Gatos que sonríen y sonrisas sin gatos: el gato de Cheshire

Gatos que sonríen y sonrisas sin gatos: el gato de Cheshire Imagen superior © Eldar Zakirov

«Las únicas cosas que no estornudaban en la cocina eran la cocinera y un enorme gato que estaba sentado sobre el hogar s

onriendo de oreja a oreja.»

-¿Tendría usted la bondad de decirme por qué sonríe así su gato? —preguntó Alicia con cierta timidez, pues no estaba muy segura de si hablar ella la primera sería de buena educación.

—Es un gato de Cheshire —repuso la Duquesa—, esa es la razón. ¡Cerdo!

[…]

—No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonrientes; de hecho, no sabía que los gatos pudieran sonreír.

—Todos los gatos pueden sonreír —dijo la Duquesa—, y la mayoría de ellos sonríen.

—Yo no sé de ninguno que lo haga —dijo Alicia con mucha cortesía, muy satisfecha de haber entablado una conversación.

—Hay muchas que desconoces —dijo la Duquesa—, es un hecho.»

Poca duda cabe hoy de que, con Las aventuras de Alicia, Lewis Carroll creó uno de los imaginarios míticos más importantes del arte y la literatura. Como muchos clásicos, ha enseñado a sus lectores nuevas formas de mirar al mundo, sin ir más lejos, un minino que sonríe, el de Cheshire, cambió la forma en que muchas personas verían la Luna a partir de ese momento. Sin duda, pocos habrían predicho el éxito y la influencia de los escritos de Carroll en un público tan amplio, si se tiene en cuenta que Alicia era, originalmente, una recopilación de historias que un profesor de matemáticas escribió para divertir a las hijas de la familia Liddell, lleno de bromas privadas, juegos de palabras, lógica matemática, personajes absurdos y narraciones disparatadas. De hecho, la lectura de Alicia puede ser una experiencia paradójica: al mismo tiempo que el lector disfruta inmensamente leyendo, por ejemplo, el encuentro de Alicia con la Liebre de Marzo y con el Sombrerero Loco, también es muy probable que ignore el sentido de muchas referencias o de no entienda ciertas bromas.

© Brooke Shaden

Los textos de Las aventuras de Alicia, por su propia naturaleza absurda, disparatada y simbólica dan para multitud de interpretaciones. Y los expertos de todos los ámbitos no han dudado a la hora de hacer su aportación. El escritor G.K. Chesterton, en 1932, escribió unas famosas y sarcásticas palabras sobre la exégesis académica que caía como una losa sobre la obra de Carroll: «¡Pobre, pobre Alicia! No solo la han obligado a recibir lecciones; sino que la han obligado a impartir lecciones a los demás. Alicia ya no es solo una colegiala, sino también profesora. Las vacaciones ha terminado y Dodgson es otra vez profesor. Habrá montones y montones de ejercicios de exámenes como: 1)¿Qué sabes de las siguientes expresiones “debirable”, “ojos de abadejo”, “pozos de melaza”, “hermosa sopa”? 2) Consigna todas las jugadas de ajedrez que hay en A través del espejo y traza el diagrama 3) Resume el método práctico del Caballero Blanco para abordar el problema social de los bigotes verdes. 4) Glosa las diferencias entre Tweedledum y Tweddledee.»

 

© Sam Wolfe

En efecto, ninguna explicación de la obra de Carroll conseguirá capturar todo el encanto, la gracia y el ingenio de la obra original, pero, como Martin Gardner escribe en su introducción a The Annotated Alice (publicada por Norton en 1960, y reeditada en 2000), aunque una Alicia anotada suene algo ridículo, ningún chiste resulta gracioso si no le ves el sentido. Así que es natural que el lector de Alicia, además de disfrutar del texto original, por la propia fascinación que causa, quiera desmenuzar algunos de los pasajes que suenan más oscuros. En este sentido, les recomiendo encarecidamente la edición anotada que mencionaba más arriba a cargo de Martin Gardner (hay traducción española, de Francisco Torres Oliver, y editada por Akal, en 2010). Se aleja de las interpretaciones más osadas (y con menos base), pero ofrece una buena guía de lectura para los «aliciófilos».

