Muera madame Bovary

Muera madame Bovary Imagen superior: Jennifer Jones en "Madame Bovary" (1949), de Vincente Minnelli.

La muerte por ingestión de arsénico de doña Emma Bovary ha dado mucho de que hablar. Ni más ni menos que nuestra ¿Cómo ves? ha abordado el tema de la explicación bioquímica de la acción de los venenos y, por supuesto, de algunos famosos envenenamientos históricos y literarios. Yo viví durante algún tiempo de juventud expuesta al “olor a almendras amargas”, pues era fan de Agatha Christie.

Como alguna vez me explicó brevemente mi amigo Martín Bonfil, la maldad de los venenos estriba en su parecido o afinidad con sustancias vitales y a las que reemplazan. La dosis es otro asunto. Pero ya el envenenamiento por arsénico ha sido muy atendido, así que al grito de “muera madame Bovary”, aunque redundante, pasemos a otro motivo.

Momento: me queda todavía algo que decir al respecto. En honor a la verdad, no tengo nada que reprocharle a Flaubert, autor de Madame Bovary; no obstante, me parece que su protagonista eligió una muerte del todo improcedente; como dirían hoy, una muerte 3D: diferida, dolorosa y deformante. Piensen también en Anna Karenina, que se arroja al paso del tren. Al menos Emma quedó de una sola pieza. Creo, y han de estar de acuerdo conmigo queridos lectores, que una bella mujer debe optar por suicidios más estéticos y hasta edificantes. Sin embargo, no parece que una decisión tan fatal esté generalmente acompañada de un raciocinio ético, mucho menos estético. Veamos por caso ahora, dado que de ambas obras (la de Flaubert y la de Tolstoi) se ha escrito y filmado todo, el estrambótico suicidio de la protagonista de la obra de Shakespeare Antonio y Cleopatra. A esta obra dramática también se le ha extraído mucho provecho, pero es un pelito menos conocida.

Los romanos han invadido Egipto, y Cleopatra, su reina, en vista de la muerte de Antonio, su protector y amante, yerno de César (el original), está segura de que será mostrada en Roma como un monigote, será tratada como prostituta y, peor que eso, le cantarán desafinadamente a su paso. Por todo lo anterior, decide suicidarse antes de caer en manos del populacho.

Así pues, se atavía como la reina que es para recibir a un rústico que le trae un pedido disimulado en una cesta con higos: una “serpiente del Nilo que mata sin hacer sufrir”. Esta imagen de la reina egipcia que se pone al blanco seno la venenosa áspid y muere bella, de buen color y sana consistencia, ha formado parte de la iconografía universal. Tanto así que a la cobra egipcia, del género Naja, se le llama áspid de Cleopatra.

Tristemente, hay escépticos que piensan que la causa de la muerte de Cleopatra no fue el veneno de la majestuosa serpiente, sino un vulgar ungüento tóxico, o peor aun, que la envenenaron los romanos con una mezcla de cicuta, acónito y opio. La duda se debe a que en 2010 un historiador alemán, tras estudiar los textos históricos y consultar con los expertos en ponzoñas, llegó a la conclusión de que el áspid de Cleopatra no fue la causa de su muerte rápida e indolora. Tomado de la enciclopedia De Animalia:

"El veneno de la cobra egipcia se compone principalmente de neurotoxinas y citotoxinas. El veneno afecta al sistema nervioso, detiene los impulsos nerviosos que se transmiten a los músculos, y en las etapas posteriores, los transmitidos hacia el corazón y los pulmones, causando así la muerte por insuficiencia respiratoria en tan solo 10 minutos."

Pero en esos “tan solo” 10 minutos, van apareciendo dolor en el lugar de la mordida, dolor de cabeza y de abdomen; hinchazón, moretones, ampollas, náuseas, vómitos, diarrea, mareo, colapso y convulsiones. Con estos síntomas, más le habría valido a Cleopatra que le cantaran desafinadamente los rústicos romanos.

Otros rústicos, más actuales, se preguntan socarronamente cómo cupo la cobra egipcia, que mide en promedio dos metros de longitud, en una cesta. Confunden la historia con la licencia literaria. La heroína romántica de Shakespeare solo podría haber muerto fresca y bella.

Lo que me queda de consuelo es que la cobra egipcia no es una especie en peligro de extinción, al contrario de lo que sucede con los fósiles de Lyme, como veremos en la próxima entrega.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez Mora

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la comunicación de la ciencia, en especial la escrita.

Ha publicado cuento, ensayo, novela, teatro, así como artículos y libros de comunicación científica. Entre sus obras, destacan Relatos de ciencia, Claudia, un encuentro con la energía, La divulgación de la ciencia como literatura, La ciencia y el sexo y la novela La otra cara, finalista del Premio Joaquín Mortiz para Primera Novela 1996. Ha participado en la formación de divulgadores e impulsado la profesionalización de la labor. Ha impartido numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. Recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar” 2003.

Imagen y texto biográfico © Universidad Nacional Autónoma de México.

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