido “incidentes sin víctimas”, en los que, por ejemplo, una orca había agarrado a su entrenador de un pie y lo había mantenido sumergido, sin responder a ninguna orden para que lo soltara.

Todos estos avisos no sirvieron para evitar la muerte de dos entrenadores que se produjo con apenas dos meses de diferencia: el segundo deceso tuvo una gran repercusión en los medios del país donde se produjo, Estados Unidos,

El 24 de febrero de 2010, el antes mencionado Tilikum atacó a una entrenadora de gran experiencia, Dawn Brancheau, en un parque de Orlando. Todo ello provocó un gran debate en Estados Unidos que precisamente culminó con el documental que ahora comentamos, Blackfish, y que fue presentado en Sundance, donde consiguió medios de distribución para las salas de cine. 

La muerte de Brancheau y su repercusión en los medios estadounidenses provocó un cambio en la política de los parques SeaWorld. Los entrenadores ya no se meten en el agua con las orcas. Y Tilikum, por su parte, languidece en una de las piscinas, en soledad, y únicamente sale para hacer un saludo final.

Ese fue, como he dicho, el segundo ataque en dos meses. ¿Saben dónde fue el primero? Aquí, en España, concretamente en el Loro Parque de Puerto de la Cruz, Tenerife. ¿Les suena el nombre de Alexis Martínez? Probablemente no, y es curioso que en un país donde la prensa se ocupa durante meses y meses de sucesos, da los pormenores más cruentos en horario infantil, saltándose las restricciones de protección al menor, una noticia tan llamativa e importante como la muerte de un entrenador de 29 años por un ataque de Keto, la orca con la que trabajaba, pasara desapercibida.

Es, sin duda, llamativo que su profesión fuera la de técnico de sonido, que no hubiera recibido formación específica alguna y que tuviera que trabajar todos los días con un animal cuya agresividad en cautividad ya estaba más que demostrada.

En España, la muerte el 24 de diciembre de 2009 de Alexis Martínez pasó desapercibida. De hecho, una hora después de la muerte de Alexis, el Loro Parque continuó con el espectáculo habitual.

En Estados Unidos el caso llegó hasta la Cámara de Representantes del Congreso. Aquí, apenas se recogió en prensa y no se supo más allá de Tenerife.

En 2012, pese a la lucha de la madre del joven, el caso se archivó por falta de indicios penales, tal y como se indica en el artículo de El País de Patricia Ortega Dolz, del 17 de octubre de 2013.

Afortunadamente, en la actualidad, las orcas son unos de los animales que gozan de mayor protección en convenios internacionales, lo que impide, por ejemplo, la caza de bebés orca para amaestrarlos en zoológicos. Así llegaron a sus piscinas la mayoría de los 46 ejemplares que existen en cautividad. Y es dramático.

Sabemos gracias a la ciencia de la biología marina que las orcas son animales que viven en manadas, que mantienen una relación muy estrecha con sus crías durante mucho tiempo. Los grupos tienen incluso sus propios dialectos y se ha encontrado una zona en el cerebro que demuestra una sensibilidad muy desarrollada. Es decir, no les quepa duda, las orcas sufren. Si quieren comprobarlo, acudan al documental y fíjense en cómo reacciona una madre cuando los dueños de SeaWorld deciden llevarse a su cría a otro parque para aprovechar al máximo su inversión. Oigan a la madre y juzguen ustedes mismos.

Los responsables de los parques de este tipo afirman que los visitantes de estos negocios millonarios salen más concienciados después de ver a los animales en cautividad. Yo lo dudo, y en todo caso, no es ético hacer sufrir a un animal con la esperanza de que alguien, quizás, no lance una bolsa de plástico al mar, y menos aún, poner en peligro vidas humanas. ¿Saben con qué salen desde luego la mayoría de visitantes de este tipo de parques? Con peluches.

Recuerdo mi visita al museo oceanográfico de Chicago, que es enorme. Y aun así, el sentimiento ambivalente al ver a las belugas y los pingüinos que hay allí no desaparece en ningún momento. No obstante, haya belugas, orcas, pingüinos, loros, lo que te encuentras siempre perfectamente posicionado –donde el departamento de márketing dice que debe estar– es la tienda de recuerdos, llena de camisetas, pósteres, y lo que les digo, peluches, de todos los tamaños, de todos los animales.

Nada de lo que se hace en estos parques de atracciones (no hablo ya de centros de recuperación de animales o santuarios dedicados a la preservación de la vida salvaje, por supuesto) tiene que ver con educar a la población en el respeto al medio ambiente.

Es un mero acto de consumismo más.

Los empresarios tratan a los trabajadores con un desprecio absoluto. ¿Tan difícil habría sido que los directores de SeaWorld y el Loro Parque hubieran acudido a recabar consejo de un etólogo especializado en vida marina?

Con el dinero que recaudan, bien podrían haberlo hecho. Desde luego, ese dinero no parece que fuera a parar al sueldo de los entrenadores. ¿Saben cuánto cobraba Alexis al mes? 840 euros, por 40 horas semanales.

Blackfish se refiere a las orcas, pero a partir del mismo ejemplo, podríamos hablar de cualquier otro negocio basado en la jerarquía y en el desprecio a los derechos de los trabajadores, con el agravante de que aquí el objeto de explotación no son unas zapatillas de deporte sino un animal que tenemos la certeza de que sufre. Sufre tanto que parece perder la esperanza.

¿Por qué si no iba a atacar a la persona que lo alimenta? Las orcas en cautividad a menudo se dejan morir lentamente. La esperanza de vida de este animal en libertad triplica a la de las orcas en cautividad. Ningún tanque será nunca lo suficientemente grande para albergar a seres con unas necesidades tan especiales. Cualquier otra cosa que pretenda argüirse será una mera excusa para mantener la maquinaria rodando y seguir cosechando beneficios.

Antes de acabar, ¿por qué no prueban a aplicar el modelo de negocio de los parques zoológicos a otras empresas? Ah, y ya solo un pequeño detalle que aprendí años después de mi experiencia con la orca Ulises en Barcelona. ¿Se acuerdan de que la entrenadora me había dicho que era normal que la aleta dorsal de las orcas adultas se doblara? Bien, en el documental, una guía del SeaWorld lo repite: la empleada que es la voz de su amo, y que adopta de algún modo su misma falta de moral.

Sin embargo, fíjense en imágenes de manadas de orcas en libertad, que nadan en el mar. Las que salen al final del documental, por ejemplo. No solo no son animales peligrosos para el ser humano, sino que cuidan de sus crías hasta que estas son completamente autónomas. Saltan sin necesidad de ningún silbido, y sobre todo, en libertad, las orcas surcan el mar con la aleta dorsal completamente erguida.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes de "Blackfish" © CNN Films, Manny O. Productions, Magnolia Pictures. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

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Sitio Web: www.juliaalquezar.com/

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