Caperucita Roja: sexo y licántropos

Si hay una característica inherente a los cuentos de hadas es su capacidad de mutar y de adaptarse a las necesidades culturales y sociológicas de cada generación. Por consiguiente, no debemos escandalizarnos ante los nuevos avatares de la niña de la caperuza roja.

En estos tiempos en que se revisa el viejo folklore, Caperucita retorna con fuerza. Aparece, por ejemplo, en el episodio piloto de la teleserie Grimm (2011) y asimismo en Érase una vez (2012). Su némesis, el lobo del bosque, es un secundario en la franquicia Shrek, y la propia Caperucita figura en la segunda entrega. También se estrenó en 2011 una versión de Caperucita Roja, llevada en este caso a la gran pantalla por Catherine Hardwicke, a la sazón directora de Crepúsculo (2008).

La citada película se aparta de la fábula tradicional y convierte al personaje en el vértice principal de un triángulo amoroso con hombres lobo de por medio, siguiendo la estela de las obras escritas por Stephenie Meyer.

En el momento de su estreno, el público aceptó de buen grado la inclusión de un hombre lobo en el film. En el fondo, cabe identificar al personaje del cuento con un licántropo. Al fin y al cabo, es un lobo que usa el lenguaje humano y se desplaza erguido sobre sus patas traseras.

Quizá resulte algo más forzado el elemento romántico. No obstante, si nos sumergimos en la evolución del relato a lo largo de los siglos, observaremos la existencia de elementos pasionales y eróticos, ya sea en sus orígenes o en varias de sus encarnaciones posteriores.

Podemos considerar a Charles Perrault como el padre de Caperucita, tal y como la conocemos desde finales del siglo XVII. Sin embargo, sus auténticas raíces deben buscarse en tradición oral popular y el folclore.

El relato de Perrault contiene casi todos los elementos que podríamos considerar canónicos y que todo el mundo conoce: el encuentro en el bosque entre la niña ataviada con la caperuza encarnada y el lobo, el engaño para que tome el camino largo, la muerte y sustitución de la abuela, etc.

Ahora bien, esta primera versión no concluye felizmente: al final del relato, Caperucita se introduce con el lobo en el lecho, desnuda, y es devorada, tras la consabida serie de preguntas que empiezan por “Abuelita, abuelita…”.

Y es que la narración de Perrault no estaba dirigida a un público infantil. Su Caperucita era una alegoría sobre los peligros de la promiscuidad y alertaba a las jóvenes sobre los peligros de los donjuanes al acecho, en una sociedad donde la pérdida de la virtud podía arruinar para siempre la vida de una mujer.

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Sola frente al depredador

Ninguna figura paternal llega a tiempo para salvar a Caperucita del destino al que su inconsciencia la ha llevado: quién sabe si una reputación arruinada ‒según los parámetros morales de aquel tiempo‒ o un embarazo no deseado.

Es más, algunos críticos señalan que la indumentaria de color rojo no es una cuestión caprichosa. Se trataría de un recurso de Perrault para remarcar la naturaleza pecaminosa del personaje: el rojo es un color de clarísimas connotaciones sexuales, que puede apuntar tanto a pasión o la sangre que se asocia con la pérdida de virginidad femenina.

Por otro lado, es el color asociado a la prostitución desde tiempos inmemoriales: barrios rojos y luces del mismo tono eran sinónimo de comercio sexual.

A su vez, tampoco parece gratuita la elección del lobo como enemigo de Caperucita. Por un lado, se trata del depredador por excelencia del continente europeo, pero a nadie se le escapa que se denomina lobo o loba, de forma coloquial, a una persona especialmente activa desde el punto de vista erótico.

Las siguientes palabras de la escritora Angela Carter, a quien nos referiremos más adelante, podrían estar contenidas en la moraleja de Perrault: “Teme al lobo y huye de él, pues lo peor es que el lobo puede ser algo más de lo que aparenta”.

Así pues, queda claro el paralelismo entre la naturaleza bestial del lobo y su uso como una metáfora de la naturaleza sexual del ser humano, del deseo carnal y los bajos instintos, tal y como antaño se contemplaban tales cuestiones.

