Nadie acabará con los bulos: la ciencia frente al consumo de noticias falsas

Los muy inteligentes y los muy cortitos, los genios y los lerdos, los extraordinarios y los ordinarios; todos, todos nosotros hemos actuado de manera estúpida en alguna ocasión. Y sin duda, lo seguiremos haciendo.

Una de las maneras habituales de hacer el tonto es pensar que somos más listos que los demás. Aunque suene a cliché, lo cierto es que, cuanto más conoce uno, más se da cuenta de lo que le queda por aprender, y siempre hay alguien que sabe más. Un ignorante que va de sabihondo es algo bochornoso, pero no tanto como un intelectual que presume de sus conocimientos.

Quizá en esta variedad tan peligrosa de vanidad, en este “yo ya lo sé todo, no necesito más información”, esté la base de ese insólito comportamiento de tantas personas que se tragan los bulos más absurdos de Internet y rechazan de forma sistemática los desmentidos racionales.

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Imagen superior: falsa noticia de la CNN. En un informe del Foro Económico Mundial, publicado en 2013, se menciona la "desinformación masiva en el mundo digital como uno de los principales riesgos de la sociedad contemporánea"

Descubro en la prensa dos interesantes investigaciones científicas sobre este asunto: Collective attention in the age of (mis)information y Science vs Conspiracy: Collective Narratives in the Age of Misinformation. En los equipos que han desarrollado ambos trabajos nos encontramos con Walter Quattrociocchi, un profesor que coordina el Laboratorio de Ciencias Sociales y Computación del IMT de Lucca. Quattrociocchi ha abordado estas cuestiones en el Instituto de Ciencias Cognitivas y Tecnología (ISTC) del Consejo Italiano de Investigación (CNR) y en la Universidad del Nordeste en Boston, donde trabajó en el Mobs Lab del físico Alessandro Vespignani.

En opinión de Vespignani, "la información es un fenómeno de contagio social". Es decir, se puede estudiar del mismo modo en que se analizan las pandemias. Así, de igual forma que existe una difusión de las patologías y una estrategia para detenerlas, podemos hablar de una inteligencia colectiva que prospera con la misma intensidad que su antítesis: la ignorancia colectiva que perpetúa bulos incontrastables, de ésos que parecen imposibles de desmentir.

"La información falsa tiene un gran poder de penetración en las redes sociales ‒dice Quattrociocchi‒ y fomenta una suerte de credulidad colectiva  (...) Los bulos se difunden de forma veloz y masiva, simplemente porque en las redes sociales tendemos a trabar amistad con personas similares, que disfrutan del mismo tipo de contenidos".

Frente a lo que defendieron en tiempos pasados los ciberutopistas ‒¿recuerdan cuando se insistía en las virtudes de la inteligencia colectiva?‒, lo cierto es que los rumores y las teorías conspirativas encuentran su caldo de cultivo en comunidades muy polarizadas, que adoptan la información falsa —los chemtrails, el odio a las vacunas, el ascenso de los reptilianos...— como un genuino dogma de fe.

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Imagen superior: gracias a conspiracionistas como Thierry Meyssan, en Occidente se ha extendido un bulo que ya caló previamente en los países musulmanes, el que señala a los servicios secretos de Estados Unidos e Israel como responsables de los atentados del 11-S y de la creación de Al Qaeda. Pese a los esfuerzos dedicados a rectificar esa creencia, se ha convertido en una certeza incontestable para muchos internautas.

Quattrociocchi y su equipo han comprobado en sus investigaciones que estos usuarios "interactúan muy poco con los demás, y cuando lo hacen, es para pelearse o para insultar a quienes no comparten su idea. Importa poco si esa idea está bien o mal. Los apasionados de la ciencia y los creyentes en las teorías de la conspiración ‒es decir, los internautas que se informan en páginas alternativas‒ dedican la misma atención a aquello que leen, independientemente de la calidad o veracidad de las informaciones. Ello explica que las noticias falsas adquieran la misma relevancia que las noticias reales".

En el citado estudio, inscrito en eso que llaman ciencia social computacional, se advierte que la endogamia de las comunidades conspirativas fortalece sus convicciones cada vez que accede a su entorno de Twitter o Facebook, por mucho que a los demás puedan parecernos delirios o cretineces.

De las citadas investigaciones se deduce que, ante un desmentido en el que se aportan pruebas e información válida, el comentarista crédulo-cerril reaccionará negativamente, pensando que tanto esfuerzo por desbancar la teoría de que la Luna nunca ha sido visitada por humanos ‒por ejemplo‒ responde a una conspiración para ocultar la verdad.

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Imagen superior: el bulo del falso alunizaje del Apolo XI. Como los rumores y los bulos se confunden con la información veraz, el propio Tim Berners-Lee, padre de internet, creó en 2009 una fundación para, entre otros fines, vigilar la fiabilidad de los contenidos. "Cualquier teoría conspiratoria ‒declaró en la BBC‒ puede llegar a miles de personas y causar un enorme daño".