En este artículo, a pesar del alegato de Chesterton, mi objetivo es examinar con un poco más de atención al personaje que mencionaba en las primeras líneas, e intentar arrojar algo de luz sobre él. Se trata, como habrán adivinado, del gato de Cheshire. Su fama ha trascendido la del propio texto de Carroll. Y se ha convertido en un icono incluso para aquellas personas que no han leído directamente las historias de Carroll. Lo más curioso es que la notoriedad que ha adquirido no se corresponde con el peso que tiene en Las Aventuras de Alicia. No aparece en A través del espejo, y las escenas que protagoniza en Alicia en el país de las maravillas son muy breves. No obstante, nadie pondría en duda que son escenas cruciales, esenciales para definir el tono del libro. 

© Cory Godbey

¿Por qué sonríen los gatos de Cheshire?  

En la primera escena en la que aparece el gato de Cheshire, lo primero que llama la atención a Alicia es la sonrisa del gato. Aquí cabe recordar que, si bien fue Lewis Carroll quien lanzara a la fama a este personaje, la idea de que los gatos de Cheshire sonreían aparece con anterioridad en la literatura inglesa, y, de hecho, no fue Carroll el primero que acuñó la frase de «grin like a Cheshire cat», es decir, sonreír (ampliamente) como un gato de Cheshire. Los orígenes de la expresión son inciertos, pero se puede encontrar ya en el Dictionary of the vulgar tongue, de Francis Grose, publicado en 1788, es decir casi 80 años antes de que Carroll publicara Las Aventuras de Alicia en 1865. Allí se da el siguiente significado de sonreír como un gato de Cheshire: «said of any one who shows his teeth and gums in laughing.» (Dicho de aquel que muestra los dientes y las encías al reír.) De nuevo, en 1792, volvemos a encontrar la frase hecha en la obra de Peter Pindar (pseudónimo de John Wolcot) Pair of Lyric Epistles. Allí se lee la siguiente frase: «Lo, like a Cheshire cat our court will grin.», donde de nuevo se menciona la peculiar sonrisa de los gatos de Cheshire.

Evidentemente, el lector se preguntará ¿desde cuándo los gatos sonríen? Hay animales cuyas características podemos humanizar y decir que sonríen, aunque no lo hagan, como por ejemplo, los delfines. De las hienas se dice que tienen una risa sardónica. Todas esas son interpretaciones erróneas, pero existe algo en la base natural (la forma de la boca y los ruidos que hacen las hienas, o la configuración de la cabeza de los delfines) que pueden llevarnos a ver reflejados comportamientos propios de los humanos en ciertos animales, es decir a humanizarlos.

Sin embargo, los gatos son algo incomprendidos en este sentido. No muestran afecto con efusividad, como un perro. No acuden siempre que se los llama (aunque reconozcan su nombre), ni se dejan acariciar siempre que su compañero humano quiere. Los seres humanos interpretamos estos gestos como muestras de altivez y nos llevan a calificarlos como animales ariscos, lo que ha derivado en el dicho de que los perros tienen dueños, y los gatos, sirvientes. El mismo gato de Cheshire se encarga de dejar claras estas diferencias cuando debe convencer a Alicia de que él está loco (como todos allí), en contraposición a los perros:

«—¿Como podría usted probarme que está loco?

—Empezaremos por admitir —le dijo el Gato— que los perros no están locos… ¿Me lo admites?

—Admitido —dijo Alicia.

—Ahora bien —prosiguió el Gato—, los perros gruñen cuando se enfadan y mueven la cola cuando están contentos, ¿no es así? ¡Pues yo gruño cuando estoy contento y muevo la cola cuando me enfado! ¡Prueba evidente de que estoy loco!»

© Zdenko Basic

Ahora bien, para comprender a un gato, como a cualquier animal, hay que entender su lenguaje. Por ejemplo, una de las mayores muestras de afecto que un gato te puede hacer es parpadear lentamente mientras te mira de soslayo. Asimismo, si este último les parece un gesto poco efusivo, puede que tengan la suerte de que su gato cace un pajarito, un ratón o cualquier bicho que se ponga a su alcance, y se lo lleve medio muerto a sus pies. Créanme, deben tomárselo como un halago, aunque al pajarito le cuelgue la cabeza. Tal vez desde esta perspectiva, la sutilidad del arte del pestañeo que los gatos dominan a la perfección les parezca más atractiva.

