El terror y lo inconsciente

El género de terror que hoy conocemos nació en el siglo XVIII. Aquel fue el siglo de la Ilustración, de la elevación de la razón a las cotas más altas hasta entonces conocidas. Y, sin embargo, tanta pulcritud y claridad de pensamiento exigían un reverso oscuro y repulsivo: el monstruo.

En aquel siglo XVIII, los monstruos fueron reducidos a la literatura de las sociedades industriales, y su significado profundamente humano fue mayoritariamente despreciado. Frente al concepto de los monstruos como parte de lo real, inquietudes inciertas y desconocidas —por ende peligrosas—, proyectadas en la oscuridad de la noche y en lo profundo de los bosques, el siglo de las Luces los despreciaría y haría de la ficción su único refugio.

Noël Carroll, en su Filosofía del terror, apunta al hecho de que, para que haya monstruos, el concepto de naturaleza tiene que estar muy bien definido, pues un monstruo es aquello que viola la naturaleza, que no encaja en ella. La Ilustración creó la naturaleza apropiada, clara, mecánicamente ordenada, para que fueran posibles los monstruos modernos: residuos que no se corresponden con el modelo adoptado pero que no pueden desaparecer de la realidad mental de los seres humanos.

Desde una perspectiva junguiana, se puede entender el género de terror como ejemplo de compensación: la irrupción de lo inconsciente es devastadora cuando se quiere ignorar su papel rector en la vida. El hombre moderno y occidental no comprende que las fuerzas irracionales no se pueden contener por medio de la violencia represiva. Mucho menos por el desprecio. Ambos terminan en una rendición sin condiciones. El individuo es entonces un pelele de los impulsos más primarios, y su humanidad, un instrumento para la destrucción. No por casualidad la mayor devastación de la historia comenzó en el centro de Europa, donde una sociedad elevada convirtió en monstruos a todos sus vecinos.

El solo pensamiento del monstruo genera terror; no hace falta creer en su realidad física, basta con su existencia mental para que las emociones provoquen reacciones físicas de repugnancia y miedo, la mezcla necesaria para que surja eso que Carroll denomina “terror-arte”.

De hecho, si se creyera en su verdad física, no habría placer alguno en la experiencia del terror-arte; no habría fascinación, sino estrés y necesidad de huida. La fascinación ha de nacer del encuentro con algo primordial de lo que se sabe que no es posible huir, más bien lo contrario, es algo ante lo que se intuye un profundo y oculto deseo de “regresar”.

El monstruo provoca auténtico terror –frente a otras teorías que dicen que es un terror fingido, pero que aquí se antojan insatisfactorias— porque es una figura que sirve de recipiente, una excusa física en la que se vuelcan las características más detestadas por la conciencia racional: la impureza y el peligro.

En su impureza, el monstruo es una criatura que no puede ser etiquetada bajo ninguna de las categorías con que la ciencia del siglo ha organizado el mundo; se mueve en las fronteras y cruza de un territorio a otro sin que se pueda saber realmente qué es; es la fusión de diferentes animales, o de animales y humanos como Drácula; o la fisión de un hombre en dos seres opuestos que no se reconocen uno al otro, como Jekyll y Hyde; o la magnificación de seres ya considerados impuros en la vida real, como los deformes cuyos rasgos se llevan al extremo de lo grotesco y, por tanto, de lo obsceno en una sociedad que busca el orden y la uniformidad.

Todas esas monstruosidades, que se repiten una y otra vez bajo diferentes formas —precisamente porque han pinchado alguna verdad de lo humano— parecieran deberle mucho a ese proceso que Jung denominó imaginación activa.

La imaginación activa no se debe confundir con las populares formas de visualización por las que uno se centra en ciertos objetivos y propósitos de manera que la mente se recree en ellos; muy al contrario, la imaginación activa consiste en bajar a las profundidades del inconsciente y aprender lo que éste tenga que ofrecernos en cada momento.

