"Whiplash": genio y sufrimiento

Cuando lees el argumento de Whiplash (2014), de Damien Chazelle, parece fácil pensar que vamos a ver otra película sobre un profesor incomprendido y un alumno solitario que se encuentran, aprenden uno del otro y se convierten en mejores personas. Nadie ha interpretado ese papel mejor que Sidney Poitier, cuando encarnó a Mark Thackeray, el ingeniero obligado a convertirse en profesor de una clase de chicos nada disciplinados, de Rebelión en las aulas (1967).

Sin embargo, en Whiplash no hay ningún profesor que acabe conmovido por sus alumnos, ni que pueda convertirse en un ejemplo de pedagogía. Terence Fletcher, a quien da vida un espléndido J.K. Simmons, no es una buena persona, bajo su apariencia y comportamiento duros y crueles no se esconde una hombre sensible y empático. Sin entrar en detalles sobre el final, sí puedo decir que el personaje es exactamente lo que parece: un músico obsesionado por la perfección, por encontrar al gran siguiente talento del jazz, que aborrece la aurea mediocritas, y que antepone los buenos resultados a los sentimientos de sus alumnos. Sin duda, es excesivo, tiene un comportamiento abusivo y somete a los músicos de su banda a una presión difícilmente justificable. Así que no, no esperen que nadie cante un To Sir, with Love al final, como en Rebelión en las aulas.

Del mismo modo, el alumno pródigo, Andrew Neiman (Miles Teller), tampoco responde a los parámetros esperados. Es un chico solitario, que se siente aislado de su familia, y que está dispuesto a sacrificar a su novia y compañeros para conseguir ser el mejor baterista. No es un personaje con el que sea fácil identificarse. Tiene muy claro su propósito, y también tiene claro que está por encima de cualquier otra cosa, incluido su bienestar físico.

Durante la primera parte de la película, vemos a Fletcher someter a Andrew a una presión que lo lleva al límite. Las heridas sangrantes de sus manos son evidentes, pero los golpes psicológicos que Fletcher inflige a Andrew, así como la presión y el perfeccionismo que van apoderándose de la mente de Andrew llevan a la única conclusión posible: un estallido de violencia física.

En el fondo, la película es un juego de gato y ratón en el que ambos personajes se intercambian los papeles de perseguidor y perseguido. Ambos se traicionan mutuamente según sus posibilidades, y ambos intentan acabar con la carrera del otro. No obstante, hay una escena clave, en mi opinión, en la película que explica los motivos que dirigen las vidas de estos dos personajes. Sentados a una mesa en un club de jazz, Fletcher intenta explicar a Andrew el porqué de sus abusos. Intenta encontrar al próximo Charlie Parker, al próximo gran músico de jazz que haga historia. Y quienes tengan ese gran talento, ese don, no dejarán que el desaliento pueda con ellos, por muchos gritos y ataques que tengan que aguantar. El genio está por encima de eso. Andrew pregunta si no hay ninguna línea roja que no se pueda cruzar para evitar causar un daño irreparable al alumno. Con su respuesta, Fletcher responde que para encontrar genios, no puedes preocuparte de líneas rojas.

Con escenas como la anterior, descrita muy someramente, podemos entender qué es Whiplash, y no, no es una reflexión pedagógica, sino que más bien conecta con la larga tradición en Occidente del concepto de genio y sublime. En definitiva, es una reflexión sobre el arte, sobre si se puede enseñar el arte y lo que conlleva tener talento. Y en este sentido, Whiplash consigue aportar una visión moderna interesante e inspiradora de esa teoría del genio. Los personajes no tienen ningún tipo de redención. Son grandes músicos, no hay que esperar que sean buenas personas. Viven aislados del resto del mundo, casi como en una torre ebúrnea, que, en este caso, sería la prestigiosa escuela de jazz en la que alumno y profesor se conocen. Es un medio donde los genios pueden prosperar, pero sacrificando otras partes de su vida. Y en eso coinciden también los dos personajes principales. Viven por y para el jazz. Y ven y juzgan el resto del mundo y las personas que viven en él en función de si les permiten o no alcanzar sus metas. Puede ser obsesión, o una forma de vida. 

Además de con la tradición del genio –iniciada en el Tratado sobre lo Sublime y llevada a su clímax en el Romanticismo-, otro concepto clásico resuena en Whiplash: son las palabras que el poeta trágico griego Esquilo escribió en su obra Agamenón, cuando dijo «Zeus puso a los mortales en el camino del saber, cuando estableció con fuerza de ley que se adquiera la sabiduría con el conocimiento» (Agamenón, vv. 174-183).  En griego, la máxima se recoge con una sencillez sobrecogedora, «πάθει μάθος -páthei mathos-». Y el concepto subyace en toda la película, en ocasiones de forma literal y en otra de forma figurada.

Si bien es cierto que la película carga las tintas en alguna ocasión para conseguir un efecto más espectacular, encierra una verdad que demasiado a menudo tendemos a olvidar: el aprendizaje requiere un esfuerzo, y para llegar a destacar en algo, elijan el campo que quieran, hay que sacrificarse y eso implica sufrimiento. En este caso, el sufrimiento se ve plasmado en los nudillos ensangrentados del baterista, pero artistas y expertos de otros ámbitos tienen sus propias heridas profesionales (y vocacionales).

Cabe destacar, por último, el fantástico final de la película, prácticamente mudo, y donde habla solo la música (excepcional en toda la película). Es el único momento en el que los personajes, antagonistas en todo momento alcanzan algo parecido a un entendimiento, al tiempo que el espectador asiste al desenlace del duelo que se convierte en una auténtica catarsis al ritmo de jazz.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Sierra/Affinity, Bold Films, Blumhouse Productions, Right of Way Films,  Sony Pictures Classics. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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