La ciencia es cultura… pero no sólo cultura

La ciencia es cultura… pero no sólo cultura Imagen superior: Seriykotik 1970, CC

¿Qué es cultura? No es fácil definirla, mas cualquier persona educada acepta que es importante. No sólo que exista y que se desarrolle, sino que se difunda entre todos los ciudadanos.

Los expertos no se ponen de acuerdo, pero una definición sencilla y generalmente aceptada es que “cultura” es todo producto de la actividad humana. Aunque al decir “cultura” pensamos normalmente en artes y humanidades, también son cultura el lenguaje cotidiano, la forma de cocinar y la música popular. (Cierto, la definición deja fuera la evidencia actual de que existen especies animales que poseen “cultura” en forma de comportamientos o uso de herramientas que no están determinados por los genes y se transmiten mediante el aprendizaje. Pero no hay animales que cultiven el arte o la filosofía.)

Partiendo de esta definición, podemos aceptar que la ciencia forma parte de la cultura. Y si reconocemos que todo ciudadano debe tener acceso a las grandes obras de la literatura y la poesía, así como poder asistir a funciones de ballet o danza regional, o conocer las artesanías y los guisos de otras latitudes, está claro que también debería tener la posibilidad de ampliar su propia cultura científica. De ahí la importancia de la labor de divulgación científica, como la que realizamos en ¿Cómo ves? (y en muchas otras publicaciones, museos y medios de comunicación).

Pero, aunque pudiera sonar pedante, la cultura científica es distinta de las otras ramas de lo que comúnmente llamamos cultura: tiene la ventaja de que es útil en un sentido práctico.

En efecto: por más que la poesía, por ejemplo, pueda, además de conmovernos, ayudarnos a ver el mundo de una forma más rica y profunda, jamás veremos un producto tecnológico derivado de ella. Y quizá (aunque cabría discutirlo) pueda decirse lo mismo de las demás artes, e incluso de las humanidades. Ninguna de ellas tiene el inmenso potencial que tiene la ciencia, confirmado día con día, para generar tecnología que funciona, y que puede luego convertirse en aplicaciones industriales y así contribuir a elevar el nivel de vida de los ciudadanos.

Pero tampoco, es cierto, tienen las humanidades y las artes el inmenso potencial que tiene la ciencia para causar daño. Y es aquí, probablemente, donde la cultura científica necesita del resto de la cultura humana para formar parte de un todo equilibrado.

Si bien la ciencia es una parte especialmente poderosa de la cultura humana, es sólo con la ayuda del resto de esta cultura que podremos sacarle el mejor provecho.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Imagen superior: Seriykotik 1970, CC

¿Qué es cultura? No es fácil definirla, mas cualquier persona educada acepta que es importante. No sólo que exista y que se desarrolle, sino que se difunda entre todos los ciudadanos.

Los expertos no se ponen de acuerdo, pero una definición sencilla y generalmente aceptada es que “cultura” es todo producto de la actividad humana. Aunque al decir “cultura” pensamos normalmente en artes y humanidades, también son cultura el lenguaje cotidiano, la forma de cocinar y la música popular. (Cierto, la definición deja fuera la evidencia actual de que existen especies animales que poseen “cultura” en forma de comportamientos o uso de herramientas que no están determinados por los genes y se transmiten mediante el aprendizaje. Pero no hay animales que cultiven el arte o la filosofía.)

Partiendo de esta definición, podemos aceptar que la ciencia forma parte de la cultura. Y si reconocemos que todo ciudadano debe tener acceso a las grandes obras de la literatura y la poesía, así como poder asistir a funciones de ballet o danza regional, o conocer las artesanías y los guisos de otras latitudes, está claro que también debería tener la posibilidad de ampliar su propia cultura científica. De ahí la importancia de la labor de divulgación científica, como la que realizamos en ¿Cómo ves? (y en muchas otras publicaciones, museos y medios de comunicación).

Pero, aunque pudiera sonar pedante, la cultura científica es distinta de las otras ramas de lo que comúnmente llamamos cultura: tiene la ventaja de que es útil en un sentido práctico.

En efecto: por más que la poesía, por ejemplo, pueda, además de conmovernos, ayudarnos a ver el mundo de una forma más rica y profunda, jamás veremos un producto tecnológico derivado de ella. Y quizá (aunque cabría discutirlo) pueda decirse lo mismo de las demás artes, e incluso de las humanidades. Ninguna de ellas tiene el inmenso potencial que tiene la ciencia, confirmado día con día, para generar tecnología que funciona, y que puede luego convertirse en aplicaciones industriales y así contribuir a elevar el nivel de vida de los ciudadanos.

Pero tampoco, es cierto, tienen las humanidades y las artes el inmenso potencial que tiene la ciencia para causar daño. Y es aquí, probablemente, donde la cultura científica necesita del resto de la cultura humana para formar parte de un todo equilibrado.

Si bien la ciencia es una parte especialmente poderosa de la cultura humana, es sólo con la ayuda del resto de esta cultura que podremos sacarle el mejor provecho.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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