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La evolución de Caperucita

Poco más de un siglo después, son los hermanos Grimm quienes retoman al personaje en su famosa antología Cuentos del hogar y la infancia (1804), donde aparece la versión del cuento que es más popular hoy en día.

En líneas generales, sigue el argumento de Perrault, pero a esta Caperucita no le aguarda un destino tan aciago, al introducir los narradores la figura del leñador/cazador que salva a la protagonista de los dientes y garras de la bestia.

Sin embargo, los hermanos teutones trasforman el mensaje de fondo: la moralina advierte sobre no desobedecer a los progenitores, alertando contra las intenciones de los extraños (Don´t talk to strangers, Ronnie James Dio dixit).

A diferencia de Perrault, los Grimm sí que escribían para una audiencia infantil, no para jovencitas ingenuas en edad de merecer ‒por usar un arcaísmo sexista de la época‒, que necesitan ser advertidas de las aviesas intenciones de los hombres.

De ahí que sus relatos estén despojados de cualquier referencia o moraleja de carácter sexual, que pudiesen contener las versiones primigenias en las que supuestamente se inspiraron.

No sucede lo mismo con las situaciones de carácter violento, ya que en sus relatos hay un amplio muestrario de niños abandonados por sus progenitores en tenebrosos bosques a merced de las bestias, asesinados o devorados.

red hot riding hood poster

Rojo pasión

En el siglo XX, vuelven a surgir avatares de Caperucita con una explicita e implícita carga sexual. Este cambio, obviamente, se debe a la evolución y el cambio de rol de la mujer en la sociedad, ocurrido en las primeras décadas del siglo: poco a poco van obteniendo mayores derechos político-sociales, como el derecho a voto y cierta emancipación y estatus de independencia respecto a padres o maridos.

Así, en los Estados Unidos de los años veinte surgen las flappers, jóvenes frívolas y amantes de las fiestas, más interesadas en que no pare la música y la diversión que en encontrar marido y dedicarse a las labores del hogar.

Con el paso del tiempo, a medida que el rol de la mujer en la sociedad ha ido evolucionando, también ha sido más consciente de su propia sexualidad, al igual que la propia Caperucita ha sido consciente de la suya.

Trascendiendo las barreras de la literatura, encontramos a la primera de esas Caperucitas liberadas en el cortometraje animado de Tex Avery Red Hot Riding Hood (1943), cuya traducción aproximada sería Caperucita al rojo vivo.

Pese a que se inicia como la versión de los Grimm, los personajes no tardarán en rebelarse contra el narrador, de voz melosa y afectada, y el cuento toma otros derroteros: del bosque del cuento pasamos a los night clubs de Los Ángeles, donde nuestra Caperucita Roja es una cabaretera de resplandeciente cabellera roja, cuya caperuza roja deja paso a una escueta vestimenta, espectaculares curvas y sensual contoneo.

El lobo se ha transformado en un impenitente Don Juan, cuyos encantos no engatusan a Caperucita. Este verá como su papel pasa de cazador a presa cuando se invierten los roles y es perseguido por la abuelita, devenida en acosadora enfundada en un escotado vestido de noche rojo.

La Caperucita de Avery no precisa de los consejos paternalistas de Perrault. Es una mujer adulta consciente de sus encantos, con el suficiente conocimiento del mundo como para no dejarse engañar por el lobo de turno y, llegado el caso, tampoco precisa de un leñador que la rescate: ella sabe cómo pararle los pies por sí sola.

El director recurre al personaje en varios cortos más, conservando su actitud y su estética.

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Sexualidad y licantropía

Comentábamos anteriormente la existencia de un precedente de la Caperucita de Perrault: una versión procedente del folclore oral francés que, es más que probable, fuese conocida por el autor y le sirviese de inspiración.

A grandes rasgos, ambas narraciones siguen los mismos derroteros, aunque la protagonista no luce su característico atuendo escarlata.