Este tipo de internauta piensa que los demás somos los tontos por creernos eso que llaman La Verdad Oficial, una especie de platónica Matrix en la que vivimos como zombis todos los que pensamos que a Kennedy lo mató un tarado, que no queda otra que fiarse de los científicos o que, por mucho que lo deseemos ‒poca gente lo desea más que yo, en serio‒, todavía no hay pruebas de que los alienígenas hayan llegado a nuestro planeta.

Como dije antes, todos hemos sido, somos y seremos tontos en diversos momentos, y hemos picado en alguna ocasión ante una información falsa. Al conocer la verdad, nos hemos puesto colorados, hemos admitido lo ingenuos que somos y nos hemos jurado que no nos volverá a pasar. Somos humanos, al fin y al cabo. Pero hay gente que se niega a ponerse colorada, que jamás admitirá estar equivocada, que permanece voluntariamente ciega al contraste de información.

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Imagen superior: una práctica habitual en la red consiste en atribuir unas declaraciones polémicas e interesadas a un personaje que nunca las hizo. Hay numerosos ejemplos de esta manipulación: se han difundido masivamente artículos firmados por Forges, Pérez-Reverte o José Luis Sampedro, que ellos nunca escribieron. Otro caso interesante es el de un supuesto discurso que Vladimir Putin dirigió al parlamento ruso en 2013. "En Rusia vivan como rusos ‒dice en esa falsa alocución‒. (...) Si prefieren la Ley Sharia y vivir una vida de musulmanes les aconsejamos que se vayan a aquellos lugares donde esa sea la ley del Estado. Rusia no necesita minorías musulmanas". Aunque existe una edición videográfica con una falsa traducción, este discurso jamás fue pronunciado por Putin. Es probable que el bulo sea una mutación de otro similar, que circuló en Australia refiriéndose a John Howard, primer ministro de dicho país. Posteriormente, el mismo discurso se atribuyó a un mandatario francés, François Fillon. En todo caso, ha sido imposible convencer a muchos internautas de que se trata de un bulo.

Si entra usted en los comentarios de una “noticia” del tipo “Las farmacéuticas, aterrorizadas ante el poder curativo del agua de charco” o “Barack Obama nació hace un millón de años y es un reptiliano sionista y musulmán de Plutón”, y aporta datos reales ‒es decir, pruebas o cualquier información útil que desmienta tales desatinos‒, en el mejor de los casos recibirá insultos, pero lo más probable es que todo el mundo le ignore, como si su comentario hubiese sido escrito con tinta invisible.

‒Mire, la partida de nacimiento de Obama, firmada y sellada por las autoridades competentes.

‒Sí tiene rason Obama es un terorista del espasio nos kieren mentir y Wal Disnei esta conjelado en la casablanca.

‒No, en serio, mire, aquí le paso un enlace a documentos oficiales sobre Obama.

‒SI TODA LA RRAZON OBAMA ES ALIEN Y DE ISIS Y DEL MOSSAD Y FU MANCHU ES SU PADRINO.

Uno se puede tirar así toda la tarde, hasta darse cuenta de que no hay nada que hacer, de que no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Razonar con este tipo de personas es una experiencia similar a la que vivía el viajero del tiempo de H.G. Wells al tratar de comunicarse con los empanadísimos eloi del futuro lejano (¿lejano?).

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Imagen superior: "El tiempo en sus manos" (1960). "Pronto descubrí ‒dice el protagonista de La máquina del tiempo a propósito de los eloi‒ una cosa extraña en relación con mis pequeños huéspedes. Su falta de interés. Venían a mí con gritos anhelantes de asombro, como niños; pero cesaban enseguida de examinarme, y se apartaban para ir en pos de algún otro juguete" (La máquina del tiempo, 1895, ed. Anaya, trad. Nellie Manso de Zúñiga).

La trampa del “no debemos creer a los MEDIOS OFICIALES™ , que nos han mentido tantas veces” es demasiado tentadora. A todos nos vienen a la cabeza las ocasiones en las que los políticos nos han engañado, y claro, en ese punto se dispara nuestra paranoia. ¿Pero qué es eso de “los medios oficiales”? ¿La prensa tradicional? ¿Los comunicados de los ministerios? ¿Los estudios serios realizados por científicos cualificados?... ¡Qué más da! ¡Juntemos todo en una sola masa monstruosa y aterradora!

Siempre es mejor fiarse del David cuasi-anónimo que denuncia cosas indignantes en Internet, lanzando piedras contra un Goliat “oficial”. Lo que habría que tener en cuenta es si ese David realmente no será la mano ejecutora de otro gigante todavía más grande y monstruoso que el mencionado Goliat “oficial”.

O lo mismo yo también estoy siendo un “conspiranoico”. ¿Quién sabe? ¡Caramba, puede que hasta yo sea un agente illuminati del Grupo Bilderberg, tratando de manipular la mente de los lectores! ¿Quién soy? ¿Me estarán controlando con un chip implantado en la nuca? Voy a por el taladro.

Bromas aparte, recuerde esta moraleja: manténgase siempre alejado de los comentarios de Internet.

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Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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