El hacker y la mujer biónica

El hacker y la mujer biónica Imagen superior: Revolutionizing Prosthetics. Cortesía de DARPA.

Para convencerse de que un avance es verosímil, basta con asomarse a la ciencia-ficción y llenar la mente con sus predicciones. En este sentido, esa mirada hacia el futuro es también la última esperanza, quizá la única, para asimilar las bondades y peligros que el vértigo de la tecnología pone ante nosotros.

Hace mucho tiempo que soñamos con la fusión entre el ser humano y la máquina. Desde el futurismo pop al cyberpunk, han sido numerosas las subculturas de la era informática empeñadas en hacernos creer en esa posibilidad. Refiriéndose a las tensiones entre tecnofilia y tecnofobia que propicia este tipo de fantasías, Mark Dery alude en Velocidad de escape (1995) a aquella generación de médicos e ingenieros que, a partir de los años ochenta, comenzó a explorar las infinitas posibilidades de la biomecánica. Quizá el caso paradigmático sea el de Joseph M. Rosen, especialista en cirugía de la reconstrucción en el Centro Médico de Dathmouth-Hitchcock y profesor en la Darmouth College's Thayer School of Engineering.

Rosen, un apasionado de la biónica y de las interfaces hombre-máquina, especulaba en los noventa con la posibilidad de crear chips neuronales. Cuando le preguntaron por el porvenir de su especialidad, se mostró categórico. "Actualmente, cuando reconstruimos a alguien, reparamos algún daño. En la cirugía plástica, mi especialidad, reparamos defectos de la naturaleza o defectos adquiridos. En la cirugía cosmética o estética se trata de cambiar el aspecto de un paciente normal. Dar el siguiente paso e implantar dispositivos en gente normal para que puedan mejorar sus habilidades es algo que no haríamos ahora mismo, pero no descarto algo parecido en el futuro".

Evidentemente, cuando señalaba esta tentativa, Rosen estaba pensando en un personaje que ya se había hecho famoso antes del primer impacto de la cibercultura. Me refiero a Steve Austin (Lee Majors), el astronauta y piloto de pruebas protagonista de la teleserie The Six Million Dollar Man (El hombre nuclear / El hombre de los seis millones, 1973-1978), libremente inspirada en la novela Cyborg (1972), de Martin Caidin.

Steve, víctima de un terrible accidente durante uno de sus vuelos, pierde las dos piernas, el brazo y el ojo izquierdo. Gracias a la secreta tecnología de la agencia O.S.I., se le implantan elementos biónicos que convierten al piloto en un superhéroe admirable, capaz de hazañas sobrehumanas.

Esos transplantes milagrosos también cambiaban drásticamente la vida de la antigua novia de Steve, Jaimie Sommers (Lindsay Wagner), a su vez protagonista de otra exitosa teleserie, The Bionic Woman (La Mujer Biónica, 1976-1978).

Para tranquilidad de los productores, el caso de Jaimie era similar al de su predecesor. Cuando un accidente de paracaidismo la deja al borde de la muerte, dos cirujanos, Oscar Goldman (Richard Anderson) y Rudy Wells (Martin E. Brooks), emplean implantes cibernéticos para convertirla en una heroína ‒ya se lo imaginan, ¿verdad?‒ con poderes sobrehumanos, capaz de oír sonidos inaudibles, correr a velocidades vertiginosas y emplear una fuerza inaudita con su brazo y sus piernas biomecánicos.

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Imagen superior: "The Bionic Woman" © NBC. Reservados todos los derechos.

Ah, casi me olvido: en los dispositivos que cambian el destino de Jaimie no hay tanta fantasía como pudiera parecer. En realidad, como ahora veremos, esa convicción en los poderes de la biónica era un buen punto de partida para programas como Revolutionizing Prosthetics, iniciado en 2006 por la Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA). ¿Que cuál era su objetivo? Nada menos que diseñar extremidades prensiles, capaces de sustituir a la perfección la mano humana.

La agencia DARPA incluyó este objetivo dentro de la llamada Brain Initiative, que alberga programas de neurotecnología tan esperanzadores como Electrical Prescriptions (ElectRx), que investiga dispositivos minúsculos con los que estimular, con fines curativos, el sistema nervioso; Hand Proprioception and Touch Interfaces (HAPTIX), centrado en la elaboración de microsistemas de interface neuronal que, por ejemplo, incorporen el sentido del tacto a una mano artificial; Neural Engineering System Design (NESD), cuyos esfuerzos se concentran en el diseño de una interfaz neural implantable que comunique nuestro cerebro con un entorno digital; Neuro Function, Activity, Structure and Technology (Neuro-FAST), un plan revolucionario para modular y mejorar la actividad cerebral; Restoring Active Memory (RAM), ideado para crear una interfaz neuronal inalámbrica e implantable, con el propósito de recuperar la memoria en los pacientes con lesiones cerebrales; y Reliable Neural-Interface Technology (RE-NET), otro programa que, por medio de todos esos hallazgos multidisciplinares, permitirá la interacción eficaz entre el cerebro humano y máquinas complejas.

No se trata de especulaciones: el uso clínico de esas investigaciones ya es demostrable. Tras seis años de investigación, y gracias al empeño de los integrantes del Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory (APL), el programa Revolutionizing Prosthetics anunció sus primeros logros: dos prototipos de brazo biónico. Tras el correspondiente periodo de prueba, el equipo aireó a los cuatro vientos que el control neuroprostético ya es un hecho, con unos resultados casi tan sorprendentes como los que mostraba El hombre de los seis millones.

