Crítica: "The Monuments Men" (2014). Guerreros del arte

Guerreros del arte. Así llama Robert M. Edsel a los integrantes del Grupo de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, protagonistas de su libro The Monuments Men, publicado entre nosotros en 2012 por Destino. Mucho antes de que George Clooney llevase esta historia real a la gran pantalla, Edsel se empeñó en investigar a esos peculiares personajes que lo dieron todo por salvar el arte europeo durante la Segunda Guerra Mundial.

El resultado de esa indagación histórica es un libro apasionante, cuyas primeras páginas son toda una declaración de intenciones. De hecho, tras el prefacio, Edsel nos brinda una galería fotográfica con el quién es quién de esta aventura. En ese listado de minibiografías, sobresalen figuras excepcionales, como Rose Valland (Cate Blanchett en la película), una mujer que parece haberse escapado de una novela de Simenon.

Me extiendo con todos estos detalles para subrayar que Clooney acertó plenamente al hacerse con los derechos de este libro. Y aún me parece más importante otro dato, y es que el actor y director aborda este material sin cinismo, con respeto y destacando cada diez minutos que nuestra civilización se desvanecería sin el acervo cultural y artístico que la sustenta.

Con la aprobación del presidente Roosevelt y del general Eisenhower, los casi 400 miembros del Grupo de Monumentos, Bellas Artes y Archivos se dedicaron a evitar bombardeos en áreas monumentales, al tiempo que hacían lo imposible por rescatar tesoros artísticos robados por los nazis.

La historia, aunque apasionante, plantea un problema, y es la disgregación. Se trata de una peripecia muy episódica, porque en el Grupo había demasiadas figuras relevantes y su campo de actividad fue necesariamente amplio.

A la hora de concentrar el relato en unas pocas figuras, Clooney ha decidido resumir aquel colectivo en un puñado de héroes atípicos, encarnados por él mismo junto a Matt Damon, Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, Bob Balaban, Hugh Bonneville y Cate Blanchett.

Para evitar suspicacias históricas, se han cambiado los nombres de los personajes. Así, el teniente Frank Stokes encarnado por Clooney se inspira en el auténtico George L. Stout, y Cate Blanchett se llama en el film Claire Simone, aunque es evidente que interpreta a la verdadera Rose Valland. De igual modo, el personaje de Matt Damon evoca a James Rorimer, Bill Murray toma detalles del genuino Robert K. Posey, John Goodman se asemeja a Walker Hancock, Bob Balaban recuerda a Lincoln Kirstein y Hugh Bonneville, bajo el imaginario nombre de Donald Jeffries, se inspira lejanamente en Ronald E. Balfour.

Quienes hayan leído el libro de Edsel, advertirán en el film esa tensión constante entre la necesidad de respetar la historia real y la urgencia por fijar un hilo narrativo coherente y bien tramado. Ni que decir tiene que esa naturaleza episódica del libro de Edsel también afecta a su versión cinematográfica. Y aquí reside la mayor fragilidad de The Monuments Men, que sin duda hubiera funcionado mucho mejor como teleserie.

Narrada con tranquilidad y sin aspavientos, la cinta no pretende, ni mucho menos, ser una nueva versión de Los violentos de Kelly (1970), de Brian G. Hutton, pero mantiene un tono de comedia amable durante la mayor parte de su metraje.

Aunque, como decía, el relato no termina de fraguar –y en este punto, fracasa frente a otra historia afín, El tren (1964), de John Frankenheimer–, lo cierto es que uno sale feliz de la proyección gracias al clasicismo de la puesta en escena y al encanto impagable de los dúos que encauzan la aventura: Clooney-Damon, Damon-Blanchett, Clooney-Bonneville, Murray-Balaban y Goodman-Dujardin.

Con un reparto así, cualquiera acierta. Sin embargo, hay una parte de la crítica que, pese a la nobleza de intenciones del film, lo han desdeñado por esa misma descompensación narrativa que ya mencioné.

Creo que el pecado de Clooney como contador de historias no es tan grave como algunos pretenden. De hecho, el balance de The Monuments Men me parece positivo. Nostálgica, inteligente y sensible, la película contiene valores que no abundan en el cine actual y que, por esta y otras vías, conviene rescatar.

Sinopsis

A finales de la II Guerra Mundial (1939-1945), a un selecto grupo de historiadores, directores de museos y expertos en arte, tanto británicos como norteamericanos, se les encomienda la importante y peligrosa misión de recuperar las obras de arte robadas por los nazis durante la guerra.

Basada en unos sucesos reales sobre la mayor búsqueda de tesoros artísticos de la Historia, y adaptando el libro de Edsel The Monuments Men: Allied Heroes, Nazi Thieves, and the Greatest Treasure Hunt in History, el film se centra en un insólito batallón al que Franklin D. Roosevelt encomienda la tarea de adentrarse en Alemania para recuperar las obras de arte sustraídas por el ejército nazi y devolverlas a sus legítimos propietarios. Era una misión imposible: con las obras confinadas detrás de las líneas enemigas y las órdenes del ejército alemán de destruirlo absolutamente todo en cuanto el Reich cayera, ¿cómo aspiraban estos hombres –siete directores de museos, conservadores e historiadores de arte, más familiarizados todos ellos con Miguel Ángel que con el fusil M1– poder conseguir su objetivo? Pero los Monuments Men, tal y como se les denominaba, se enfrentaban a una carrera contrarreloj para evitar la destrucción de miles de años de cultura, y por ello arriesgaron sus vidas para proteger y salvaguardar los mayores logros de la humanidad.

