Los peligros del pensamiento positivo

Los peligros del pensamiento positivo "Inside Out" © Walt Disney Pictures, Pixar Animation Studios, Walt Disney Studios Motion Pictures. Reservados todos los derechos.

Cuando en su día salí de ver Del Revés (Inside Out), no fui inmediatamente consciente de la relevancia del mensaje que contenía. Evidentemente, me quedé impresionada por el ingenio, el humor y el talento que esta película de Pixar derrocha en sus escasos 90 minutos de duración.

No obstante, tras seguir pensando en este largometraje, lo vinculé con la lectura que tenía en ese momento entre manos por casualidad. Se trataba de Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo, de Barbara Ehrenreich (publicado por Turner Noema, en 2012, y traducido por María Sierra).

En él, la autora pone en tela de juicio la necesidad o casi obligatoriedad de ser positivo y de encarar las cosas con optimismo, incluido el cáncer, así como la condena de ciertos pensamientos considerados negativos o tóxicos, como la tristeza o el enfado.

Barbara Ehrenhreich empieza su ensayo explicando su experiencia personal con un cáncer de mama, y su sorpresa al descubrir que encarar la enfermedad con positividad no era un consejo, sino una obligación. Descubrió que cualquier sentimiento de desánimo, tristeza o ira se consideraba incluso tóxico. Una pregunta salta inmediatamente a la mente: ¿Acaso una persona que debe someterse a una operación y a un tratamiento agresivo por una enfermedad de gravedad no tiene derecho a sentirse triste, a experimentar miedo e incluso a estar un poco enfadada por tener que pasar por todo ese trance?

Prácticamente todos conocemos a alguien afectado por un cáncer o una enfermedad seria, y es comprensible que su entorno reaccione queriendo apoyar al enfermo y transmitiéndole ese vago concepto de “vibraciones positivas”. Ante una enfermedad, la sensación más habitual es la impotencia, y el apoyo emocional es imprescindible para el paciente. Ahora bien, el apoyo emocional no puede derivar en exigir al enfermo que no exprese sus miedos y su tristeza, que son una reacción absolutamente adaptativa a una situación desconocida y que entraña sufrimiento.

Y ahí está el problema que Del revés aborda de forma magistral. No hay emociones buenas y malas, positivas y negativas en sí mismas. Hay formas más o menos saludables de vivir esas emociones. Lo que Del Revés explica resulta aparentemente muy simple: a veces, es normal estar triste. Y eso no te convierte en una persona más débil o, peor aún, tóxica, término que se ha hecho popular en los libros y seminarios de crecimiento personal.

Todos pasamos por momentos de crisis, y esos momentos de crisis no suelen llegar, por definición, en buen momento. Las crisis son momentos ideales para la reinvención de uno mismo, lo que es absolutamente cierto; pero esa reinvención conlleva sufrimiento.

Cuando la niña protagonista de Del Revés cambia de ciudad, de amigos, de instituto, por supuesto que se le abre un abanico nuevo de oportunidades, pero, tal y como explica la película con una sensibilidad exquisita, antes de aprovechar esas posibilidades y salir de esa crisis, tiene que afrontar toda la tristeza que la genera las pérdidas que conlleva el cambio. En ese contexto, el optimismo impuesto puede cegarte, impedirte afrontar los nuevos retos, y que, en consecuencia, el miedo y la ira acaben dirigiendo tus acciones. 

¿Podríamos decir, entonces, que la tristeza es la actitud “positiva” en algunas ocasiones? Yo diría que sí. Permitirse estar triste es necesario, igual que el miedo y la ira también tienen su momento.

Por tanto, no son las emociones en sí mismas lo que debemos temer, sino la falta de comprensión de estas.

De hecho, las consecuencias de desterrar la tristeza de lo permitido en el ámbito social solo crea, paradójicamente, más tristeza, más miedo y más ira.

Lo que es peor, hemos llegado incluso a clasificar a las personas según su positividad o negatividad.

