Meik Wiking: "En la actualidad, vivimos con la urgencia de la gratificación instantánea"

Meik Wiking: "En la actualidad, vivimos con la urgencia de la gratificación instantánea" Imagen superior: Meik Wiking © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

A comienzos de 2017, Meik Wiking se dio a conocer internacionalmente gracias a un libro de grata lectura, Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas, en el que, de forma desenfada, recomienda ciertas costumbres danesas que pueden contribuir al bienestar en la sociedad del nuevo milenio.

Aunque el citado libro está destinado a un público generalista y no pretende ser un ensayo, Wiking conoce bien algunas facetas del porvenir que pueden poner a prueba muchas de nuestras convicciones sobre ese futuro luminoso que se perfilaba en las viejas utopías de la ciencia-ficción.

Mientras converso con él sobre temas tan espinosos como la paulatina desaparición del trabajo humano o sobre el impacto de los pasatiempos tecnológicos en una sociedad cada vez más ociosa, Wiking saca a relucir los datos que manejan instituciones internacionales sobre la materia.

Mi interlocutor trabajó en el Ministerio de Asuntos Exteriores de su país, y hoy es investigador asociado por Dinamarca en la Base de Datos Mundial de la Felicidad y miembro fundador de la Red Latinoamericana de Políticas de Bienestar y Calidad de Vida. Asimismo, es director ejecutivo del Instituto de Investigación sobre la Felicidad en Copenhague y ha estudiado a conciencia esas tradiciones de las que nos habla en el citado libro.

Se comprende que el hygge, descrito por Wiking como un modelo de calidez humana e intimidad emocional, merece mayor interés desde que Dinamarca ocupa un lugar muy destacado entre los países aparentemente más felices del mundo. De hecho, a través de su obra, uno siente que Montaigne tenía razón cuando escribió que nuestra mayor y más gloriosa obra de arte es vivir de forma conveniente.

Meik, en tu libro hablas del hygge como un indicador de los placeres cotidianos que surgen del ambiente y de la confianza en otras personas. Se trata de una felicidad íntima, cálida, con un presupuesto muy reducido, que incluye experiencias como hojear un viejo libro, compartir una comida, disfrutar de una buena conversación o adentrarse en la naturaleza. ¿Te parece compatible ese retorno a lo básico en una sociedad como la nuestra, poco esperanzada, y sometida al consumismo, la prisa y la fugacidad?

Por supuesto, es algo difícil. Pero la parte positiva es que cada vez podemos ver a más y más personas, instituciones y países cuestionándose el modo en que actuamos, y también replanteándose el modo en que medimos el bienestar.

En 2011 las Naciones Unidas aprobaron una resolución en la cual destacaban la importancia de la búsqueda de la felicidad y el bienestar en las políticas públicas. Distintos gobiernos están midiendo la calidad y los estándares de vida, y la propia OCDE, una organización tradicional, enfocada a la economía, también está incluyendo nuestros niveles de satisfacción como un indicador de progreso.

En este sentido, cada vez más personas reconocen que nos hemos enriquecido como sociedades, pero eso no ha repercutido en el hecho de que seamos más felices. De ahí que sea importante analizar el modo en que se vinculan riqueza y bienestar. Como dices, este es un mundo altamente consumista, pero también veo momentos de luz.

Sin embargo, aunque la felicidad esté en la agenda política, también figuran en ella procesos como la digitalización de buena parte de nuestras vidas. Y no sólo en el campo profesional. Hoy en día, el ocio se ocupa con redes sociales, videojuegos en línea, social media...

Así es.

Hay autores que identifican estas actividades (realmente adictivas) con un futuro en el que viviremos encerrados en nuestras respectivas burbujas. ¿Crees que es posible convencer a una sociedad hiperconectada de que un buen paseo genera más bienestar que horas frente a la pantalla? Te pregunto esto después de haber leído el estudio que habéis publicado en el Instituto de Investigación sobre la Felicidad, en el que se indica que los usuarios de Facebook tienen mayor tendencia a perder el contacto con el presente, sentir estrés e incluso experimentar infelicidad. Da la impresión de que el ocio tecnológico podría ser idóneo para una sociedad desocupada, o eso parecen pensar quienes lo fomentan desde empresas e instituciones. Pero no es así, ¿verdad?