Hay mucho más que decir sobre el lenguaje gatuno, pero para no desviarnos del tema, volvamos a lo de la sonrisa: los gatos no son conocidos por tener una amplia sonrisa con la que muestren encía y diente. De hecho, mostrar los dientes para los felinos es una señal de agresividad. ¿Qué lleva pues a decir que los gatos de Cheshire sonríen? Hay varias teorías al respecto. Al parecer, Charles Dodgson, la persona real detrás de Lewis Carroll, nació y creció en el pueblo de Daresbury, que se encuentra, precisamente, en Cheshire. Se cuenta que, en este condado, famoso por sus productos lácteos, tenían la costumbre de hacer los quesos con la forma de gatos sonrientes, una imagen que se hizo muy popular. Esta misma referencia aparece en el Brewer’s Dictionary of Phrase and Fable, una obra escrita a finales del siglo XIX, en la que se recogen definiciones y explicaciones de frases y dichos famosos, como el que nos ocupa. Según el Brewer’s la última parte de ese queso en forma de gato que se comía era la cabeza sonriente del minino.

Gato esculpido en uno de los pilares de St Nicolas Church, Cranleigh (Fotografía: SilkTork, CC)

Lo siguiente que nos podríamos preguntar es por qué los gatos de Cheshire sonreían tanto. Pues para los habitantes de Cheshire la respuesta era obvia: los gatos tenían leche y queso en abundancia con los que deleitarse; y, por si no fuera suficiente para tener a los mininos felices, se cuenta que se reunían en los muelles del puerto y allí se daban un festín con los ratones. Como todo el mundo sabe, un gato con la panza llena es un gato feliz. Y si ha podido jugar con su cena antes de comérsela, más aún.

Hay más teorías sobre el origen de la expresión. Quién sabe, quizás todo se deba al cartel de una casa de comidas ilustrado con un dibujo poco afortunado de un león con la boca abierta, y que se acabó confundiendo con un gato sonriente. Sea como sea, la imagen triunfó. Y encontró fácilmente su hueco en la mente de Carroll: en Las aventuras de Alicia reina la tontería, el disparate, una lógica sin propósito, y como dice el propio gato de Cheshire: «todo el mundo está loco». Así, ¿por qué no iba a sonreír un gato? Y más aún, ¿por qué íbamos a sorprendernos por ello?

© Walt Disney Productions

Las ventajas de pedir indicaciones a un gato de Cheshire         

La sonrisa no es lo único que hace especial al gato de Cheshire. Resulta que también puede aparecer y desaparecer, incluso por partes, si así lo decide. Tiene absoluta libertad de movimiento en el reino del disparate, y precisamente a él se dirige Alicia para preguntarle qué camino seguir. Las siguientes líneas son uno de los pasajes más citados de la obra.

«—Señor minino —comenzó Alicia con cierta timidez, al no saber muy bien si al Gato le gustaría aquel nombre; pero el Gato seguía sonriendo y ello animó a la niña a continuar («Parece que se lo toma bien»)—: ¿Podría usted indicarme la dirección que debo seguir desde aquí?

—Eso depende —le contestó el Gato— de adónde quieras llegar.

—No me importa dónde… —empezó a decir Alicia.

—En ese caso, tampoco importa la dirección que tomes —le dijo el Gato.

—… con tal de llegar a algún lado —acabó de decir Alicia.

—Eso es fácil de conseguir —le dijo el Gato—. ¡No tienes más que seguir andando!»

No creo que sea necesario explicar por qué el pasaje resulta tan inspirador y sugerente. Más allá de la intención original de Carroll y de su ideología personal (conservador y protestante), en estas líneas muchos han leído una idea filosófica relacionada con el libre albedrío y la importancia del camino, por encima de la meta y del destino final. Muy significativo me parece el pasaje de En la carretera de Kerouac que Gardner cita en su edición anotada:

«—… we gotta go and never stop going till we get there.

—Where we going, man?

—I don’t know but we gotta go.»

(—… Tenemos que ir, y no detenernos hasta que lleguemos.

—¿Y adónde vamos, tío? —No lo sé, pero tenemos que movernos.)

© Walt Disney Productions

Una sonrisa sin gato, matemáticas y física cuántica

Otra de las frases más célebres de la obra de Carroll surge en el escena en la que el gato de Cheshire y Alicia se despiden. Después de que esta se queje de las bruscas apariciones y desapariciones del gato de Cheshire, el Gato acepta desvanecerse poco a poco para no sobresaltarla, de modo que lo último visible de su figura es su sonrisa. Y entonces Alicia exclama:

«—¡Esto sí que es bueno! ¡Una cosa es un gato sin sonrisa, pero otra, muy distinta, una sonrisa sin gato! ¡Es lo más raro que he visto en mi vida!»

