Cómo estar loco en un mundo de cuerdos: contra la estigmatización de los trastornos mentales

Cómo estar loco en un mundo de cuerdos: contra la estigmatización de los trastornos mentales Imagen superior: Lauren Rushing, CC

Tuve mi primer ataque de ansiedad antes incluso de saber qué era eso. Un día, con quince años, estaba leyendo un artículo sobre el grupo de música Smashing Pumpkins en un suplemento del diario. Y citaban una de las parrafadas existencialistas de Billy Corgan; no recuerdo exactamente qué. Algo sobre la muerte y la finitud de la existencia. Muy en la línea del grupo.  

De repente, mientras leía, la percepción de mi entorno cambió. Mi visión se desenfocó, me pareció que la habitación se hacía más pequeña e, incluso, que el suelo se inclinaba, y que mis pulmones se quedaban sin aire.

Aquello fue un antes y un después en mi vida. Algo parecido al momento en que un superhéroe de cómic, Spiderman por ejemplo, descubre sus poderes. Solo que mientras que Peter Parker descubría que podía lanzar telarañas y saltar de edificio en edificio, yo experimentaba cómo mi cerebro era capaz de asustarme, y convertir mi cuarto de estar en una sabana llena de leones de los que no podía escapar.

Porque eso es, en parte, la ansiedad: una mala gestión del miedo y de los mecanismos de alerta. La ansiedad te hace creer que te acecha un león. Y tu cuerpo responde como está evolutivamente programado a hacer. Se asusta para huir. Pero, ¿y si el león no desaparece? ¿Y si sientes que la amenaza está ahí, al acecho, pero no tienes adónde huir? Pues eso ha sido para mí la ansiedad.

Hay personas que aseguran no haber sentido ansiedad en su vida y que alucinan cuando les explicas qué es un ataque de ansiedad. Durante mucho tiempo me desesperaba por no conseguir que me entendieran. Pero un día, andando con unas amigas por la calle, se me ocurrió un símil. Dos de nosotras somos miopes, pero la tercera, tiene una vista inmejorable. Las dos rompetechos intentábamos hacerle entender a nuestra amiga qué no veíamos el nombre de las calles, ni siquiera llevando gafas. Y nuestra amiga, no nos creía. Pues con la ansiedad pasa lo mismo, imagino. Si nunca has padecido un ataque de ansiedad, debe de resultar muy difícil hacerte a la idea de cómo es.  

Sobra decir que a aquel primer ataque de ansiedad motivado por las palabras de Billy Corgan le siguieron muchos otros. Y diría que no ha habido ni un solo año de mi vida en que la ansiedad no se haya manifestado de una forma u otra. Lo que sí ha cambiado ha sido mi respuesta a ella, porque la ansiedad puede aprender a manejarse.

En mi caso, descubrí que poner por escrito los miedos los hacía más pequeños. Así que empecé a llevar diarios y blogs. También aprendí que tipo de ambientes debía evitar, y he convertido la bici elíptica en una gran aliada para mantener a raya mi trastorno de ansiedad. Además de eso, he visitado a los especialistas de la salud pertinentes. Sí, he visto a un psiquiatra y a un psicólogo cuando lo he necesitado. Y me han ayudado. Porque cuando tienes un problema de salud, lo que debes hacer es buscar ayuda. Eso no te hace ni menos fuerte, ni te convierte en un pusilánime histérico. No. Buscar ayuda médica con un problema médico es la solución sensata, prudente y responsable. Igual que vas a visitar al dermatólogo si tienes una peca sospechosa, si crees que algo no va bien en el terreno mental y emocional, lo adecuado es acudir a un especialista para que te ayude. 

Lo que no he podido hacer, en cambio, es hablar con normalidad de todo esto. No por vergüenza, desde luego, sino porque, como todo lo que tiene que ver con la salud mental, la ansiedad está estigmatizada, y se percibe como una debilidad, como una flaqueza, como un signo de histeria, incluso. Y cuando no ocurre esto, los trastornos mentales se menosprecian, se convierten en objeto de burla, incluso en una forma de descalificación. Hay una tercera respuesta, que es la más delirante, y que consiste en dudar del diagnóstico médico. ¡Cuántas veces habré oído que es mejor la homeopatía, el reiki o la acupuntura que ir a la consulta de un psicólogo o un psiquiatra!

Toda esta ignorancia lleva a usar términos como “depresivo”, “bipolar”, “anoréxica”,  “autista” o “psicótico” como insultos contra quienes son distintos por no responder al patrón de lo socialmente aceptable. Los manicomios han sido, históricamente, el lugar en el que acababan quienes ponían en peligro el orden establecido, como ocurrió con Camille Claudel, por ejemplo.

Al usar este tipo de términos, la herida que infligimos es doble: por un lado se sigue transmitiendo el mensaje de que tener una enfermedad o trastorno mental es algo vergonzoso y deleznable, lo que acarrea consecuencias terribles para quienes la sufren, pues puede impedirles recibir la ayuda que necesitan; y por otro, se penaliza todo aquel pensamiento y comportamiento que diverja de la norma establecida por el poder. Imponemos un pensamiento único, por tanto, que aplasta cualquier reivindicación de la individualidad.

¿Qué podemos hacer? Pues empezar por dejar de usar los términos arriba citados como formas de descalificación sería un buen principio. Podríamos seguir por cultivar la empatía y probar a ver la vida con las gafas de otro. Está en nuestra mano cambiar la percepción que se tiene de las enfermedades mentales. Y a todos nos conviene hacerlo, aunque sea por una cuestión egoísta. Pues las estadísticas indican que nosotros o alguien de nuestros entorno más cercano sufrirá algún trastorno mental (ansiedad, depresión…) en algún punto de su vida. Y entonces, nosotros o nuestro ser querido necesitará toda la ayuda posible para superar el trastorno mental.

En definitiva, lector, es muy probable que te veas en el papel de loco en algún momento de tu vida. Y para recibir entonces un trato justo, hay que empezar cuanto antes a cambiar nuestra percepción sobre la salud mental. La buena noticia es que está en nuestra mano hacerlo. Basta con sustituir la ignorancia por información veraz, y el juicio moral por compasión y respeto.

Y eso es lo mínimo que debemos exigir. 

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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