Verás, el problema con las redes sociales es nuestro continuo acceso a esas grandes noticias que les ocurren a todos los demás. Una de las razones que nos vuelven más infelices cuando usamos las redes sociales es que las empleamos como una herramienta para compararnos, y eso es negativo para nuestra satisfacción.

Uno entra en las redes y se encuentra con personas que han disfrutado de una fantástica boda, que han sido promovidos en su empleo o que reciben una fantástica educación, y eso plantea un contraste con nuestras vidas que afecta negativamente a nuestro bienestar.

De forma natural, nos sentimos inclinados a realizar este tipo de comparaciones, no solo en Facebook, sino también en la vida real. Y esa es, precisamente, una de las razones por las que nos sentimos desdichados: aunque alcancemos una mayor prosperidad económica, siempre nos estamos midiendo en la jerarquía social. Es más, si todos aumentásemos nuestro nivel de ingresos, permaneceríamos en el mismo punto de esa jerarquía.

Como ves, este mecanismo es más profundo de lo que parece, y va más allá de las redes. Estas últimas, al fin y al cabo, plantean un problema adicional. Sin duda, tienen elementos positivos ‒nos facilitan nuevas relaciones y nos permiten mantener ciertos vínculos pese a la distancia‒, pero también tienen esa dimensión negativa.

Quizá el mayor inconveniente reside en que, a la hora de compararnos, nuestra experiencia digital está llena de falsas percepciones y equívocos. Tengo la impresión de que ese espejismo está ocupando el espacio de la vida real, y no sé si hay modo de frenar esa tendencia.

Hay que admitirlo: los medios sociales están aquí para quedarse. Se trata de una nueva tecnología y de una nueva dimensión en nuestras vidas. Necesitamos entenderlos y aproximarnos a ellos de la forma adecuada... De eso no tengo duda. Pero a la hora de emprender una vida digital, hay familias que empiezan a adquirir hábitos saludables. Por ejemplo, fijando ciertos horarios: entre siete y nueve, evitan los teléfonos y las tabletas, nadie escribe mensajes o actualiza su Facebook.

Limitando de ese modo los dispositivos y adquiriendo otro tipo de rutinas más saludables, creo que se alcanza un mayor bienestar. Ahora bien, ¿podemos fomentar esos valores entre los niños más allá del ámbito familiar? En algunos países, el sistema educativo se centra en las clásicas disciplinas académicas ‒ciencias, matemáticas, literatura...‒, pero también añade el conocimiento de destrezas como la empatía o la solidaridad. Creo que esos valores, vinculados a la idea de ser mejores ciudadanos, son una buena forma de lucha frente a los aspectos más negativos de la digitalización.

Otro informe del Instituto de Investigación sobre la Felicidad, realizado por encargo de las Naciones Unidas, se ocupa de las tensiones entre el crecimiento económico y la protección ambiental, explorando las relaciones del bienestar con la sostenibilidad. Es algo que me interesa especialmente, porque vivimos en un planeta con recursos limitados, y sin embargo, la mayoría de los dirigentes políticos sigue defendiendo un modelo de crecimiento exponencial. En realidad, fomentan la falsa ilusión de que no hay límites en ese progreso.

Estoy de acuerdo. Por eso debemos tener el coraje de poner la calidad de vida en el corazón de nuestras políticas públicas. Algunas instituciones, como la OCDE, ya están hablando de ello. El objetivo final de las políticas públicas ‒y hablo de hechos, no de simples palabras‒ siempre debería encaminarse hacia a el bienestar de los ciudadanos. Con un buen criterio científico, algunos países están usando la calidad de vida como medida complementaria a la hora de establecer si se están moviendo en la dirección correcta. En Europa, creo que es el Reino Unido es el que ha ido más lejos en este sentido. Y no olvidemos que fue Bután el primer país que usó como indicador la felicidad nacional bruta (FNB) o felicidad interna bruta (FIB).

Obviamente, podemos debatir si la medida se plantea en los términos más correctos, pero tener ese objetivo en términos institucionales creo que es algo muy positivo.

Tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales, predominan las noticias negativas, la indignación y los pensamientos pesimistas. En general, los estímulos negativos concitan más atención que los positivos, y los lectores creen que la vida empeora, a pesar de que los datos señalan que la humanidad pasa por el mejor momento de su historia. Según los datos de la OCDE y la UNESCO, disfrutamos de mejor salud y de una vida más larga que nuestros antepasados, la mortalidad infantil ha descendido mucho, la tasa de pobreza global y el analfabetismo se han reducido en todo el mundo y también se ha reducido enormemente, en comparación con décadas anteriores, el número de muertos en las guerras. Sin embargo, en nuestras pantallas se mantiene esa certeza de que vamos a peor. ¿Qué factores crees que contribuyen a esa percepción?

En este escenario que indicas, y dejando aparte el fenómeno de las redes sociales, creo que un valor fundamental es el adecuado reparto de los beneficios sociales. Una de las razones por las que los países desarrollados muestran unos mayores indicadores de felicidad es porque son igualitarios en este ámbito. Es cierto que nos hemos hecho más ricos, pero esa riqueza no siempre ha sido distribuida en términos equitativos. Los Estados Unidos, donde la brecha de ingresos y rentas es cada vez mayor, son un perfecto ejemplo de ello.

Cuando muestran sus estadísticas, nuestros políticos avalan un enriquecimiento económico que no experimentan muchos ciudadanos, incapaces de encontrar empleo o de costearse una vivienda. Todo esto, sumado a la comparación de la que antes hablábamos, repercute en los indicadores de bienestar.

Una de las razones por las que una sociedad más igualitaria es más feliz es porque los objetivos sociales quedan mejor definidos, y además se reducen la criminalidad y el estrés. Lo diré de otro modo: si todos disponemos de lo necesario para alcanzar una calidad de vida razonable, hay menos razones para el antagonismo y también se incrementa el bienestar en términos generales.

A propósito de esto último, y pensando en un drama como el desempleo, te propongo que juegues a futurólogo. Se dice que, por efecto de la robotización y el avance de la inteligencia artificial, entre el 40 y el 50% de los trabajos desaparecerán y serán automatizados en los próximos treinta años. Siendo muy optimistas, podemos imaginar que será viable una sociedad sin empleo, sostenida finalmente gracias al beneficio generado por las máquinas. ¿Pero nos hará eso felices?

Si adoptamos esa postura optimista, el hecho de que las máquinas tomen el relevo de los humanos en el mercado laboral podría ser un futuro deseable, sobre todo si nos centramos en la dimensión más placentera de la felicidad. Imagínate: podríamos relajarnos y dejar que todas las máquinas hagan el trabajo... Puede haber algo de cierto en ello, y sin embargo, al decir cosas como éstas, olvidamos que la felicidad implica tener un propósito en nuestra existencia. Y ahí reside el problema.

De acuerdo con Aristóteles, la vida buena para el ser humano requiere un hábito, una finalidad razonable. Resulta atractiva la idea de que podríamos pasar el resto de la vida en una playa, completamente ociosos, pero creo que sería bastante aburrido. Lo comprobamos con esas personas que ganan la lotería, abandonan sus empleos y se van a un país exótico para gastar su fortuna. Algunos regresan para retomar sus viejos oficios, porque encontramos un gran placer en trabajar en algo que brinda un sentido a nuestra existencia. En realidad, el trabajo no solo proporciona ingresos, sino identidad, autoestima, éxito... De hecho, cuando la suerte le sonríe, el autoempleado es más feliz que el empleado, porque se siente en mayor medida a cargo de su destino, y puede tomar decisiones importantes sobre este último.

Creo que sería importante tener en cuenta todo esto a la hora de analizar ese porvenir que describen los analistas. 

En ese futuro, tengo la impresión de que los niveles de consumo tendrán que bajar, y modelos de vida como el decrecimiento o la autosuficiencia tendrán mayor acogida. No lo planteo, ni mucho menos, como una consideración ideológica, sino pensando en informes que se están manejando en las instituciones internacionales. Aunque no hablas explícitamente de ello, en tu libro propones actividades propias de la autosuficiencia, como disfrutar de la comida que uno mismo cocina y otros hábitos que no cuestan dinero, y que alguien con pocos ingresos puede poner en práctica. ¿Crees que es posible fomentar de forma eficaz ese cambio cultural? 