Y así quedó la expresión en lengua inglesa de «a grin without a cat». Salta a la vista que, como en toda la narración, los juegos lingüísticos, conceptuales y de lógica son esenciales en la construcción del relato. Si antes teníamos un gato que sonreía, ¿por qué no ahora una sonrisa sin gato? No hace falta pensar nada más para disfrutar del carismático pasaje. Ahora bien, ¿y si intentamos proponer qué puede significar eso de la «sonrisa sin gato»? Martin Gardner lo hizo y propuso que «a grin without a cat» podía ser muy bien una descripción de las matemáticas (la ocupación principal de Carroll). Así, Gardner relaciona la sonrisa desconectada del elemento que la une al mundo de Alicia, con los teoremas matemáticos, que, aun a pesar de poder aplicarse a la estructura del mundo externo, pertenece a otro ámbito.

Curiosamente, Gardner concibió la sonrisa sin gato como imagen de la belleza matemática varias décadas antes de que el profesor Yakir Aharonov y su colaborador Jeff Tollaksen (Universidad de Chapman) propusieran y publicaran en 2010 la idea del Gato de Cheshire cuántico, y que se basaba precisamente en la capacidad del Gato de Cheshire de separarse de su sonrisa. Mientras que en el mundo que conocemos y observamos un objeto y sus propiedades van siempre juntos; una pelota que gira, por ejemplo, no puede separarse de su rotación. Ahora bien, la teoría cuántica predice que una partícula subatómica (como un neutrón o un protón) puede separarse de una de sus propiedades, como su polarización o su momento magnético (la fuerza con la que se acopla a un campo magnético externo). Es decir, el gato estaría en un lugar, y su sonrisa en otro. Recientemente, a mediados de 2014, científicos de la Universidad de Tecnología de Viena, Austria, consiguieron poner en práctica esta teoría al separar una partícula de sus propiedades físicas. Concretamente, tal y como describen en la revista Nature Communications los investigadores tomaron un haz de neutrones y los separaron de sus momentos magnéticos utilizando una máquina llamada interferómetro del Instituto Laue-Langevin (ILL) en Grenoble, Francia.

Arthur Rackham

En definitiva, este sucinto repaso indica que el Gato de Cheshire es un personaje con la fuerza y el carisma suficiente para despertar la imaginación de niños y adultos, de ilustradores y dibujantes (desde John Tenniel, pasando por los animadores de la película clásica de Disney de 1951, hasta la animación en 3D de la película de Tim Burton sobre Alicia, de 2010), de escritores o de físicos y, cómo no, de músicos. La banda de Thom Yorke, Radiohead, suma una referencia más a la enigmática sonrisa del Gato en su canción «Jigsaw Falling Into Place», del álbum de 2007 In Rainbows, en cuya tercera estrofa encontramos de nuevo la expresión «Cheshire cat grin».

© Dagmar Berkova

Hay dos últimas preguntas que me gustaría plantear, no tanto porque tenga las respuestas, sino porque me parecen la semilla para nuevas reflexiones que el lector puede plantearse. En primer lugar: ¿Por qué un personaje triunfa y traspasa las páginas de un libro y otro no? ¿Qué tiene de especial el gato de Cheshire para haberse convertido en una referencia en la cultura pop? Sin duda tiene carisma, y además está rodeado por un halo de misterio. Parece que sepa más de lo que dice, y que todo lo que diga oculte algún significado más profundo, aunque no podamos hacer más que elucubraciones al respecto. Y, en segundo lugar, ¿quién es el gato? Personalmente, me parece que tiene un papel de psicopompo, es decir, de guía en un mundo extraño.

Él es quien da algunas de claves a Alicia para moverse en ese país de las maravillas, quien incita su curiosidad, y, por tanto, su imaginación, quien la orienta (o desorienta, más bien), y sus participaciones, aunque cortas, son fundamentales para el desarrollo de la historia. ¿Podría tratarse del propio Carroll que se asoma a su creación, fugazmente, para guiar a Alicia? Quizás, pero intentar averiguar la intención del autor es un trabajo casi imposible, y, muy a menudo, inútil. Porque la intención del autor y lo que acaba consiguiendo no tienen por qué corresponderse. En cualquier caso, uno de los mayores logros de Carroll, intencionado o no, es haber convertido su imaginario personal en el imaginario común de miles (o millones) de personas de todo el mundo, y el personaje del gato de Cheshire encarna perfectamente la esencia del universo absurdo, desconcertante y divertido creado por Carroll.

© Dušan Kállay

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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