La historia de nunca acabar

La historia de nunca acabar Imagen superior: "1898. Los últimos de Filipinas" © Sony Pictures Releasing España.

Hace unos años el cine se ocupó de biografiar al poeta Jaime Gil de Biedma. El filme se llamó El cónsul de Sodoma y en él un excelente y sensible Jordi Mollá lidió victoriosamente contra un guión presumido y débil. Comentándolo con un amigo que había tratado al escritor, escuché su rasante censura, basada en el hecho de que (sic) había conocido a Gil de Biedma y no era para nada como lo mostraba su biopic. Pensé que aviados estamos si cada vez que se nos referencia algo histórico en el cine sólo lo entenderemos si hemos conocido a los personajes “reales” del caso.

Evoqué aquella conversación viendo 1898. Los últimos de Filipinas dirigida por Salvador Calvo. Leí y escuché opiniones de historiadores o meros aficionados a la historia que hallaban defectuosa la versión de aquellos eventos, tan novelescos por su parte, del improvisado fortín de Valer. Personalmente, juzgo la película como digna y fallida. Es cumplida la producción, suntuosa la fotografía, eficaz y climática la música de Roque Baños, pero errático el libro y descuidada la dirección de unos actores que, a menudo, como los estupendos Tosar y Errejalde, no saben muy bien qué hacer.

Abandono la crítica de cine porque el asunto de fondo es otro, la relación entre eventos históricos y ficciones novelescas, teatrales y cinematográficas. Soy de los que piensan que la ficción es ficcional, conforme a la primera ley de Pero Grullo. Un personaje histórico metido en un contexto de ficción se torna ficticio y adquiere una autonomía y una validez o invalidez propias. Nadie va a pedir a Shakespeare ser puntilloso y documental cuando pone en escena a sus reyes, a Julio César o a Tito Andrónico. Son tan ficticios como Romeo y Julieta, Hamlet y Próspero. Se sostienen o flaquean según su propia verosimilitud.

La historia de los oficiales y soldados que en un perdido destacamento filipino siguieron luchando por un imperio inexistente, ha sido motivo de estudios rigurosamente históricos y aún hoy quedan archivos sin explorar y, acaso, sorpresas que experimentar cuando salgan a la luz. En otro sentido, el 98 marcó una época intelectual española que removió el ancestral problema de la identidad. Derrotada por los Estados Unidos en América y Asia, abandonada por Europa, ¿en qué lugar del mundo se situaba España y cómo definir desde él a los españoles? ¿Valía de algo haber sido, cuatrocientos años antes, el mayor imperio del mundo? ¿Le correspondía integrarse en el Sur europeo o en el Norte africano?

La anécdota ha servido para hacer exaltaciones patrióticas, evocaciones esperpénticas, críticas a la administración militar, denuestos a una dirección política que recibió el Desastre con la corrida de toros del Dos de Mayo madrileño. El filme de Calvo vacila entre estas sugestiones sin saber cómo armonizarlas. Más allá de este ejemplo y cualquier otro, lo que retorna es el dicho de Eliecer a José en la novela de Thomas Mann: el pasado es un pozo que carece de fondo. Ciertamente, es un abismo en que nos apasionamos por averiguar cómo fue eso que tuvo presencia y la perdió por obra del tiempo, esa ausencia irrecuperable que, no obstante, nos resulta indispensable para estar en el presente.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural.

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