Antilocapra americana

Grandes velocistas han dejado huella en el legado de la humanidad, desde esa leyenda viva que es Carl Lewis a otros mitos como Ben Johnson o Florence Griffith, sin olvidar al insuperable Usain Bolt.

Sin embargo, hay otros plusmarquistas que viven indiferentes a estas hazañas y que superan sus récords en una carrera diaria por la supervivencia. Se trata de los corredores del reino animal.

Desde las sabanas africanas hasta las inmensas planicies norteamericanas, estos velocistas de la vida han alcanzado grandes marcas en su lucha por la existencia. Como Richard Dawkins expuso en sus estudios, las presiones selectivas desiguales explican el porqué de estos importantes logros adaptativos.

Hay depredadores y presas: el que corre por comer y el que corre por sobrevivir. Son diferencias que desvelan las ventajas de cada uno en esta competencia sin cuartel. Desde los guepardos (Acinonyx jubatus) y las gacelas africanas (Gazella spp.), hasta los berrendos o antílopes americanos (Antilocapra americana), los atletas del reino animal han desarrollado perfectas estructuras para esos maratones cotidianos.

Las planicies del centro de Norteamérica dan cabida a un gran abanico de especies que viven en perfecta armonía y luchan cada día para comer y no convertirse en presas. Lobos, osos, bisontes, alces o berrendos surcan estos mares terrestres. Cuando esos mares de hierba se ocultan bajo el blanco manto invernal, el territorio se transforma en una carrera de obstáculos, y cuando surgen los brotes verdes al comienzo de la primavera, pasa a ser en el escenario de una nueva carrera de fondo.

Los géiseres y las aguas termales convierten a este peculiar paisaje en un horizonte de colores y de vida. Y es aquí donde estos animales poco conocidos, sumamente ágiles y rápidos, han encontrado un lugar donde sobrevivir.

Los berrendos, quizá uno de los ungulados más pequeños de entre los que ocupan estas interminables praderas, están diseñados a la perfección para ser unos grandes velocistas. No en vano, a la hora de huir de sus perseguidores casi alcanzan los 100 km. por hora. Con sus patas alargadas y estrechas, su porte esbelto y en permanente alerta, se trasladan en grupos de hembras y crías. Los machos prefieren la soledad.

Son desconfiados, rápidos y astutos, y ello plantea un gran reto a la hora de fotografiarlos. Los aguardo agachado, sin hacer ruido ni movimientos en falso. Son horas de espera.

Hay algún momento de tensión cuando un gigantesco bisonte se cruza ante mi hide –el escondite‒, y con un resoplido indica de que me ha encontrado. Por suerte, más tarde, aparece el primer berrendo. Se le ve tranquilo mientras se alimenta de esas tiernas hierbas primaverales que rápidamente irán tiñéndose de amarillo hasta formar una armonía de colores.

Cuando hacen acto de presencia, los berrendos se hacen notar por su aspecto: cuernos retorcidos, lomo enrojecido y un peculiar collar blanco. Les espera una existencia dura en estas tierras de lobos, donde manadas de casi veinte individuos cazan día y noche. Solo les beneficia una ventaja: su poderío en la carrera.

Sin entrenamiento ni experiencia, las crías ya son capaces de levantarse y correr apenas ven la luz del día. Inigualables en su terreno, los berrendos son los mamíferos más rápidos de Norteamérica.

Los grandes depredadores y sus presas potenciales demuestran su capacidad evolutiva en este desafío que consiste en cazar o ser comido. Es un sencillo vínculo que ha invitado a la evolución a diseñar a unos corredores excepcionales. No baten récords ni ganan medallas: sólo sobreviven.

Sin embargo, aunque estas especies ocuparon en otro tiempo grandes áreas de nuestro mundo, en la actualidad sólo encuentran cobijo en pequeños rincones del planeta. Participan ahora en una prueba que nunca podrán ganar, la carrera de la destrucción y el exterminio.

En esta competición llevan las de perder y van más despacio, porque esa pugna se desarrolla en un mundo cada vez más deteriorado, con praderas y bosques desolados, aguas contaminadas e incendios provocados. Si queremos ayudarles en esa carrera, sólo tenemos una opción: proteger de forma decidida nuestro planeta.

Copyright del artículo y las imágenes © Javier Lobón-Rovira. Reservados todos los derechos.

Javier Lobón-Rovira

Javier Lobón-Rovira es zoólogo y fotógrafo de naturaleza. Máster en Biología de la Conservación (Universidad Complutense de Madrid) y licenciado en Biología (Universidad de Alcalá de Henares), ha desarrollado su labor investigadora en centros y organizaciones como el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN – CSIC), la Universidad Complutense de Madrid, la Utah State University (USU - USA) y Ecology Project International (EPI).

Sitio Web: www.javierlobonrovira.com

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