El futuro de la lectura en la era digital

El futuro de la lectura en la era digital Anita Hart, CC

Hace unos años, el profesor Sven Birkerts, crítico literario norteamericano, comprobó que sus alumnos no podían ya leer a Henry James. Lo hallaban arcaico, de periodos demasiado largos, excesivamente analítico, poco lineal en sus exposiciones, despectivo para el lector desde su altura irónica.

Educados por el videojuego, la televisión, las redes sociales y el mundo interactivo, estos jóvenes son impenetrables a la literatura. Los mensajes se han reducido para ellos a información, es decir, justamente, a aquello que la literatura como tal nunca ha hecho.

Ya Alvin Keman en 1990 sostuvo que la literatura había muerto. Quizá simplificó la fórmula y, en rigor, quiso decir que había perimido la institución social de la lectura literaria.

Literatura habrá mientras alguien la escriba, contestaría Perogrullo.

Pero el enfoque kemaniano que recoge Birkerts es otro: «La literatura y los valores humanos que asociamos con ella han sido despreciados y han resurgido en una forma degradada. No se han extinguido, pues nuestra cultura siempre necesitará aparentar que los tiene en cuenta, pero han sido convertidos en algo seguro, nostálgico e irrelevante».

En compensación, el mundo académico emprendió, sobre todo a partir de los años sesenta, una suerte de cruzada de hiperlectura, acumulando sobre los textos unas densas metodologías de lectura que acabaron sofocando el texto mismo y poniéndolo también al margen, por el camino contrario al anterior.

Paradójicamente, por exceso se consigue lo mismo que por defecto: que un alumno de literatura se aleje de la lectura literaria, el único lugar donde la literatura existe (existe, no es: discurre, vive, se repristina, hace como si empezara de nuevo).

No por novedoso sino por consabido, precisamente, la opinión de Birkerts nos renueva en nuestra melancólica contemplación finisecular: nos alejamos de la galaxia Gutenberg a medida que nos acercamos a las galaxias de esa conjetura, el cosmos.

La edición digital

Un par de textos —el libro del mexicano Gabriel Zaid Demasiados libros y un artículo del español Enrique Gil Calvo, «Ariadna enmarañada»— han insistido en el asunto de cuáles derroteros sigue la lectura en nuestra época.

Zaid estudia el exceso de objetos en forma de libros, inversamente proporcional a la decadencia de la acción de leer, según las estadísticas muestran, en cuanto a la cantidad de días semanales y de horas diarias que se dedican a la lectura en nuestra sociedades postindustriales.

Las novedades técnicas abaratan la fabricación de libros e incitan a llenar librerías y quioscos con montañas de libros más o menos ordenados y accesibles en precio y en examen. Los libreros apenas pueden ahora exhibir novedades y, en general, ya no cuentan con espacio para tener fondos.

La compra de libros se orienta hacia los catálogos y el comercio electrónico. Esto último es bueno, porque rodea al libro de la privacidad que impone la lectura, y lo sustrae al estruendo de las promociones ruidosas y espectaculares.

Está bien que haya muchos libros, concluye Zaid, pero está mal que haya demasiados, porque la apariencia de que son todos realmente distintos, resulta falsa y sofoca al lector con una oferta engañosa.

Gil Calvo, por su parte, se detiene en la aparente decadencia del signo verbal ante el ascenso enérgico de la imagen.

El cine y, más tarde, la televisión y la red informática, sustituyen palabras por imágenes, cada una de las cuales, se dice, vale por mil de aquéllas.

Este paralelo es absurdo y ya ha sido cuestionado, pero Gil Calvo señala otra falacia, asociada a la anterior: las narraciones visuales parten de textos literarios. El teatro, la novela y el cuento están en la base del filme o el telefilme o el espectáculo de Internet.

La sustitución del libro por la pantalla no implica la sustitución de la palabra por la imagen, sino el despliegue diverso de la palabra, que deja de seguir el curso lineal de la página y se proyecta en la red de la interacción. Algo que ya había hecho la poesía gráfica, desde la antigüedad hasta Mallarmé, Apollinaire y la poesía llamada, justamente, visual por sus cultores en los tiempos de la neovanguardia del sesenta.

El periódico clásico, los cines de variedades y la gastronomía japonesa, en distintos tiempos y lugares, anticiparon este tablón de anuncios, yuxtaposición de mensajes que pueden combinarse y ordenarse conforme la jerarquía de la atención que ejerza el espectador (o el comensal).

En vez de la línea y el itinerario, la maraña y el laberinto. Aquéllos invocaban a la historia, éstos apelan al eterno retorno donde la sucesión, el relato y la biografía importan poco. Más que a la memoria, recurren al olvido.

El instante sustituye al tiempo, sea cual fuere la calidad que le adjudiquemos. Los jóvenes que reemplazan el libro por la pantalla, desplazan la historia por la visión instantánea, por lo singular irrepetible que, curiosamente, es la propia historia despojada de recuerdo.

Cabe preguntarse si ésta no es la actitud clásica de las clásicas juventudes, que siempre intentan fundar el mundo y a las cuales les resulta cargosa y prescindible la historia, que es siempre la historia de los otros. La sociedad, para el joven, importa bastante menos que la tribu.

La madurez hace ver, por el contrario, que somos historia, que somos los demás, que la memoria nos constituye aunque no lo sepamos. Y baste ver el auge editorial de la biografía para constatar este doble movimiento. La pantalla que, una vez apagada, borra toda huella de signo y escritura —al revés que el libro cerrado, que los atesora— es una metáfora de la lectura misma. En la oscuridad de los grafos inertes, el lector enciende una luz, organiza su pantalla y descifra o inventa el sentido.

Cerrado el libro, las palabras impresas vuelven a la indistinción oscura de la espera. A veces, la espera dura siglos. Cuando cesa, el laberinto se hace otra vez camino al andar de la lectura.

 

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en The Cult con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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