A decir verdad, no lo sé. Pero estás en lo cierto... Muchos perseguimos ese objetivo. Por otro lado, el hygge tiene muchos paralelismos con movimientos como el slow food [que impulsa el placer y el conocimiento en la alimentación, promoviendo las tradiciones gastronómicas y los métodos de cultivo tradicionales] o el simple living [un estilo de vida basado en la simplicidad voluntaria].

Hay muchas personas persiguiendo un estilo más sencillo de vida, pero créeme, aún no sé cómo podemos cambiar esa perspectiva de forma mayoritaria. En este sentido, mi carrera se ha basado en responder a tres preguntas: ¿cómo medimos el bienestar?  ¿Por qué unas personas son más felices que otras? ¿Cómo mejorar la calidad de vida de la gente?

Por supuesto, contestar a la primera pregunta es necesario para responder a las otras dos.

En las sociedades desarrolladas, pese al aumento global del bienestar, consumimos más antidepresivos y se producen más suicidios. Sé que en tu equipo también habéis investigado sobre esa paradoja. ¿Habéis llegado a alguna conclusión que aclare este fenómeno?

A mi modo de ver, hay varias razones que lo explican. En principio, resulta difícil mostrar infelicidad en una sociedad que es feliz en otros sentidos. Si quienes te rodean son felices y tú no lo eres, experimentas un fuerte contraste.

En segundo lugar, si hay claras explicaciones para tu desdicha ‒por ejemplo, una hambruna, una guerra civil, o desastres naturales‒, entonces puedes razonar tu desgracia. De hecho, en escenarios donde se produce una guerra, las tendencias suicidas bajan. Pero ¿qué sucede cuando tu entorno funciona razonablemente bien? ¿Qué pasa cuando hay sanidad pública, trabajo, educación..? ¿Por qué, a pesar de esas ventajas, aún eres infeliz? En esta circunstancia, las personas interiorizan la razón por la que son infelices.

En realidad, el consumo de antidepresivos nos indica que hay un tratamiento para los padecimientos psicológicos. Las sociedades que consumen esos fármacos reconocen la enfermedad mental y la abordan de ese modo. Pero no lo olvidemos, este es un tratamiento del que carecen aquellos países que registran un índice más elevado de suicidios. Por ejemplo, algunos países de Europa del Este, con altos índices de depresión, pero sin ese tratamiento.

Es algo similar a lo que sucede en Corea del Sur o en Japón, donde la apariencia de un bienestar económico esconde otro tipo de problemas muy graves. Problemas que un economista no puede explicar.

Sí, exacto... El caso de Corea del Sur es muy notable en este sentido. Su tasa de suicidio es la segunda más alta del mundo, y eso sucede pese a que ha experimentado un gran progreso económico. Sin embargo, aún tienen que conseguir que esa riqueza se refleje plenamente en la calidad de vida.

En Corea es un tabú hablar de la enfermedad mental. Su sociedad es tremendamente competitiva a todos los niveles, pero sus ciudadanos no van al psicólogo ni acceden a fármacos antidepresivos. Y eso también explica el impacto del suicidio en países como éste.

Hay pensadores como Pascal Bruckner que describen la sociedad actual como caprichosa, superficial e infantilizada. En buena medida, la cultura pop ‒que es fantástica‒ ha ocupado el lugar del conocimiento profundo. Al leer tu libro, pensaba en ello, sobre todo cuando hablas de experiencias felices relacionadas con la madurez, la sabiduría o la experiencia. Sé que es muy difícil entrar en un terreno tan amplio, pero imagina ahora que tienes que transmitir esta idea a un adolescente. ¿Qué le dirías?

Animaría a ese adolescente a entender qué le proporciona, realmente, felicidad y calidad de vida. Le invitaría a no enfocarse en lo que otra gente está haciendo o diciendo, o en lo que otras personas tienen.

Es muy fácil situar el materialismo o el dinero en el centro de nuestros intereses. Pero con la madurez, nos llega la certeza de que la felicidad proviene de cosas distintas. Por ejemplo, mi padre siempre decía que hay que elegir una profesión que te haga feliz. En algunas sociedades, la cosa no funciona así, porque hay mucha presión sobre los niños para que se conviertan en doctores o en abogados. Es decir, para que accedan a profesiones de prestigio.