El inconsciente no es un aspecto que pueda ser manipulado para satisfacer los deseos de la mente consciente, sino una fuente de enseñanzas a las que conviene atender. Es la fuerza más poderosa a la que se enfrenta el ser humano y, según dicen los que saben de estas cosas, si uno no se acerca a ella con respeto y unas precauciones mínimas, puede hacerse mucho daño a sí mismo.

La realidad psíquica es tan importante y “real” como la física. Es allí donde encontramos el origen de los comportamientos de nuestra vida exterior, la cual, a pesar de la creencia mayoritaria de las sociedades modernas, está gobernada por fuerzas autónomas que se escapan a cualquier control.

Cuando la conciencia se niega a sí misma la posibilidad de estudiar lo irracional que la supera y encauzarlo de forma creativa, la corriente retenida aumenta su presión sobre los muros que la reprimen hasta que finalmente rompe y se precipita con su sublime capacidad de destrucción.

Sublime porque ahí aparece otro problema. Un complementario que hace que la labor de ser humanos sea un esfuerzo al alcance de muy pocos. Como comprendieron impotentes los románticos, cual hijos bastardos de la razón, la contemplación de lo inconsciente es la contemplación de lo primordial en todo ser humano, y tal experiencia, si la conciencia es débil –el opuesto de la racionalidad intransigente es tan peligroso como ella misma—, provoca el deseo de la muerte dulce, un entregarse lánguido y perezoso a la fuerza imparable del caos.

El éxtasis ante lo inconsciente provoca, por falta de una conciencia sólida que lo dome —es decir, por infantilismo—, la muerte definitiva del individuo como ser autónomo, que es el resultado de milenios de evolución psíquica y de reforzamiento de la voluntad –esa que este siglo amenaza con debilitar hasta su extinción, un proceso que se exterioriza en la actual fascinación por la moda zombi—, y lo devuelve a ese estado primitivo denominado participation mystique, donde se desvanece la diferencia entre sujeto y objeto, y los individuos se sienten una totalidad con el cosmos porque se mueven por él bajo la simple guía de los instintos más elementales sin posibilidad de controlar sus acciones; donde, en definitiva, la Naturaleza los maneja cual marionetas a merced del caos primordial.

Tal es el error de quienes confunden la búsqueda de lo espiritual —en su sentido secular, ajeno a religiones, incluyendo el cientifismo, de esencia de lo humano, la dignitas de los primeros humanistas— con el arrebato báquico tan propio de eso que llaman New Age y que, de tan dionisiaca —caótica, informe, irreflexiva— nadie sabe definirla. El ser humano de hoy no puede buscar paraísos perdidos, porque ya no existen para él. Aunque los hubiera, su cerebro no le permite a estas alturas conformarse con diluirse en una naturaleza de la que ya se ha desprendido. Debe encontrar otro arreglo para trascender la oposición humano-medio ambiente.

Pero eso ya lo sabía Rousseau, quien postulaba un regreso a la naturaleza, pero no a través de lo exterior, sino de una búsqueda interior hasta descubrir el “animal puro” que todo ser humano es en su esencia, más allá de los convencionalismos y prejuicios necesarios para vivir en sociedad. Nadie puede decir que no se le avisó.

Cuando se juega en el terreno de la participation mystique y sus alrededores, el mundo se llena entonces de fantasmas y espíritus. Son las proyecciones, la materialización del contenido inconsciente en el mundo, como un juego de sombras chinescas en la pantalla del espacio-tiempo.

Esa vuelta al estado primitivo es, en definitiva, el viaje frustrado de la conciencia al sistema inconsciente. Frustrado porque la conciencia se cree lo que no es, y por tanto deja de ser; el proceso deviene endiosamiento del gurú de turno que se ha entregado a lo irracional hasta el punto de creerse controlador en lugar de controlado, o hibris del tecnocientífico que ha reducido lo real al esquema lógico que le permite manipular ciertos aspectos de la materia hasta el punto de creer que ese esquema ya no es modelo simplificado para facilitar el trabajo, sino exclusiva realidad.