Barbara Ehrenheich también trata el mito de las “personas tóxicas” en el libro citado más arriba y que les recomiendo encarecidamente. Si la actitud o el carácter de una persona no encaja exactamente con la positividad impuesta por una empresa, puede perder su trabajo, como se explica en Sonríe o muere. Con esto no trato de decir que cualquier actitud sea aceptable en un entorno laboral o social. Todos hemos conocido a personas con mala intención, que intentan imponer su criterio o simplemente fastidiarte a la mínima oportunidad. Ahora bien, eso nada tiene que ver con que el ánimo de un trabajador se resienta por el estrés de sus condiciones laborales o muestre su oposición a lo que considere un trato injusto.

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"Up in the Air" © 2009 Paramount Pictures, Cold Spring Pictures, DW Studios, Montecito Company, Rickshaw Productions y Right of Way Films. Cortesía de Paramount Pictures Spain. Reservados todos los derechos.

La ideología del pensamiento positivo les dirá que hasta en las peores condiciones laborales uno debe ver retos, oportunidades de superación. Y al hablar de este punto, recuerdo la película Up in the air, de Jason Reitman, con George Clooney y Anna Kendrick como actores principales. En ella, Clooney es un “despedidor” profesional, y tiene a Kendrick como su nueva y joven compañera.

Al personaje de Clooney lo contratan para que haga el trabajo sucio de las empresas y formalice los despidos del personal. Siempre empiezan las entrevistas informando a la persona que está a punto de ser despedida de que perder su trabajo es una oportunidad, lo cual es pura perversión asertiva, pues lo único que persigue tal estrategia es descargar a la empresa de cualquier responsabilidad de su decisión.

Sin embargo, claro, quienes ven un despido como el descalabro que suele suponer son consideradas personas con poca inteligencia emocional, negativas, conflictivas e incluso tóxicas. En definitiva, la empresa no tiene responsabilidad alguna de lo que le ocurra al trabajador, sino que es este último quien debe asumir sobre sus hombros todo el peso de lo que se le viene encima.

¿Se dan cuenta de lo retorcido del razonamiento? Se niega una realidad objetiva: perder el trabajo es traumático ya que pone en peligro los elementos básicos que una persona necesita para sentirse segura y hace que se tambaleen los cimientos emocionales de cualquiera. Es simple: la luz, la hipoteca, el alquiler, la comida no se pagan con pensamientos positivos.

Ahora bien, la dictadura del pensamiento positivo no se queda en la vida laboral. Las ideas han calado muy hondo en la vida diaria, y aquí es donde quiero subrayar el peligro de etiquetar a las personas como personas tóxicas o conflictivas. Barbara Ehrenheich toca también este punto en su libro.

¿Qué pasa cuando una persona tiene un conflicto grave, real, objetivo? ¿Qué ocurre cuando una persona se queda sin su casa? ¿O cuando atraviesa un divorcio difícil? ¿O cuando, como decíamos antes, se le diagnóstica una enfermedad? ¿Hay que exigir a todos aquellos que pasen por ese trance, por esas crisis, que sean el alma de la fiesta? Hay ciertas corrientes del pensamiento positivo que recomiendan incluso alejar a las personas que te generan sentimientos negativos de tu vida, expulsarlas, porque afectan a tu estado de ánimo.

En definitiva, a las personas etiquetadas como negativas o tóxicas se les priva de la ayuda, de la comprensión de los demás. Deben (y recalco el verbo “deben”) cambiar ellos mismos su perspectiva de la realidad, esa es su responsabilidad. La única ayuda que pueden esperar recibir de los demás es el continuo recordatorio de que su actitud es negativa y puede generar conflictos.

Por supuesto, no propongo aquí que carguemos el peso de la tristeza de los demás sobre nuestros hombros, pero tampoco cuesta tanto tender una mano a quien está en una posición complicada.

Probablemente no esté en nuestra mano resolver el problema o dar con la solución. Ese sí es un trabajo personal e intransferible. Pero ¿y acompañar en el proceso de recuperación? ¿Tender una mano? ¿Algo tan simple como ofrecerte a tomar un café es algo tan tóxico que puede privarnos del estado de ánimo optimista perenne en el que se supone que debemos vivir? Yo creo que no.

Demostrar tu apoyo con el mero hecho de estar ahí es algo que cualquier persona con un mínimo de empatía debería poder asumir. ¿O acaso los seres humanos estamos condenados a vivir en un estado de adolescencia perpetua en el que no importa el bienestar de nadie excepto el nuestro?