Sin embargo, su final es completamente diferente, ya que esta Caperucita logra escapar de las garras del lobo gracias a su ingenio, prescindiendo de cualquier ayuda procedente de terceros. Es más, no se trata de un lobo, estamos ante una criatura fantástica denominada bzou, un giro arcaico que en francés viene a significar hombre lobo.

Sexo y lobos humanos: la escritora Angela Carter recupera, en cierto modo, estos dos elementos y los conjuga en su relato En compañía de lobos, incluido en la antología de relatos La cámara sangrienta (1979). A su vez, dicho cuento sirve de base argumental a la película homónima dirigida por Neil Jordan en 1984, cuyo guión es fruto de la colaboración de ambos.

La intención de Carter a la hora de escribir los relatos que componen dicha antología, en palabras de la propia autora, no era la de hacer versiones o recrear los relatos para una audiencia de adultos. Se trataba de extraer el contenido latente de las versiones tradicionales. Es decir, aislar lo que ya estaba allí; y si a Caperucita nos referimos, salen a relucir los dos elementos anteriormente mencionados: sexo y hombres lobo. Lo cual, remite directamente a la narración oral del bzou y al texto de Perrault.

Por lo que respecta a los licántropos, el texto pone de manifiesto que Carter buceó en leyendas y tradiciones, ya que detalla de manera exacta distintas convenciones folclóricas relativas a los hombres lobo: desde la existencia de ungüentos para transformarse en tan fantástica bestia, hasta la posibilidad de sufrir el estigma de la licantropía por nacer un 25 de diciembre. No en vano, era una blasfemia nacer el mismo día que Cristo.

Carter conoce asimismo la figura del lobizón, a quien la maldición afecta durante un plazo de siete años, al ser el séptimo hijo de un séptimo hijo.

Perrault también debió de estar familiarizado con las supersticiones sobre hombres lobo y los juicios contra acusados de licantropía que tenían lugar en la Francia contemporánea.

Junto a Alemania, fueron las dos naciones europeas donde las leyendas y supuestos casos de licantropía proliferaron en mayor número, con condenados enviados al patíbulo incluidos.

Casos como los de Gilles Garnier o Jean Grenier, que confesaron asesinatos y prácticas de canibalismo tras haberse metamorfoseado, según su testimonio, en lobos. La represión de este tipo de fenómenos por parte de las autoridades rivalizó en intensidad, en sus momentos más álgidos, con la caza de brujas.

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En compañía de lobos

El cuento de Carter está compuesto por una serie de anécdotas y piezas diminutas, como ya hiciera Cervantes en el Quijote o Jan Potocki en El manuscrito encontrado en Zaragoza, que se entrecruzan con el argumento principal: la peripecia de esta particular Caperucita.

Efectivamente, la protagonista del relato se las tiene que ver con un hombre lobo por el que no será devorada, o sí, si lo interpretamos desde un punto de vista sexual. Por el contrario, se entregará a él voluntariamente y ambos darán rienda suelta a sus instintos carnales.

Como signo de entrega, la jovencita va desprendiéndose una por una de sus ropas, empezando por la caperuza, y arrojándolas al fuego: todo un símbolo del fin de una existencia y el comienzo de otra. Curiosamente, en la narración oral del bzou, tiene lugar esa misma escena. Sin embargo, en el caso de la Caperucita primigenia, no hay entrega alguna. Al final del relato, tras haber hecho el amor, Caperucita acaba entre los brazos del lobo, tiernamente abrazada.

Todo ello es narrado en con una prosa lírica y hermosa, con cierto barniz feminista y aderezado con unas gotas de liberación sexual.

Respecto al sexo, las cuestiones de fondo que abordan el relato de Carter y la película de Jordan son principalmente dos: por un lado, el despertar sexual de Caperucita, aquí llamada Rosaleen.

La narración describe los cambios físicos que se desarrollan en la joven, a medida que se adentra en la pubertad, y se refiere a cierto espacio mágico al que se accede a través de una membrana, el himen. (Digresión: en ciertas culturas se utiliza la expresión coloquial “ver al lobo”, para referirse a las jóvenes que han empezado a menstruar).