En ambos casos, la conciencia se justifica a sí misma para no aceptar que está siendo dirigida por una fuerza instintiva ante la cual nada puede. Frente a estos niveles de ignorancia –por identificación en un caso y desatención en el otro—, la conciencia ya no tiene poder, pues la voluntad ha quedado anoréxica. Y el monstruo se hace dueño del mundo. Se lo ve por todas partes.

Nuestra civilización presume de cartesiana, pero olvida los aspectos básicos. Descartes denominaba “realidad objetiva” a aquella en que existe el concepto, un pensamiento, pero no su realidad material; frente a ella, está la “realidad formal”, donde el concepto se aplica a algo que existe físicamente. Al final, resulta imposible diferenciarlas, por lo que sólo nos queda conformarnos con la idea de que pensamos, luego existimos. Pero Descartes se acobardó a última hora: el salto a una realidad externa, diferente de la realidad interior, no es más que un salto de fe que el resto de generaciones ha acordado continuar como razonable, simplemente por convenciones sociales de un mundo demasiado apegado al materialismo como para aceptar que su dogma último se basa en supersticiones.

Hoy, gracias a la neurociencia, sabemos que un pensamiento provoca emociones y reacciones físicas, como la segregación de hormonas, independientemente de que esté sustentado por una realidad o se trate de una ficción. No entender esto ha costado mucho tiempo de vanas reflexiones filosóficas; por ejemplo, la llamada "paradoja de la ficción" es la contradicción entre el supuesto de que, para emocionarnos, es necesario creer en la historia que nos están contando, y el hecho de que nos emocionemos continuamente con historias que sabemos que son ficticias.

Para unos, se produce una "suspensión voluntaria de la creencia", de modo que mientras dura la ficción a la que atendemos, la consideramos real; para otros, sabemos en todo momento que estamos ante una ficción, pero fingimos la emoción, jugamos a emocionarnos. En cualquiera de los dos casos, se da por asumido que es necesario creer en la verdad de un hecho para que aparezca la emoción; si no existe creencia, no hay emoción y la fingimos.

Pero las emociones, en realidad, no exigen un compromiso con la verdad de una proposición. La manera de evitar una emoción, de hecho, no es suspender la creencia que la origina, pues no es tal el origen, sino el "pensamiento" que la origina, tenga una base real o ficticia. Un ejemplo claro lo encontramos en las emociones que experimentamos ante una historia de terror:

La dificultad implicada en la respuesta emocional a la ficción es que una respuesta emocional requiere la creencia en que el objeto de la respuesta existe. Y esto no casa con lo que consideramos que cree el receptor informado del terror-arte. El objeto concreto del terror-arte es un monstruo. Y los lectores de Drácula no creen que el Conde vampiro exista. Sin embargo, se puede pensar en Drácula o pensar que Drácula es un ser impuro y peligroso sin creer que Drácula exista. […] Y parece que no hay ninguna razón para negar que un pensamiento –como el pensamiento en la colección de propiedades etiquetadas con el nombre “Drácula” de la novela—pueda afectarnos emocionalmente; de hecho puede aterrarnos (Noël Carroll, Filosofía del terror),

Para el cerebro, no existen realidad y ficción. Tal distinción corresponde a otros niveles posteriores. Es la acción que resulta de una emoción, y no la emoción en sí, la que depende de un compromiso con la verdad. Cuando nos dejamos invadir por el pensamiento de Drácula, no creemos estar en peligro y no tomamos medidas para protegernos. Pero no fingimos estar aterrados, al contrario: estamos auténticamente aterrados, pero por pensar en Drácula y no por nuestra convicción de que vayamos a ser su próxima víctima.

Cuando queremos dejar de sentir la emoción de terror, hacemos surgir otro pensamiento para contrarrestar el pensamiento origen de la emoción; por ejemplo, una ridiculización de lo que estamos presenciando. No es la creencia convertida en incredulidad, sino un pensamiento que sustituye a otro.

Toda obra de arte vale por las imágenes que estimula en nuestra mente y las emociones que de tales imágenes se generan. El término “fantasía” está relacionado con la palabra griega phaos, que significa “revelar, hacer visible, sacar a la luz”. Para los griegos, la mente humana tenía la capacidad de hacer visible lo invisible, dándole forma y personificando sus contenidos en una estructura simbólica que alimentaba el arte, la literatura y las religiones.