Eso empieza a resultar paradójico en una sociedad que tiende hacia la lenta desaparición del empleo humano.

Por eso yo animaría a los jóvenes a buscar ocupaciones que puedan hacerles felices, prestando menos atención a la publicidad y a otras señales de su entorno que les dicen lo que han de pensar.

No es una labor fácil, y no se limita a los adolescentes. Esa presión ambiental nos afecta a todos, pero quizá sea un buen ejercicio analizar de dónde proviene realmente nuestro bienestar y centrarnos en ello.

Viniendo hacia el café donde ahora estamos charlando, he pasado por una tienda de discos de segunda mano, y he recordado aquella época en que compraba vinilos... No tenía dinero para disponer del álbum que deseaba comprar, así que, cuando por fin lo conseguía, el placer era inmenso. Abría la carpeta y colocaba lentamente el LP en el tocadiscos, como si fuera una liturgia... Ahora esa experiencia es imposible, porque disponemos instantáneamente de cualquier grabación.

Cierto.

¿En qué medida carecer de las cosas nos hace valorarlas, y extraer más felicidad de ellas cuando las conseguimos?

Es la clásica pregunta: ¿podríamos apreciar el verano si no existiese el invierno? Creo que hay una gran verdad en ello... Cuando el verano llega a Dinamarca, se convierte en un acontecimiento. Tras nueve meses de oscuridad y frío, la gente sale de sus casas, se interna en la naturaleza o va a la playa. Pasé algún tiempo en México, y disfrutaba de un tiempo espléndido todo el año, y allí es donde reparé en que algo como el buen clima es más valioso cuando no sucede todo el tiempo.

En la actualidad, vivimos con la urgencia de la gratificación instantánea. Tu experiencia al comprar discos muestra esa alegría de la anticipación: el placer que surge de retrasar el propio placer. Creo que hay un estudio en el que los participantes respondieron a la siguiente pregunta: "Imagina que pudieras besar a una estrella como George Clooney o Angelina Jolie. ¿Querrías hacerlo ahora mismo, dentro de dos semanas, dentro de dos meses o dentro de dos años?". La mayoría de la gente respondió que dentro de dos semanas. Hacerlo en ese instante era demasiado pronto y las otras opciones eran demasiado prolongadas, así que escogieron la posibilidad idónea para ponerse a tono con esa ilusión. A mí me ocurre cada vez que voy a esquiar. Lo hago cada año. Este año iré a esquiar en marzo y siempre estoy anticipando esa experiencia antes de sentirla de nuevo. Hay una felicidad en el retraso del placer.

En la felicidad, distingues factores genéticos, hábitos relacionados con el estilo de vida y otros que se refieren a las políticas públicas, como el modelo urbano que nos acoge. Los europeos, cada vez más, nos concentramos en ciudades más grandes, mientras que las áreas rurales van despoblándose. A la hora de fomentar el bienestar y la sostenibilidad, creo que sería necesario revertir ese proceso, y promover de nuevo el retorno a las pequeñas comunidades.

Es verdad. Tanto es así que la gente ya está buscando esa experiencia, incluso en las grandes ciudades, como Madrid o Copenhague. Hay muchas personas que anhelan ese sentimiento de comunidad. Y ya que hablamos de sostenibilidad, nos encontramos con que, por ejemplo, cultivan huertos y jardines urbanos, lo cual les permite comunicarse y establecer nuevos vínculos con sus vecinos. Muchos colectivos urbanos quieren volver a sentir las experiencias propias de una población pequeña.

Para terminar, quiero preguntarte algo más personal. De todas las experiencias que comentas en el libro, ¿cuál es la que te provoca mayor satisfacción?

Una de las cosas que más me importan es consolidar buenas relaciones a lo largo del tiempo. Y eso es algo que experimento en el club gastronómico que a mis amigos y a mí nos permite reunimos de cuando en cuando, para cocinar juntos. Todos llevamos a cada encuentro los ingredientes necesarios, y es una bonita forma de estar juntos. A mi modo de ver, lo más importante es poner el foco en las relaciones.

Copyright del artículo y las fotografías de Meik Wiking © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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