El personaje plantea a su madre sus dudas respecto al comportamiento sexual de los adultos y, a su vez, va teniendo sus primeras, e inocentes, experiencias en ese terreno. Sin embargo, será el hombre lobo quien aventaje a los toscos pueblerinos pretendientes de Rosaleen, revelándose como un elegante, atento y sofisticado seductor.

Por otro lado, asume con total naturalidad la dimensión sexual del ser humano, negando que esta sólo se manifieste en el macho de la especie.

El lobo, entendido como metáfora del deseo o la pasión, puede yacer en el interior de la mujer o el hombre.

Al final de la película, no así en el cuento, Caperucita también se transforma en mujer-lobo, un símbolo de la liberación de sus instintos más primarios, a los que se entrega totalmente; una vez que ha comprendido y aceptado que “el lobo” también se encuentra en su interior.

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Caperucita liberada

La película de Neil Jordan es una pequeña joya, cuyos precedentes estéticos oscilan entre el expresionismo de Nosferatu (F.W. Murnau, 1922) y las películas de la Hammer. La cinta muestra paralelismos con el universo de Tim Burton. No es de extrañar que el film de JordanBatman (Tim Burton, 1989), compartan al mismo diseñador de producción, Anton Furst.

Entre otras cuestiones, En compañía de lobos plantea un ejercicio sobre la dualidad, a saber: el hombre lobo es la criatura fantástica dual por excelencia, alternando, según las circunstancias, la condición humana y la bestial.

La Caperucita de Carter se muestra como una mujer. Ya se ha convertido en una, decidida e independiente, lo que la transforma en un precedente de resueltos personajes femeninos que empezarán a aparecer, principalmente en el cine, años después.

Véase la evolución de las heroínas cinematográficas posteriores al personaje de Ripley, interpretado por Sigurney Weaver en Aliens (James Cameron, 1986).

Ante las lamentaciones de los asistentes al funeral de la hermana de Rosaleen, devorada por lobos sin que nadie la defendiera, Caperucita inquiere: “¿Y por qué no se defendió ella sola?”.

En distintas versiones, ya sean literarias o cinematográficas, podemos encontrarnos con Caperucitas que muestran su inocencia, fingida, para engatusar al lobo. Finalmente será éste quien acabe en las garras de ella, como ya demostró Anna Paquin en Trick'r Treat (Michael Dougherty, 2007). Una variación de dicho estereotipo la encontramos en Hard Candy (David Slade, 2005).
También se da el caso de Caperucitas más agresivas, que ante un ataque del lobo se defienden con uñas y dientes, ya sea mediante patadas estilo Matrix por parte de una versión animada (La increíble pero cierta historia de Caperucita Roja, Cory Edwards, 2005), o como sucede en Sin salida (Freeway, Matthew Bright, 1996) donde una chica criada en un entorno disfuncional (Reese Whiterspoon) deberá hacer creer a las autoridades que un reputado mediador social (Kiefer Sutherland) es un lobo con piel de cordero.

Caperucita ha transitado por un camino lleno de lobos: ha huido, ha sido devorada, se ha defendido, atacado o incluso domado a las bestias. Todas las opciones se han visto reflejadas en las letras y la pantalla.

En la posterior versión de Catherine Hardwicke encontramos a unos jóvenes con las hormonas desatadas. El papel de los adultos se limita a hacerles ver los peligros de tales instintos. Con ello, queda claro que esta Caperucita Roja cinematográfica sigue, como ya comenté, la estela de las obras de Stephanie Meyer.

Copyright del artículo © José Luis González. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes de "Caperucita Roja" (Foto de Kimberly French) © 2011 Warner Bros. Pictures. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes de "En compañía de lobos" © 1984 Incorporated Television Company (ITC), Palace Pictures. Reservados todos los derechos.

José Luis González

Experto en literatura, articulista y conferenciante. Estudioso del cine popular y la narrativa de género fantástico, ha colaborado con el Museo Romántico y con el Instituto Cervantes. Es autor de ensayos sobre el vampirismo y su plasmación en la novela del XIX.

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