Esto explica por qué el arte es catártico, pues las emociones experimentadas responden a imágenes extraídas de un proceso de introspección del artista que nos conecta con las propias; el verdadero arte es una toma de contacto con lo inconsciente. Siguiendo a Eric Neumann, la imaginería del inconsciente es la fuente creativa del espíritu humano; todo lenguaje creado por la conciencia tiene su origen en un primer lenguaje simbólico, y éste se descubre si escuchamos al inconsciente.

La psicología junguiana suele asociar los arquetipos a figuras de la mitología clásica, pues allí es donde mejor han quedado representados los patrones psíquicos universales. No obstante, esto es sólo una convención y no puede servir más que como orientación para quien se inicia en el viaje interior, pues los arquetipos, en su dinamismo, son infinitos y escapan a toda clasificación; de ahí la importancia del trabajo personal en busca de su significado profundo, el cual es exclusivo de cada mente.

Los dioses y héroes pueden describirse en términos de patrones psíquicos, y son estos patrones los que determinan el comportamiento de los individuos a los que influyen. Sus interrelaciones e innumerables combinaciones, las aventuras mitológicas, configuran la forma de ser y de actuar de cada individuo. La aparición de un arquetipo desde el inconsciente colectivo es el encuentro con un dios, una diosa o cualquiera que sea la imagen de ese poder, al que se denomina “sobrehumano” sencillamente porque se escapa al control de la conciencia, la única región de la mente con que tendemos a identificarnos.

Por ser impulsos universales, la experiencia se siente como trascendente, la aparición de un poder ajeno; efectivamente, es ajeno, por inconsciente, pero, precisamente por inconsciente, pertenece al individuo: procede de su más profundo interior, una herencia instintiva compartida por toda la especie sapiens que se disfraza con los vestidos de cada cultura.

Los sueños y ensoñaciones expresan la dinámica de esas fuerzas psíquicas, sus conflictos, interacciones y evoluciones. La imaginación activa, esto es, el diálogo con la actividad psíquica de fondo, con esas imágenes y voces que están permanentemente manifestándose por debajo de nuestra conciencia, es la manera de canalizar las corrientes de energía psíquica que proceden del océano de lo inconsciente, de manera que puedan ser recibidas por la conciencia. Sin la capacidad transformativa de la imaginación tales corrientes son invisibles, carentes de forma, de imagen, en un marasmo infinito.

A este respecto, en la cultura medieval, y en el esoterismo en general, la imaginación es un componente fundamental para canalizar el deseo y facilitar el desapego de lo ilusorio material, ámbito éste en que se participa según la guía de "necesidades", nunca de "deseos"; por ejemplo, como explica el filósofo Giorgio Agamben en uno de sus ensayos recogidos en Infancia e historia, "fantasma" y deseo estaban íntimamente relacionados, hasta el punto de que el amor provenzal –conectado geográficamente con el gnosticismo cátaro— tiene por objeto el fantasma, la figura imaginada de la amada, no la cosa sensible, esto es, la dama de carne y hueso.

Ese fantasma es parte del ser amado —sus características— y también del amante —que lo idealiza—. Ya no hay sujeto que desea y objeto deseado, sino un pensamiento hijo de ambos. La imaginación se apropia del objeto de deseo y por tanto satisface al sujeto. De ahí la consideración de este amor como “platónico”. La imagen amada es el “ángel”, según Agamben:

…una imaginación pura y separada del cuerpo, una substancia separata que con su deseo mueve las esferas celestes, una “nova persona” […] en la cual se anulan los límites entre lo subjetivo y lo objetivo, lo corpóreo y lo incorpóreo, el deseo y su objeto.

Se trata así de un amor cumplido, cuyo goce no tiene fin y, dice Agamben, “vinculándolo con la teoría averroísta que ve en el fantasma el sitio donde se efectúa la unión del individuo singular con el intelecto agente, transformarán el amor en una experiencia soteriológica”.