Sin duda, la carrera hacia el transhumanismo conlleva expectativas y riesgos. Lo que nadie niega es que los pacientes de enfermedades cerebrales o los amputados verán cómo, más pronto que tarde, sus limitaciones irán perdiendo dramatismo gracias a la biotecnología.

Por cierto, la ciencia-ficción seguirá estando presente en el proceso. El caso más reciente que me viene a la memoria es el nuevo brazo robótico que DARPA presentó en septiembre de 2015. Gracias a esa mano artificial, el usuario tiene control sobre sus movimientos, y lo más notable, sensación de tacto. El director de ese proyecto, Justin Sánchez, fue el encargado de divulgar algunas de sus cualidades más notables.

Para que se hagan una idea: con los ojos vendados, el usuario de la mano artificial es capaz de saber en qué dedo ha recibido el más ligero roce.

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Imagen superior: sensores en la mano prostética desarrollada por DEKA Integrated Solutions. Cortesía de DARPA.

En julio de 2016, DARPA anunció que esa maravilla tecnológica saldría a la venta. Su principal impulsor, Dean Kamen, propietario de la compañía DEKA, no tardó en popularizar el nombre de la prótesis: el brazo de Luke. A casi nadie le sorprendió que el artilugio recordara aquella extremidad robótica que Luke Skywalker emplea después de su dramático encuentro con Darth Vader en El Imperio Contraataca.

Un graduado del MIT, David Sengeh, sigue por la misma senda, en este caso a través del Human Bionic Project, fundado en 2013. "A mi profesor Hugh Herr ‒señala Sengeh a propósito de esta iniciativa‒ solemos llamarlo Iron Man, porque es un doble amputado con piernas biónicas. Hay que definir lo que consideramos discapacidad, o redefinir aquello que fundamenta nuestra idea de capacidad o discapacidad humanas. La mayoría de esos criterios son discriminatorios y alienantes. Si mi profesor tiene prótesis biónicas y puede hacer lo mismo que yo ‒él considera esas piernas como suyas‒, esto nos conduce a un punto en el que, simplemente, somos seres humanos".

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Imagen superior: Hugh Herr (Fotografía de Bryce Vickmark. Cortesía de MIT News Office).

Herr, por cierto, es codirector de una institución puntera en este ámbito, el Center for Extreme Bionics at the Massachusetts Institute of Technology. Su lema ‒el fin de la minusvalía‒ es tan prometedor como estimulante. No es algo que resulte llamativo en un personaje como él, con una biografía apabullante, digna de ser llevada al cine.

Criado en una familia de menonitas, con una perspectiva antitecnológica similar a la de los amish, Herr fue en su adolescencia un prodigio de la escalada. Ascendió a casi todas las cumbres de Estados Unidos, y lo hubiera hecho el resto de su vida, de no sufrir un tremendo accidente de alta montaña a los diecisiete años.

Aquella tragedia que padeció en el Monte Washington, en New Hampshire, le obligó a aprender a vivir sin piernas ‒tuvieron que amputárselas a causa de la congelación‒ y también le animó a soñar con recuperarlas. Ese sueño, en la actualidad, se hace tangible en su taller de prótesis biónicas y exoesqueletos, auspiciado por el MIT.

“La tecnología es un paso más allá en la evolución", dice Herr. Y sin duda, no le falta razón. ¿Eso implica riesgos? Alguno hay, así que, para conjurarlo, permítanme que volvamos al universo ficticio de La mujer biónica.

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Imagen superior: "Bionic Ever After?" © Michael Sloan Productions, MCA Television Entertainment (MTE), Gallant Entertainment. Reservados todos los derechos.

Cuando la teleserie original se rodó, la revolución digital era tan imaginaria como la propia Jaimie Sommers. Más adelante, gracias a la nostalgia, llegaron a las pantallas algunas TV-movies protagonizadas por la heroína y por su pareja, Steve Austin.

En el tercer largometraje de esa etapa, Bionic Ever After? (1994), emitido por las mismas fechas en que Steve Jobs presentaba su Macintosh LC 500, un virus informático se adueña de la parte biotecnológica de la protagonista y corrompe sus sistemas.

Por supuesto, todo acaba bien para Jaimie, y de hecho, el happy end incluye su boda con Austin. Pero subsiste una duda tras el visionado, y es que, del mismo modo en que vamos viendo cómo se cumplen las otras predicciones de la serie, también cabe temer la aparición de hackers biotecnológicos.

¿Simple ficción? Marc Goodman, en Los delitos del futuro (2015), nos lleva a tomarnos muy en serio esa posibilidad. "Sin lugar a dudas ‒escribe‒,  tus piernas robóticas podrían contraer un virus y tu mano biónica podría piratearse, pero ¿qué sucederá cuando los exoesqueletos robóticos estén al alcance de cualquiera y los ladrones empiecen a utilizar una fuerza sobrehumana para robar?". 

"Aunque estos escenarios ‒añade‒ pueden parecer fantásticos, existe una larga tradición de tecnología militar que  con el tiempo ha sido adoptada por el público general, ya sean armas de fuego, gafas de visión nocturna, navegación por GPS o incluso la propia internet. En el futuro, es evidente que los hackers tendrán múltiples modos de aprovecharse de los avances presentes y futuros tanto de la informática ponible como implantable".

Reconozcámoslo, para creer en la ciberutopía aún se necesita mucha fe. Sin embargo, los progresos en el campo de la biónica son tantos, y tan sorprendentes, que el futuro ya empieza a alcanzarnos. Aquí y ahora, todo lo imaginable puede ser real. Incluida la posibilidad de que alguien con muy malas intenciones se apropie de estos prodigios de la tecnología.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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