"Son en verdad muy pocas las personas que conocen la historia de los Hombres de los Monumentos", afirma George Clooney, que vuelve a sentarse en la silla de dirección para contarnos en su nueva película, Monuments Men, la historia de un reducido grupo de artistas, historiadores del arte, arquitectos y conservadores de museos que, durante la Segunda Guerra Mundial, encabezaron el rescate de 1.000 años de civilización. "Artistas, marchantes, arquitectos… hombres que habían superado con mucho la edad de ser llamados a filas o de presentarse voluntarios para una guerra. Pero que aceptaron el reto de esta aventura porque creían que un legado cultural podía ser destruido. Si hubieran fracasado, ello habría supuesto la pérdida de seis millones de objetos artísticos. No estaban dispuestos a permitir que ello sucediera, y –las cosas como son–, lo consiguieron".

La oportunidad de realizar una película sobre la Segunda Guerra Mundial era extremadamente atractiva para Clooney y para su socio guionista y productor, Grant Heslov. "Hay un cierto atractivo que rodea a estas películas: La gran evasión, Doce del patíbulo, Los cañones de Navarone, El puente sobre el río Kwai", asegura Clooney. "En estas películas uno se siente cautivado por los personajes y los actores tanto como por el argumento. Y pensamos que Monuments Men era una gran ocasión de formar un reparto que uniera a interesantes actores contemporáneos para realizar nuestra versión de ese tipo de películas: es una forma divertida y entretenida de lograrlo".

Parte del drama de la película reside en que los Hombres de los Monumentos –todos ellos– no pueden ser más inútiles para el servicio militar en tiempos de guerra. "En las guerras combaten los que tienen 18 años", dice Clooney. "Cuando uno llega a los John Goodman, Bob Balaban y George Clooney, uno sabe que no van a ser reclutados". A lo que Heslov añade: "Lo hicieron porque estaba claro que eran las únicas personas que podrían hacerlo".

"En realidad, nunca concebimos del todo esta película como una de guerra: era una película de atracos", explica Clooney. "Y entonces, el primer día, llegamos al plató y todos se pusieron sus uniformes y cascos".

Clooney se sintió inspirado para realizar Monuments Men como un largometraje no sólo por su contenido emocionante y dramático, sino también porque suponía un cambio brusco y decisivo respecto de su película más reciente, Los idus de marzo. "Estábamos muy orgullosos de esa película, pero era contemporánea y muy pequeña… y también cínica", afirma Heslov.

"Hemos realizado algunas películas cínicas pero, en general, no somos personas verdaderamente cínicas", prosigue Clooney. "Queríamos realizar una película a la antigua, que no fuera cínica, que no tuviera dobleces y que encerrara algo positivo".

En su búsqueda de material, Heslov mencionó que había leído recientemente el libro The Monuments Men, de Robert M. Edsel y Bret Witter, y atrajo la atención de Clooney sobre el tema. Aquí había una ocasión de contar una historia optimista en una escala épica: una historia real en la que había mucho en juego.

"Yo estaba viviendo en Florencia y, cruzando el Puente Viejo –el único que no fue destruido por los nazis en su retirada de 1944–, me pregunté: ‘Éste fue el mayor conflicto de la Historia… ¿Cómo fueron salvados todos estos tesoros culturales y quién los salvó?", pregunta Edsel. "Yo quería hallar la respuesta".

La respuesta era el Grupo de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, que se desplazó a primera línea y, por primera vez, trató de salvar los tesoros que pudieran ser salvados. "La cultura corría peligro", dice Clooney. "Lo vemos una y otra vez. Lo vimos en Irak: los museos no estaban protegidos y fuimos testigos que cuán gran parte de su cultura se perdió por ello".

"Incluso hoy en día hay personas que siguen tratando de recuperar el arte que los nazis robaron a sus familias", dice Heslov, observando que muy recientemente un tesoro oculto de arte incautado fue descubierto en un apartamento de Munich: 1.500 obras de un valor total de 1.500 millones de dólares; cuadros de Matisse, Picasso, Dix y otros artistas que se habían dado por perdidos.

"Creo que ello demuestra que esta historia no acabó en 1945; la búsqueda de obras desaparecidas prosigue en la actualidad", continúa Heslov. "Son miles las obras que aún no han aparecido. Hay cuadros colgados en domicilios particulares u ocultos, aunque a la vista de todos, en las paredes de los museos. ¿Puede alguien imaginarse que todo eso hubiera sido destruido? Habría sido una catástrofe".

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Columbia Pictures, Fox 2000 Pictures, Smokehouse Pictures, Studio Babelsberg, 20th Century Fox. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista The CULT (Thesauro Cultural), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, The CULT (Thesauro Cultural) sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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