En términos mitológicos, desde la postura neoplatónica, Eros reúne deseo y necesidad en cuanto que es hijo de Poros y Penia: el deseo pertenece a la esfera interior de la fantasía, insaciable por inconmensurable, mientras que la necesidad, al mundo exterior de lo corpóreo y mensurable. Sólo lo mensurable se puede satisfacer. Por eso, proyectar el deseo en el exterior es la condena de la que tan bien ha sabido aprovecharse el actual sistema de consumo.

El problema se remonta a la separación cartesiana entre una realidad exterior y una realidad interior. Con la exclusión de la fantasía del ámbito de la experiencia y su consideración como irreal, “el deseo cambia radicalmente de estatuto y se vuelve, en esencia, imposible de satisfacer”. Se trata de los personajes de Sade que sólo encuentran frente a sí un cuerpo, un objeto a consumir y destruir sin que nunca proporcione una satisfacción duradera.

Con la nueva visión, concluye Agamben, deseo y necesidad son obligados a coincidir en el mundo exterior, transformando en goce lo que no es sino frustración del deseo, pues el objetivo de éste es solucionar la oposición sujeto-objeto. Se tiende así a la supresión del objeto, pero ello no soluciona el conflicto, pues el objeto, aunque destruido, sigue siendo independiente.

El "fantasma" provenzal nos recuerda inevitablemente al ánima, en términos junguianos; en su última fase de desarrollo, Sofía, la imagen suprema de los gnósticos, es el ánima desarrollada de tal forma que puede guiar al hombre en su viaje interior. En su sabiduría, es la mediadora entre la conciencia y el inconsciente. Es la Beatriz de Dante, la musa de los grandes artistas, la compañera que suele aparecer junto al arquetipo del Viejo Sabio.

Pero el ánima —y aquí se comprenderá la digresión anterior—, en su fase primera, es, como todo arquetipo no reconocido como propio, un monstruo. El primer contacto con el ánima se descubre en los sueños y fantasías bajo una figura vampírica, o brujesca, en cualquier caso como una monstruosidad —la cualidad propia de todo lo desconocido—. Sólo comprendiéndola se podrá superar el terror que genera.

Un auténtico desarrollo de la conciencia exige que ésta encare las figuras tenebrosas del inconsciente y transite sola por sus oscuras galerías. Allí habitan los monstruos que el ego no quiere aceptar como parte de la familia. Hay fragmentos de nosotros mismos que tienen una visión muy diferente de las cosas, pero no las queremos, o no las sabemos, oír; sobre todo cuando se ha vivido en un ambiente en que los conceptos del bien y el mal han sido inculcados con rigor dogmático. Todo aquello que haya sido etiquetado como maligno será muy difícil de extraer para contemplarlo como algo que también formaba parte de uno mismo, y no sólo de los demás.

Miedo, vergüenza y culpa son obstáculos muy complicados de sortear en el viaje interior. Y, una vez reconocidas, se trata de encontrar la manera de transformar las cualidades “malas” en algo positivo y aprovechable; lo cual resulta aún más complicado si cabe cuando, sobre todo, nos encontramos ante un montón de rasgos radicalmente opuestos entre sí.

He ahí la hazaña de “trascender dualidades”. Bien contra mal, oscuridad contra luz, deseo contra deber, corazón contra razón, femenino contra masculino, acción contra pasividad, humanidad contra tecnicidad, ciencia contra religión, espiritualidad contra psicología; las trampas de la no integración se esconden en cada pensamiento y tras cada acción del día a día.

Por tratarse de un diálogo entre aspectos que están enfrentados en mayor o menor grado, el conflicto interno es inevitable. Comprendemos entonces por qué la “noche oscura”, el descenso a los infiernos, el viaje al interior del desierto, es una fase fundamental que no puede ser obviada, por mucho que hoy se insista en lo contrario.

El peligro del monstruo es el peligro de que se muestre la mugre que crece tras el decorado de lo socialmente correcto, que no es sino la materialización de lo mentalmente aceptado frente a lo inconsciente bloqueado.