Me atrevería a afirmar que sí que podemos exigirnos a nosotros mismos algo de empatía. De hecho, eso es lo que nos hace humanos, y lo que da sentido a vivir en sociedad. Asimismo, es posible prestar apoyo aunque no entendamos el problema, la crisis, o no esté en nuestras manos solucionar el conflicto. Por tanto, es saludable aceptar la tristeza propia, pero también lo es aceptar la tristeza de los demás, al menos si esas otras personas nos importan lo más mínimo. 

Lamentablemente, muchas personas que hayan pasado por momentos de crisis en su vida habrán comprobado que la ideología del pensamiento positivo, del egoísmo más absoluto, ha calado hondo, y que, cuando a uno lo etiquetan como “persona conflictiva”, las llamadas de amigos empiezan a escasear e incluso puedes tener problemas en el trabajo.

La situación se agrava todavía más cuando la situación de crisis genera algún tipo de patología mental exógena (esto es, por causas ambientales, externas, en contraposición a los trastornos endógenos, que tienen una etiología biológica). Me refiero, como habrán adivinado, a los trastornos de ansiedad y depresión.

Como decía antes las crisis nunca llegan en buen momento, y hay personas que se encuentran con más recursos emocionales que otras para afrontarlas. Aunque no debemos olvidar que también hay ocasiones en las que, simplemente, el trauma es tan grave que la persona alcanza su límite y se rompe, como embestida por un tren de alta velocidad.

Ahí entran en acción el miedo, la ira y la tristeza, que el afectado se ve incapaz de manejar por sí solo. Imaginen que han de hacer su vida diaria con pesas de diez kilos atadas a tobillos y muñecas. Imaginen que les quitan el suelo que tienen bajo los pies y empiezan a caer por un pozo cuyo fondo ni siquiera intuyen. Imaginen tener la convicción de que no hay nada que puedan hacer para quitarse esos grilletes, y que no hay nada a lo que aferrarse para dejar de caer. Pues algo parecido sienten quienes tienen un trastorno de ansiedad o depresión.

El problema es que esos grilletes no tienen por qué ser imaginarios. Es simple, cambien grilletes por deudas que no pueden pagar porque no tienen trabajo, e imaginen que el suelo que pisan desaparece de verdad, porque se quedan sin trabajo. Y ahora imaginen, por último, cómo se sentirá alguien que esté en esa situación y que, al explicarla, solo reciba como respuesta: “tienes que cambiar el chip”, o peor aún, no reciba ninguna respuesta más que el silencio, porque no hay nadie dispuesto a sentarse con él, por miedo a que le contagie esas emociones negativas. Les aseguro que el resultado no suele ser nada halagüeño.

En definitiva, y para terminar, solo quiero plantear unas preguntas a modo de reflexión en voz alta. ¿Y si en lugar de clasificar las emociones como buenas o malas, aceptáramos que nuestra vida va a ser una mezcla de todas ellas? ¿Y si, cuando nos sintiéramos tristes, en lugar de forzarnos a ver las cosas bonitas de la vida, nos sentáramos, tomáramos aire e intentáramos reflexionar sobre el origen de esa tristeza? ¿Y si aceptáramos que la vida va a estar llena de conflictos ante los que no siempre vamos a poder reaccionar con una sonrisa? ¿Y si en lugar de recomendar a los demás que sean más positivos cuando están tristes o atraviesan una crisis, adoptáramos la costumbre de sentarnos a su lado, aunque no podamos aportar ninguna solución? ¿Y si en lugar de obsesionarnos con ser positivos nosotros y los demás, nos aceptáramos a nosotros mismos como los seres humanos que somos, alegres y dinámicos en algunas ocasiones, pero falibles y débiles en otras? ¿Y si aprendiéramos a distinguir entre personas conflictivas y personas con conflictos?

Muy probablemente nada de todo lo anterior conseguiría que nuestra sociedad fuera más positiva, pero tal vez sí sería el camino para conseguir una sociedad más humana, donde la vida no llegara a convertirse en un peso imposible de cargar, y donde también cupieran reflexiones más reales y honestas sobre el significado de los conflictos y las emociones. 

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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