La sociedad de la razón eliminó con sabiduría al monstruo de sus bosques, de sus suburbios y de cualesquiera lugares lejanos y desconocidos, pero se equivocó al negar su realidad. Creyó que la mente no es real y desatendió a las criaturas que emergían de la ficción, y que ahora, con el tiempo, sabemos que profetizaban acontecimientos por llegar, simplemente porque eran el producto de inquietudes presentes en la psique de cada ser humano que conforma una sociedad en una época dada, y toda sociedad evoluciona en virtud de la psique de los individuos que la conforman: los peligros de la técnica sin moral en la figura del doctor Frankenstein, la desintegración del individuo que se aleja de su naturaleza íntima y termina por ser un extraño ante sí mismo como el doctor Jekyll, la succión de la energía vital y la depresión cuando se ignoran los instintos y éstos crecen ajenos y transustanciados en Drácula, una criatura que posee y debilita la voluntad de sus víctimas, etc.

En la banalización de la vida que es la sociedad del espectáculo, se tiende a pensar que la ficción es una forma de escapismo; sin embargo, suele ocurrir que se trata de un "escapismo" hacia un universo cargado de amenazas, miedos, desesperación, ansiedad o muerte. Independientemente del género, si no hay problemas, ya sean terribles o suaves, no hay historia, que ya dijera Aristóteles.

En definitiva, no se trata de ningún escapismo, y mucho menos de alimentar el gusto por la superstición –hay que estar demasiado poseído por lo inconsciente para llegar a estas conclusiones, como es el caso generalizado hoy en día—, sino de la necesidad del ser humano de entrar en contacto con su realidad más íntima y, por tanto, su única realidad.

Dice Noam Chomsky que existe una gramática universal, y dice Jung que existe una forma universal para la “imaginación”, independientemente de la cultura o la época. Las historias comunes a una cultura, incluso a toda una civilización, los mitos y las leyendas, obedecen a una estructura interna; hay temas universales que rigen el comportamiento humano.

Cuando se los ignora, pierden su simbolismo y su fuerza catártica; la razón sucumbe desbordada tarde o temprano, el caudal incontrolable de lo irracional asalta la conciencia, la convence de que sus contenidos son reales, no dentro, sino fuera, y, entonces, aparecen los monstruos internos, los complejos que determinan la manera de contemplar el exterior: los diferentes, los raros, los desconocidos, los extranjeros, judíos, homosexuales, los gitanos delincuentes, los musulmanes  primitivos y terroristas, los corruptos e impuros que todo lo manchan.

Frente a ellos, el individuo ya no se conoce. Se ha identificado con el héroe, el dios solar, el portador del Bien y adalid de la Verdad. Es en ese momento, y sólo en ese momento, cuando el universo fantástico, por ignorado y despreciado, se vuelve un peligro para el resto de la humanidad.

Y era el demonio de mi sueño, el ángel
más hermoso. Brillaban
como aceros los ojos victoriosos,
y las sangrientas llamas
de su antorcha alumbraron
la honda cripta del alma.
-¿Vendrás conmigo? -No, jamás; las tumbas
y los muertos me espantan.
Pero la férrea mano mi diestra atenazaba.
-Vendrás conmigo... Y avancé en mi sueño,
cegado por la roja luminaria.
Y en la cripta sentí sonar cadenas,
y rebullir de fieras enjauladas.

(Antonio MachadoGalerías)

Copyright del artículo © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Universal Pictures. Reservados todos los derechos.

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, publicados principalmente en su blog Erraticario, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.

Esa labor de investigación le lleva a conocer y comprender el desarrollo de la Tercera Cultura, que establece puentes entre las ciencias y las humanidades.

García del Valle escribe alternando el rigor de un científico y la curiosidad de un viajero –tras varios años de trabajo en Irlanda e Inglaterra, regresó a España, donde sobrevivió como cocinero durante algunos años–. Sin embargo, por encima de todo, el suyo es el punto de vista de un divulgador.

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